LA REVOLUCIÓN DE MAYO AYER, HOY Y MAÑANA
por Martina Cafaro
Al navegar entre las narrativas historiográficas sobre las luchas por la Independencia se deja entrever la razón de la popularidad de la que vence: su funcionalidad al discurso político presente ¿Cómo se narra la historia?
Por Martina Cafaro
25 de mayo, 2026
5 minutos de lectura
El 22 de mayo de 1810 se inició el Cabildo Abierto que resolvería la destitución del Virrey Baltasar Hidalgo Cisneros y conformaría la primera Junta de Gobierno en Buenos Aires presidida por Cornelio Saavedra. La Primera Junta declaró gobernar en nombre de Fernando VII y emitió comunicaciones a todo el virreinato solicitando el envió de diputados a Buenos Aires. Bajo la influencia de lecturas de intelectuales como Francisco Suarez, se utilizó el concepto de retroversión de la soberanía para depositar la gobernación en manos de los criollos ante el encarcelamiento del rey español.
Sin embargo, para algunos, eso fue una excusa de una gesta más grande que se empezó a vislumbrar claramente en las propias internas de la Junta de Gobierno. Liderada por Juan José Castelli (vocal) y Mariano Moreno (secretario) se edificó una postura revolucionaria y radical, mientras el presidente pregonaba por una posición más concesiva y gradualista. La movilización del populacho, de los plebeyos y los sectores milicianos fue un factor de presión fundamental tanto en las jornadas de mayo como en la resistencia previa a las Invasiones Inglesas. Lejos de ser un decorado escenográfico de paraguas y escarapelas, las masas empujaron el límite de lo posible. Cinco años deberán pasar para la declaración de la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y bastante más para que podamos hablar de la Argentina con la forma que vemos hoy.
Esto es lo que nos cuentan en el colegio, con más o menos detalles, el 25 de mayo fue un inicio. No todas las provincias se pusieron de acuerdo, ni en todos lados se buscó la Independencia. De hecho, donde antes estallaron las batallas por la independencia fue en los Virreinatos de más joven creación, como el del Río de la Plata, creado con el propósito de controlar mejor las extracciones de plata y oro del Potosí. En las pampas argentinas no había nada, aristócratas de cotillón y unos pares de indios. Gentes no tan acostumbrada a la presencia española fuerte del Perú, que de pronto se encontraron siendo una de las zonas administrativas más importantes de las colonias españolas.
Receta de una revolución
Como planteaba Carl Schmitt, soberano es quien decide sobre el estado de excepción; y la aparición de esa contradicción abierta en el seno del poder virreinal —el momento exacto en que las leyes vigentes ya no pueden contener la realidad fáctica— es lo que marca el inicio de la época revolucionaria. En términos de Clausewitz, la política se traslada al campo de batalla con la necesidad material de aniquilar la voluntad de resistencia del enemigo (los españoles) para imponer el nuevo programa social. Sin embargo, la historia nos demuestra que la burguesía criolla no debió librar esta batalla únicamente con fusiles y que tampoco fueron únicamente los criollos. Paralelamente, tuvo que estructurar una férrea batalla cultural frente a la intelectualidad reaccionaria. Autores como Fabián Harari rescatan la enorme lucidez con la que ideólogos contrarrevolucionarios —como el presbítero Juan Manuel de Agüero— defendieron el orden absolutista y la fidelidad al monarca, evidenciando que el bando realista no cayó por inercia, sino que fue derrotado en una guerra total, tanto física como ideológica.
Ahora bien, una revolución verdadera supone la confluencia de dos elementos: la emergencia de un sujeto histórico y el choque inevitable entre las viejas estructuras de las relaciones sociales y la crudeza de la realidad material. Por lo tanto, para que ocurra una revolución se necesita tiempo. Queda corto ponerle una fecha y un lugar específico; pero podemos establecer acontecimientos particulares que van teniendo diferentes sentidos según el presente en que se los lea. Ya para el siglo XVIII el desarrollo del mercado mundial se enfrentaba con relaciones de servidumbre. Los caudillos de la Junta, acostumbrados a tener mayor cintura, se chocaron con la presencia más fuerte de los españoles. Y ante esto no se hizo una revolución ¨sin querer¨, la constitución de un sujeto histórico implica algo fundamental: la consciencia de querer transformar algo, de querer decidir sobre la vida futura. Sin embargo, hay lecturas que plantean un carácter espontáneo de la Revolución de Mayo, un ¨se nos fue de las manos¨.
En eso me quiero centrar: ¿cómo le damos diferentes significados al pasado según lo que necesitemos en el presente? Lo que fue la Revolución del 25 de mayo se modifica a la luz de la coyuntura actual porque se popularizan aquellas lecturas que tienden a ser más afines al clima político dominante.
