FORDLANDIA: una historia no tan conocida desde nuestra América
por Jeremías Fabiano*
Fordlandia es una aldea escondida en la inmensidad de la selva amazónica. Su historia remite a un proyecto impulsado por Henry Ford, concebido bajo la promesa de productividad, modernidad y progreso, en una localidad que hoy se erige como un museo vivo, o, como a algunos les gusta decir, una “ciudad fantasma".
Por Jeremías Fabiano
22 de febrero, 2026
Descripción del lugar
Fordlandia se encuentra ubicado en el municipio de Aveiro, en el estado de Pará, en la Región Norte del Brasil. Este poblado rural está emplazado sobre la margen este del río Tapajós, cuyas aguas cristalinas corren en sentido norte y constituyen un importante afluente del río Amazonas. Desde la costa de Fordlandia, entre otras cosas, es muy común observar a los míticos “botos”: un tipo de delfín de color rosado, endémico de la cuenca amazónica.
A pesar de su posición y riqueza fluvial, la idiosincrasia del lugar no tiene una fuerte tradición pesquera, siendo el funcionariado público, la agricultura —principalmente de cacao—, la ganadería bovina y la minería del yeso las principales actividades económicas que dan sustento a la población local. La cantidad de habitantes es de aproximadamente unas 1750 personas, una cifra ínfima para la realidad demográfica de este país latinoamericano.
La ciudad se halla circundada por una densa vegetación selvática, cada vez más deforestada por los incendios que, de manera desenfrenada, lleva a cabo el gran capital agro-financiero en su brega por la expansión de la frontera agrícola. En Fordlandia es común respirar un insalubre humo o visualizar un característico tono de color gris en el horizonte.
Mapa del área, donde se señala al río Tapajós
Antecedentes y el contexto histórico
El origen histórico de esta localidad también nos evoca a un pasado signado por una ambición económica extractivista, y se cuenta que su principal impulsor fue,
ni más ni menos, que el mismísimo Henry Ford.
Hevea brasiliensis es el nombre científico —y “seringueira”, su denominación más común— del árbol del cual se obtiene el látex (o seringa) para la producción del caucho. Éste último es un insumo clave para la fabricación de neumáticos.
Hubo una primera fiebre del caucho en Brasil, que va desde el año 1879 hasta 1912 aproximadamente, período en el que el país abasteció cerca del 50% de la demanda mundial. Pese a ello, durante el siglo XIX la seringueira fue introducida y se adaptó con éxito al clima de las colonias británicas en el Sudeste de Asia. De a poco, la producción mayoritaria de esta planta, autóctona del Amazonas brasileño, fue desplazada al continente asiático.
Para la década de 1920, en el vertiginoso período de la primera posguerra, los precios internacionales del látex fueron producto de fuertes vaivenes. En su afán por disputar la hegemonía británica de este mercado, los capitales norteamericanos se lanzaron a la búsqueda de tierras idóneas donde invertir por fuera de las colonias europeas.
Así fue que, tras algunos estudios técnicos, la Ford Motor Company intentó establecer en el Amazonas una plantación mayor a las 20.000 hectáreas del árbol en cuestión.
Inicio, apogeo y declive del proyecto
Luego de una polémica concesión de tierras por parte del gobierno, desde 1928 la construcción de la nueva ciudad se llevó a cabo de forma acelerada. El plan para que se construyera “desde cero” una moderna ciudad de estilo estadounidense fue, como no podía ser de otra manera, a gran escala y con una inversión sustancial: se proyectó instalar un hospital, un cine, escuelas, redes de agua y la provisión de luz eléctrica. Todo en medio de un entorno natural virgen, que fue necesario desmalezar a través del uso de mucho fuego y gasolina.
Las complicaciones afloraron desde un principio, entre otras cosas por las pérdidas económicas en la deficiente venta de la madera talada en el desmalezamiento, la gran cantidad de hombres que cayeron enfermos en ese mismo proceso o por las dificultades para la obtención de las semillas de seringueira y su natural crecimiento. La Gran Depresión del ‘29, por su parte, hizo caer la rentabilidad del negocio por una considerable baja de los precios internacionales del producto.
Con todo, Ford decidió seguir adelante con su quimérica apuesta. Los edificios fueron levantados y las maquinarias puestas a trabajar. Desde un principio, habían traído a territorio brasileño a técnicos norteamericanos y europeos, como ingenieros y botánicos, para encabezar las operaciones del proyecto. La mano de obra estuvo compuesta por trabajadores asalariados, en su mayoría nacionales y, en menor medida, migrantes de países vecinos.
