¿DEL HOMO SAPIENS AL HOMO DEUS? EL CASO DE BRYAN JOHNSON Y SU GUERRA CONTRA LA MUERTE?
por Malena Ortiz Arcuri
¿Puede un algoritmo salvarnos de la muerte? El multimillonario Bryan Johnson vive para no morir, sometiendo su cuerpo al frío cálculo de la máquina. Un ensayo sobre cómo este fenómeno se relaciona con el transhumanismo, la herencia religiosa y la racionalidad occidental.
Por Malena Ortiz Arcuri
4 de junio, 2026
7 minutos de lectura
El deseo de la inmortalidad está presente en las fantasías de la humanidad, pero la naturaleza biológica resulta el límite intraspasable que nos condena a la finitud. Sin embargo, el multimillonario tecnológico Bryan Johnson desafía este límite con su proyecto "Don’t Die". Bryan niega la inevitabilidad de la muerte y su decadencia. En ese sentido, su utopía individual controla su vida al someterlo a una rutina rigurosa que le toma de 4 a 6 horas diarias entre ejercicio, alimentación, estudios de controles biométricos, medicación, etc. Todas estas acciones se encuentran determinadas por lo que el algoritmo indica, en ese sentido, en el documental de Netflix: “No te mueras: El hombre que quiere vivir para siempre”, Bryan declara que sigue “un algoritmo que me cuida mejor que yo mismo”, por ello, su mente está a merced de lo que la máquina indica y se define como “la persona más medida en la historia humana”.
Documental de Netflix: “No te mueras: El hombre que quiere vivir para siempre”
Para pensar este fenómeno, sostengo que Bryan constituye una experiencia subjetiva práctica –extrema en principio- que se inscribe dentro de una filosofía y movimiento más grande, el transhumanismo. Tal movimiento sostiene la obligación moral de mejorar las capacidades humanas mediante la inteligencia artificial y la eugenesia, rechazando la evolución biológica por considerarla un proceso "lento y cruel" (Duque, 2022, Nostalgia de Futuro). El transhumano, como un humano “mejorado” tecnológicamente, constituye una especie de tránsito hacia otra que sería nuestra heredera, el post humanismo. Este último constituye una especie no humana de la cual seríamos padres intelectuales. El post humano, desde estas perspectivas, resulta una forma de vida que no requiere cuerpo para existir, sino conciencias individuales que se integran para formar una superinteligencia colectiva intangible y eterna. Siguiendo esta idea, Bryan expresa que la Inteligencia Artificial ya constituye una forma de inteligencia que avanza de forma más veloz de lo que el humano puede comprender y admite que estamos dando a luz a la superinteligencia y evolucionando hacia una especie diferente.
La hipótesis que traigo es que el modelo de Johnson representa una metamorfosis de la búsqueda de la infinitud cristiana como salvación eterna por una infinitud técnica y cuantificada, continuando una racionalidad dualista occidental que desvaloriza el cuerpo sensible para someterlo al
cálculo científico.
“Invirtamos en cuerpo para ganar en Espíritu”: la herencia cristiana
Para comprender este fenómeno me remito al pensamiento del filósofo y escritor argentino, León Rozitchner, quien sostiene que “el cristianismo y el capitalismo están indisolublemente unidos”. En toda su obra literaria va a sostener que en el mito cristiano hay un ocultamiento de la Madre, reemplazada en el cristianismo por la figura de la Madre-Virgen, abstraída de sus cualidades sensibles como cuerpo de vida, como naturaleza y origen. La lengua de la madre fue acallada por el Padre-Dios cristiano que nos habla desde adentro nuestro como la conciencia y nos promete el infinito más allá de los límites materiales, maternos. El cristianismo proporcionó un modelo de infinitud que desprecia el goce sensible terrenal en favor de un espíritu abstracto; ésta fue una de las condiciones necesarias para que el capitalismo desarrollara la “la acumulación cuantitativa infinita de la riqueza bajo la forma abstracta monetaria” (Rozitchner, 2015, La Cosa y la Cruz)
En el transhumanismo, la promesa de salvación se traslada al "Dios-tecnología". El cuerpo, antes sacrificado por el alma, ahora se entrega a los mandatos de un algoritmo. La mente, conformada también por la creatividad de las emociones y los afectos, se anula como el causante de la vulnerabilidad y la ignorancia humana que nos lleva hacia nuestra autodestrucción entregándose a una razón externa y universal que se pretende infalible. La materialidad podría permitirnos el paso a la inmortalidad dentro de este mundo. El cuerpo y la mente se someten a los mandatos de este nuevo Dios que “sabe mejor que uno lo que necesitamos”.
