EL FENÓMENO THERIAN:
LA TRIBU Y EL SÍMBOLO
por Esteban Augusto Nieva
Los jóvenes son el futuro de la sociedad… dicen. Pero, ¿qué pasa cuando esos jóvenes se ponen máscaras de animales, colas, garras y adoptan actitudes dignas de una fauna? Tratemos de ajustar el foco.
Por Esteban Augusto Nieva
12 de mayo, 2026
“La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.”
La casa de Asterión de Jorge L. Borges
“¿Cuál es el vínculo de la juventud actual con la sociedad?” Es una pregunta que vale la pena ir repitiendo a cada momento de nuestra historia.
Sí, por supuesto que podemos entender el fenómeno therian como un simple capricho por parte de un grupo de adolescentes (que no tienen más que hacer), dirá algún señor entre la sorna y el enojo. Hasta puede tratarse de una manera burda de llamar la atención y servirle al algoritmo de las redes un tema excéntrico del que podamos hablar, aunque para ello se deba caer en lo ridículo y la aparente estupidez.
Pero es posible que detrás de esa apariencia haya algo más profundo: un fenómeno que refleja aspectos relevantes de la sociedad actual y que, justamente por eso, gusta de ocultarse en lo que consideramos absurdo.
Para abordar este caso particular, conviene comenzar por el significado de la propia palabra. El término “therian" tiene raíces del griego antiguo. Proviene de theríon, que significa bestia o animal salvaje, en referencia a cómo los griegos concebían a los animales: criaturas instintivas y poderosas. A esto se suma el sufijo -an, que puede remitir a anthropos (humano). La palabra, entonces, contiene en sí misma esa tensión entre lo animal y lo humano.
No es descabellado, entonces, abordar el fenómeno desde lo simbólico. A lo largo de la historia, lo animal y la juventud han estado profundamente vinculados, sobre todo a lo referido con la exploración identitaria del individuo y su dimensión más primitiva.
En numerosas sociedades de la Antigüedad, esa relación no era un problema, sino un puente. Los rituales iniciáticos funcionaban como mecanismo de integración entre el joven y la comunidad, estableciendo lazos entre ambas dimensiones en búsqueda de la armonía.
En el libro titulado El Hombre y sus símbolos, el psiquiatra Carl G. Jung (a través de Joseph L. Henderson) describe este proceso con claridad : "La historia antigua y los rituales de las sociedades primitivas contemporáneas nos proporcionan abundante material acerca de los mitos y los ritos de iniciación, por los cuales a los jóvenes, varones y hembras, se les acostumbra a separarse de sus padres y se les fuerza a convertirse en miembros de su clan o tribu. Pero, al hacerse esta separación respecto al mundo de la niñez, el originario arquetipo paternal será perjudicado, y el daño ha de hacerse beneficioso mediante un proceso saludable de asimilación en la vida del grupo." (p.127).
Dicho de otro modo: el grupo reemplaza simbólicamente a la figura paterna y canaliza esa transición.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando ese proceso falla, cuando se rompe la imagen idealizada de los padres (ese momento que muchos psicólogos han denominado como el “duelo”) y la comunidad no ofrece un ritual que ordene ese pasaje?
En ausencia de ese marco, el individuo puede verse forzado a resolver ese proceso por su cuenta. Esto lo llevaría a configurar su animalidad de manera autónoma y, eventualmente, a buscar nuevos espacios de pertenencia: desde fanatismos culturales hasta figuras de referencia contemporáneas (como ciertos gurúes de internet, con cuerpos exuberantemente musculados) que prometen sentido, identidad y dirección.
Aquí es donde lo bestial adquiere un nuevo espesor. Como señala Henderson, la identidad entre el grupo y el individuo se simboliza, con frecuencia, con un animal totémico. El grupo, así, no solo contiene, también simboliza, reemplaza y ordena.
El animal funciona entonces como un arquetipo: un patrón simbólico universal que forma parte del inconsciente colectivo, esa estructura psíquica profunda, común a toda la humanidad y heredada, que no se adquiere de manera individual.
Esto implica algo clave: lo que vemos hoy no es mera excentricidad, sino una forma (posiblemente incompleta, posiblemente desviada) de resolver una necesidad estructural. Bajo esta luz, el fenómeno therian puede leerse como sustituto simbólico de rituales de iniciación ausentes. No como una anomalía aislada, sino como un síntoma.
Tal vez se trate de una juventud que no ha encontrado su espacio en la civilización y que, en ausencia de dispositivos colectivos de iniciación, ha recurrido (consciente o inconsciente) a la formación de nuevos grupos de pares, con el doble objetivo de integrar esa parte totémica animal y, de ese modo, integrarse de forma plena a la comunidad: un intento de pertenecer.
Finalmente, se trata de jóvenes que parecen decir: si el mundo me da la espalda, yo le muevo la cola.
Esteban Augusto Nieva es Licenciado en Ciencias de la Comunicación y docente. Sus áreas de interés incluyen: filosofía, psicología, literatura, audiovisuales y música. En su tiempo libre disfruta de escribir cuentos y poesía.
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