Otro obstáculo primordial fue que el monocultivo impuesto favorecía la proliferación de un hongo endémico que afectaba gravemente el provecho de los Hevea. Estos árboles del caucho precisan de cierto distanciamiento uno de otro, de la interacción con otras especies vegetales y de años de madurez para alcanzar un óptimo rendimiento.
En 1930, se produjo la mayor revuelta de trabajadores locales en la historia de Fordlandia, quienes estaban insatisfechos por la extrema rigidez que se les imponía en el día a día, significativamente expuesta en el nulo respeto que se tenía para con sus costumbres religiosas y culinarias. Luego de algunos destrozos edilicios, fue el propio ejército brasileño quien intervino y sofocó el motín.
En el año 1932, Ford sustituyó al director del proyecto, quien dos años más tarde, en 1934, aduciendo mejores condiciones agronómicas decidió mudar la explotación río abajo por el Tapajós, donde la compañía fundó la localidad de Belterra. Si bien la inyección dineraria fue nuevamente considerable, se levantaron robustas arquitecturas y se mejoraron las condiciones para el ocio de los trabajadores, el plan tampoco funcionó.
A los efectos de la Segunda Guerra Mundial en el plano económico, la persistente falta de comprensión de las condiciones físico-naturales del Amazonas y algunas pérdidas familiares en el clan Ford, se sumó el emerger global del caucho sintético. Para 1945, una vez terminada la guerra, la empresa de automóviles dio por finalizada la iniciativa. Los técnicos y trabajadores norteamericanos se fueron inmediatamente, dejando sus pertenencias y abandonando el lugar. Henry Ford, temeroso de las enfermedades tropicales, nunca pisó el Amazonas ni el Brasil.
Una de las casas o chalets de Fordlandia, construida por la Ford Motor Company con el fin de albergar a algún directivo o técnico de alto rango junto a su familia.
Fordlandia es hoy
En Fordlandia el calor es abrasador durante todo el año. Se suele hablar de dos estaciones: la de lluvias (o “invierno amazónico”) que va de enero a mayo, y una estación de sequía (o “verano amazónico”) entre julio y octubre. Los vecinos amanecen temprano para encarar sus quehaceres, se guarecen del implacable sol al horario de la siesta y reaparecen luego de las 16hs. En general, es un estilo de vida tranquilo.
Los fordlandenses conviven con la infraestructura que se les legó. El tanque que suministra agua a la ciudadanía sigue siendo el construido por la Ford. El puerto y su muelle tienen un uso cotidiano. El aserradero y la planta de energía, aunque destacan por sus dimensiones, son utilizados más bien como depósitos de chatarra. Las casas de los directivos de la compañía están agrupadas en la “villa americana”, donde, como en un típico suburbio estadounidense, cada una cuenta con su jardín frontal, la galería y una piscina en el fondo. Alguno de estos chalets está habitado, aunque en su mayoría se hallan abandonados, con ropas y el mobiliario original dentro.
De vez en cuando arriba a Fordlandia algún curioso turista. Puede hacerlo a través de la compra de un boleto de los barcos que hacen parada allí, la cual es la opción más práctica. Pero también se llega, sólo en auto particular, a través de una poceada carretera de tierra que nace desde la Ruta Transamazónica. El visitante descubre que, contrario a las voces sensacionalistas que en internet insisten en hablar de una ciudad fantasma, la población local no presenta nada parecido a algún sufrido semblante. Ellos se muestran abiertamente orgullosos de su pasado, el cual bien saben que es único y particular a nivel mundial, y, por lo tanto, una historia digna de ser contada.
Vista de una calle moderna en Fordlandia, donde no todos son edificios centenarios
En cuanto a las fotos vinculadas a esta publicación, tanto las que se incluyen en esta nota como en la publicación de Instagram asociada, se priorizaron las tomadas de primera mano, más allá de su calidad fotográfica. Se agradece al Profesor Magno, habitante de Fordlandia, por su generosa predisposición para aportar datos valiosos que hacen a este artículo.
Jeremías Fabiano es Licenciado en Geografía por la Universidad de Buenos Aires. Le interesan las dinámicas urbanas, la historia cultural y la apertura de lo científico. Muy esnob para la calle y muy coloquial para la academia. Ecléctico.
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