DEL ARCHIPIÉLAGO AL CONTINENTE
El archipiélago | Nuestra retirada del mundo y notas para un regreso de Roberto Chuit Roganovich
por Jeremías Jeannot*
Reseña - Por Jeremías Jeannot
12 de febrero, 2026
“No me puedo permitir ser fatalista, siempre estuvimos peor” fue el audio de una amiga que surgió al comentarle el libro que estaba leyendo. Aquella respuesta devino, más que nada, por la introducción que le hice del libro, en sí, de su subtítulo: “nuestra retirada del mundo y notas para un regreso”. Lo cual, en verdad, es bastante sombría, pero, ¿no es nuestra época contemporánea un ejercicio constante de pesimismo sin freno?
En ese clima se inscribe el ensayo de Roberto Chuit Roganovich —Doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba, escritor de novelas literarias (premiadas) y músico— al proponer una lectura de época, un diagnóstico de urgencia política acompañado de una autocrítica insoslayable para quienes nos encontramos, como sugiere desde sus propias palabras, de “este lado”.
Más que un lamento, el libro funciona como una invitación, que a más de uno le debe estar tocando la puerta hace tiempo, a volver de donde jamás nos deberíamos haber ido.
“El archipiélago” entrelaza policrisis con derechas caníbales, distintas startups digitales con nuestros cuerpos y teoría bélica con militancia activa. Todo ello bajo una lupa de análisis intelectual, poniendo en jaque teorías y categorías fundamentales de las ciencias sociales al trazar un camino que va desde la filosofía y la historia hasta la ciencia política actual. Su construcción epistemológica no es tranquilizadora, sino de una incomodidad productiva al preguntar(nos) e intentar destejer la realidad que nos trajo hasta acá.
Abre la discusión frente al historiador Eric Hobsbawm y su clásica periodización en Historia del siglo XX (1994). La distinción entre el siglo XIX “largo”, desde la Revolución francesa hasta la Primera Guerra Mundial; y el siglo XX “corto”, iniciada con la Primera Guerra Mundial y la Revolución rusa, finalizando con la caída del Muro Berlín. La lógica de periodización, afirma Chuit Roganovich, “[...] nace de una lectura “politicista”, una lógica que responde a la “rosca” de la política y no a las “[...] condiciones históricas, materiales y objetivas de nuestra existencia”. De esta manera, el siglo XXI no debe ser leído en tal coordenada “politicista”, sino en base a “acontecimientos técnicos": la irrupción de las redes sociales, la crisis financiera global causada por el estallido de las hipotecas subprime en Estados Unidos y la creación de la moneda virtual Bitcoin. Es a partir de tales hitos que se configuró el sujeto, el capital y el mercado. Así es introducida la técnica como parte esencial del trabajo del autor.
Al introducir un primer corrimiento conceptual, el autor nos propone otro desplazamiento, quizás más silencioso, y por ende…¿victorioso?, que se instaló inconscientemente en “nuestro” lado: nos volvimos fukuyamistas. No porque la profecía de tinte hegeliana propuesta en el libro El fin de la historia y el último hombre (1992) de Francis Fukuyama se haya cumplido en términos triunfalistas, sino como una naturalización a la idea de que no hay alternativa real al orden vigente. En este marco se reduce “la política como una herramienta meramente burocrática de gestión gubernamental”, en otras palabras, como rosca política y deja de ser asociada como acción revolucionaria, de los movimientos populares, con capacidad transformadora del mundo que habitamos.
La adhesión al fukuyamismo tardío es en pos de un clima afectivo y cultural. Hay una sensación extendida de agotamiento, tal como es la parte II del libro. Agotamiento filosófico y agotamiento de la política. La academia filosófica se encapsuló, dice el autor, dejando de prestar atención a las “cuestiones de urgencia crítica” y hablar con los de afuera.
Hubo un alejamiento del ágora, y en sí, entre nosotros,
y a su vez, del mundo.
En paralelo, la política sufre un agotamiento en un mundo comprendido como de cierta estabilidad estructural, donde solo se deberán realizar reformas, reformas y más reformas. Y así, de a poco, se fue socavando todo imaginario posible de un futuro. Frente a este cuadro, la reivindicación de Judith Butler sobre la no conciliación con lo real adquiere un espesor particular, es decir, asumir la acusación de tontedad. No como déficit, sino como gesto político superador. Negarse a adaptarse a un presente que se presenta a sí mismo como definitivo. “No debemos tener verguenza de ser tonto sabios”.
¿Qué queda del sujeto en todo esto? Cambiamos, efectivamente, pero debemos precisar en qué. Hoy predominan figuras de la autosuficiencia, como emprendedores y productores, formas pseudonaturales de la existencia humana, y no como raíces de una hegemonía neoliberal autoexigente que penetra incluso en las clases populares al ofrecer el espejismo de ser sus “propios jefes”, sin mediaciones ni estructuras colectivas. Paulatinamente, los lazos sociales se fueron desgastando —más aún en un mundo post-pandémico—, sin embargo, encontraron en la digitalidad un canal cómodo. Es en la res digitalis, como expresa el autor, donde estas transformaciones se vuelven visibles y operativas, no solo como espacios de comunicación sino como dispositivos de producción de subjetividad y de pertenencia, tal como se analiza en profundidad en ¿A quién le hablamos cuando hablamos en las redes sociales?