Durante la década de los noventa entre historiadores y para la redacción de libros escolares estuvo muy en boga los trazados de José Luis Romero. Proveniente de la militancia derrotada de los setenta, su paso al exilio y la asimilación al orden democrático, reconfiguró sus preocupaciones. Dejaron atrás la lucha de clases para concentrarse en la legitimidad de las instituciones y el orden político estable. Se leyó el 25 de mayo como una consecuencia de un acontecimiento en el extranjero: el deterioro del imperio español. Hubo una búsqueda pragmática de llenar un vacío institucional, un acto improvisado, que no existía algo como una identidad nacional (de más está decir que no había nación) y que más que un sentimiento ferviente por la Independencia lo que primaba entre los caudillos era ganar un poco en la toma de decisiones. Es cierto que la destitución de Cisneros fue cero sangrienta, se lo mandó a una casa y después cuando empezó a armar lio se lo exilió. Sin embargo a Santiago de Liniers lo terminaron fusilando.
La realidad es que el pasado nos llega de a trozos, de a retazos de libros, resabios de anécdotas, y restos materiales de vida, por eso, existen los debates historiográficos. Luego de que la resistencia peronista y las militancias socialistas fueron derrotadas por la dictadura militar en el 76, y se desplegó el terror la palabra revolución pasó a ser mala palabra (algo de esto explayo en la nota del 24 de marzo). La continuidad de un modelo neoliberal durante los años del menemismo desarmaba los discursos políticos combativos y eso nos da otra lectura del pasado. Si la Revolución de Mayo, hito fundamental en la historia de nuestro país, de nuestro acervo identitario como ciudadanos argentinos, fue generación espontánea la lógica que se deriva es que la Revolución no responde a una búsqueda activa. No es casualidad que durante los 90 haya hecho más mella esta lectura que otras. Esta misma operación desmitificadora se aplicó sobre las Invasiones Inglesas o el gobierno de Rosas, aislando el conflicto social para neutralizar el presente.
Sin embargo, nos adentramos en los 2000 y el escenario cambia. Quienes crecimos viendo Canal Encuentro se acordarán de las hazañas heroicas de aquellos grandes hombres adornados con sus ilustres uniformes, acompañados siempre de la música más grandilocuente. Esos hombres tenían aura. Al menos así los presenta Felipe Pigna. Durante los años del kirchnerismo los estudios historiográficos de los 70´ de carácter contestatario tomaron más preponderancia a la hora de leer la Revolución de Mayo.
Ese suceso fue un acontecimiento que dio inicio a un proceso independentista consciente, en una búsqueda activa por sublevarse contra los españoles y crear algo nuevo: la patria.
Luego de la crisis de 2001 comienza un proceso de re-legitimación de la dirigencia y lo político como espacio de transformación. El kirchnerismo moviliza a los jóvenes, llama a involucrarse en la política tanto a los adeptos como a los contrincantes. La necesidad de revalorizar la movilización política, y efervecer el sentimiento de arraigo argentino luego de la corrida, saqueos, huidas en helicópteros y fugas de cerebros genera una lectura distinta en el pasado: la Revolución de Mayo fue un proceso de consolidación de la identidad nacional.
Esta recuperación de la épica política en el presente no fue un mero ejercicio intelectual, sino que conectó directamente con las dinámicas de la psicología de masas. Para que la identificación de las masas con el líder ocurra tiene que haber una disponibilidad afectiva, un deseo de ser liderado, encantado por parte del pueblo. El recibir el liderazgo y elegir se torna un rol activo, por lo que el lugar de recepción no implica pasividad. En esta clave, el 25 de Mayo implicó la unión entre la sociedad civil (instituciones, la iglesia, escuelas) y la sociedad política (milicias, intelectuales). Todo el pueblo estuvo inmerso en el conflicto, de un lado o del otro.
Tan solo dejar unas claves de análisis para pensar cómo le damos sentido a los acontecimientos pasados, y no quedarnos en el condicionamiento del presente por lo ocurrido. Hoy en día, somos testigos de una escisión entre la sociedad política (aparatos de coerción) y la sociedad civil. La acusación a la casta que tanto pregonó el milésimo (y que hizo mella en la sociedad) no logra cuajar del todo dentro de la sociedad civil y hacerla una, sino que mantienen su distanciamiento. Van apareciendo de a poco las contradicciones entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales dominantes. La aparición de esa contradicción es el posible inicio de una época revolucionaria.
¡Feliz 25 de mayo!
Martina Cafaro es licenciada en Ciencia Politica por la UBA, estudiante de Maestria de Teoria Politica. Dicta clases y trabaja en asesormiento académico.
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