Esta búsqueda de la infinitud técnica no es más que el mito cristiano despojado de sus caracteres religiosos, pero persistente en su desprecio por la materia sensible.
El cuerpo como mercancía cuantificable
En el sistema de Johnson, el cuerpo se somete al control absoluto: "Medir y llevar la cuenta, ya que el progreso comienza con el conteo". Desde la edad biológica de sus órganos hasta sus funciones fisiológicas más íntimas, como el período de tiempo de sus erecciones nocturnas, todo es procesado como dato. Aquí vemos el carácter fetichista de la mercancía descrito por Marx: los hombres son fetichizados y reducidos a objetos estandarizados de puro cálculo.
El cuerpo se vuelve cuerpo-abstracto, un cuerpo-mercancía, donde el valor está medido a partir de su longevidad. La salud es vista desde su rentabilidad, de hecho, Bryan sostiene que “ser sano es una de las cosas más rentables”.
Otro punto importante es que el capitalismo pone el desarrollo científico en función de los intereses de las clases dominantes concentrando el producto del trabajo social. Johnson invierte un aproximado de 2 millones de dólares anuales en tratamientos genéticos en lugares como Roatán, Honduras, donde las poblaciones locales carecen de salubridad básica. ¿Estaremos entrando a una nueva etapa de la humanidad donde la inmortalidad sea el nuevo privilegio de clase? Si se me permite una opinión personal, no sé si es posible la inmortalidad, pero queda claro que envejecer de forma natural es cada vez más una condena solo para aquellos —la mayoría— que no tienen los recursos suficientes para acceder a tratamientos tan costosos.
El "Dios-prótesis"
La ciencia funciona aquí como un método para evadir la inminencia de la muerte, alejando al sujeto de su realidad material. Freud advertía que el hombre se ha convertido en un "Dios-prótesis": grandioso cuando usa sus órganos auxiliares, pero aún dependiente de ellos. Johnson, al delegar sus decisiones vitales a la máquina, pierde la capacidad de decidir desde su propia existencia emotiva.
La visión de Johnson y del transhumanismo concibe al humano como un "producto fallido" frente a la perfección de la Inteligencia Artificial. El filósofo alemán, Günther Anders, denomina esto el "desnivel prometeico", donde el creador se siente inferior a su creación. El transhumanismo propone abandonar nuestra "carne" para que la trascendencia continúe a través del intelecto inmaterial.
El humano se encuentra alienado frente a su propia creación que le refleja su imperfección.
La utopía de la conciencia pura vs. la razón sentida
Frente a la ilusión de una conciencia que puede existir sin cuerpo, el materialismo de Marx y Rozitchner nos recuerda que la conciencia debe "dejar hablar al cuerpo humanizado". El cuerpo no es un instrumento, sino el portador de la experiencia sensible que el intelecto significa. Una existencia sin tiempo, espacio, ni sensibilidad, resulta un absurdo filosófico: no se puede llegar a la verdad sin una "razón sentida" que acepte el sufrimiento del ser humano y la finitud que embellece la vida.
Al delegar el trabajo creativo e intelectual en la IA, el hombre se aleja de su capacidad transformadora. Como advierte Rozitchner, se instalaría definitivamente al hombre en la alienación, alejándolo de su origen materno y finito.
El modelo de Bryan Johnson, al buscar la perpetuidad mediante la tecnificación del cuerpo, sólo consigue revelar la alienación del sujeto que el sistema produce.
Este sujeto lejos de ser un Homo Deus o un “Superhombre” se reduce a un
“Dios-prótesis” completamente dependiente de los aparatos que lo engrandecen. La “guerra contra la muerte” resulta, en última instancia, una guerra contra la propia humanidad, donde en la obsesión por no morir se olvida para qué se vive.
Pero no olvidar que el caso excéntrico y extremo que representa Johnson expresa valores y perspectivas que se nutren de la racionalidad occidental que predomina en nuestra sociedad. Por lo que este texto es una invitación a reconocer nuestro origen materno y nuestro destino finito, siguiendo a Rozitchner: “La madre abre a la vida, pero también a la muerte: hay que dejarla de lado si queremos que lo Infinito predomine y nos salve. Si la madre enseña a morir al hijo en este mundo de vida finita, Dios padre en cambio nos introduce de golpe en la dimensión infinita...” (2018, Combatir para comprender: las cuatro grandes polémicas, cristianismo, peronismo, Malvinas y violencia política, p. 330).
Malena Ortiz Arcuri es estudiante de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Su obsesión momentánea es pensar la condición humana frente al avance de la IA. Sus principales áreas de interés son la economía política, la subjetividad en el capitalismo contemporáneo y las perspectivas latinoamericanas.
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