El tiempo deja de pensarse como apertura y se convierte en un presente continuo, un porsiemprismo donde la imaginación política se repliega y la crítica se vuelve inofensiva por su propia “oxidación”. A esta temporalidad empobrecida se le suma una crisis de identidad y de subjetividad que atraviesa a los agentes sociales ya que vivimos en una época en la que resulta cada vez más difícil pensarnos como parte de una clase. Vivimos en un mundo donde hay pluriempleo, trabajo freelance y la ausencia o el rechazo de formas sindicales u organizativas.
De este modo, Roberto Chuit Roganovich plantea que el retiro del mundo no adopta la forma de una renuncia explícita, sino la de una adaptación pasiva a una realidad que se asume como definitiva, donde la exacerbación de la individualidad nos devuelve, paradójicamente, a una suerte de estado de naturaleza similar al de los contractualistas del siglo XVII-XVIII, aunque ahora determinado por la lógica del capitalismo contemporáneo.
No haber reconocido estas mutaciones a tiempo tuvo
consecuencias políticas profundas.
La incapacidad para leer las nuevas formas de vida producidas por el mercado y por la técnica, no sólo debilitó las herramientas críticas, sino que contribuyó a la transformación del propio sujeto que pretendía resistirlas.
Volvernos fukuyamistas hizo que el tiro saliera por la culata. Mientras asumimos que no era el momento para una transformación efectiva de nuestros sistemas políticos democráticos, otros actores interpretaron exactamente lo contrario. En ese lapso de mutación, mientras la crítica se replegaba, una maquinaria intelectual, atenta a la coyuntura, pensó estratégicamente el presente y ocupó el lugar en el mundo del cual no estábamos prestando atención. La llamada Ilustración oscura —de la mano de figuras como Nick Land y Curtis Yarvin— emerge como una corriente neorreaccionaria que rechaza abiertamente la democracia, el igualitarismo y la promesa moderna de una libertad. Expulsados, o autoexiliados, de la arena pública tradicional, estos espacios encontraron en la digitalidad un terreno fértil para reorganizarse. La estrategia fue eficaz: “repusieron a espaldas del mundo ‘real’ su voz”, junto con una cosmovisión profundamente antidemocrática en base a un programa de acción de manual fascista.
A este escenario se suma otra crisis. La crisis de la cultura, o crisis de la imaginación. Como señaló Fredric Jameson —crítico y teórico literario estadounidense marxista— y retomando el realismo político fisheriano, “resulta hoy más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. El cine de ciencia ficción abunda en escenarios apocalípticos que se clausuran antes de que la utopía siquiera pueda comenzar, denuncia el autor. En una línea afín, Lucrecia Martel —destacada cineasta argentina— advertía recientemente que tal vez “la profecía genera su propio cumplimiento” al evidenciar películas del siglo pasado de expediciones espaciales para salvar al planeta, robots y vigilancia exhaustiva; y allí propone, en cambio, “inventar con el cine, la literatura, el teatro y los microrrelatos de las redes para volver a inventar el futuro”. Sin embargo, donde gran parte del campo progresista parece haber renunciado a imaginar horizontes comunes, las derechas radicalizadas sí ofrecen utopías con una promesa de orden que, no casualmente, prescinde por completo de cualquier “nosotros”.
Si para Nick Land el capitalismo funciona como un vector de aceleración temporal, “una fuerza que empuja la historia hacia un magma donde toda individualidad se disuelve”, Roberto Chuit Roganovich propone desplazar el problema desde el tiempo hacia el espacio. La cuestión ya no pasa por acelerar el devenir, sino por recomponer el territorio de lo común, interviniendo sobre la forma archipelágica de nuestra sociabilidad, esa dispersión en islas que hoy estructuran identidades, consumos, vínculos y prácticas políticas.
El “archipiélago” nombra tanto la condición material que produjo a los sujetos contemporáneos como el punto de partida inevitable para cualquier tentativa de revitalización política.
La apuesta del autor no es nostálgica ni regresiva,sino tácticamente orientada a construir continentes, de allí la propuesta de una “política pangeísta”.
Es reponer el contacto entre terminales desconectadas y recuperar el espacio como categoría central de una política capaz de intervenir, aquí y ahora, sobre las condiciones efectivas de nuestra existencia y sobre la forma en que queremos habitar el mundo.
Propone tres retornos: (1) Internet, limitando la capacidad de las grandes empresas privadas y el manejo de nuestros datos; (2) Soberanía cognitiva —en el sentido planteado por Juan Ruocco—, propone escapar del algoritmo y recuperar la consciencia del ocio y los espacios comunes, tanto en foros virtuales como comunidades barriales; (3) Intelectuales y cluster ideológicos, en una era antiintelectual, resulta indispensable fomentar instancias capaces de disputar el sentido común, porque, como advertía Nietzsche en Genealogía de la moral: “cualquier sentido vale mas que ningun sentido”. Y luego pasamos a la acción, como por ejemplo: debates entre polos ideológicos, piratas-hackers, fashwave, entre otros.
Como expresa en sus últimas páginas, “el porvenir es largo”, pero bajo este esquema de campo de batalla, la salida tiene que pensarse frente a un horizonte político, en una comunión de cuerpos, fantasías terrenales y deseos entrelazados. Este libro no ofrece consuelos, sino una brújula, y nos desafía a aprender a orientarla hacia el norte en un continente pangeísta, que aún no existe, pero que puede volver a unirse.
Jeremías Jeannot es estudiante de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires. Su interés se basa en comprender la realidad, desentrañando sus aristas sociales y políticas, con ironía y crítica. Intenta explicar aquello que empieza a hacer ruido, tratando de encajar en el sistema de las palabras.
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