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CRÓNICA DE UN COLAPSO ANUNCIADO: APERTURA COMERCIAL Y PÉRDIDA DE TRABAJO

por Nicolás Pérez

Cada vez más empresas dejan de producir para importar. Detrás de ese movimiento se juega algo más que una estrategia empresarial: se redefine el lugar del trabajo en el modelo de desarrollo argentino.  


Por Nicolás Pérez
2 de mayo, 2026

El panorama en Argentina no da lugar a dudas, cada vez son más las empresas industriales afectadas. Lo que aparece como una sucesión de cierres, suspensiones o ajustes empresariales puede leerse como parte de un proceso más profundo: un cambio en las condiciones que hacen viable —o no— producir localmente.

Este cambio de lógica también reordena el lugar del trabajo en el modelo de desarrollo.

Durante décadas, la industria funcionó como un eje organizador del empleo formal, la movilidad social y la estructura productiva. Hoy, esa centralidad está desplazada.

En este escenario, la producción pierde peso como referencia principal en las decisiones económicas y se produce una profunda reconfiguración de las relaciones del trabajo. En su lugar, gana terreno una lógica distinta: abastecer el mercado a través de importaciones.

Contexto general: Importaciones y crisis de competitividad

Durante 2024–2025 se profundizó una política de liberalización comercial en Argentina, con reducciones drásticas de aranceles y facilidades para la importación de bienes terminados. La producción nacional de bienes industriales enfrenta una presión competitiva fuerte: importar bienes terminados resulta muchas veces más barato que fabricar localmente. Esto afecta particularmente a empresas medianas y pequeñas, con costos fijos elevados, mano de obra intensiva, y proveedores locales. 

El caso de DBT-Cramaco, en la localidad santafesina de Sastre, permite observar este proceso con claridad. La empresa, con décadas de trayectoria en la producción de alternadores y grupos electrógenos, decidió despedir al 90% de su planta de trabajadores y abandonar la fabricación local. A partir de ahora, su actividad se orientará a la importación y comercialización de equipos provenientes de China. La decisión expresa un cambio en la ecuación económica:

producir en Argentina resulta menos rentable
que importar bienes terminados.

El caso de Whirlpool en la localidad bonaerense de Pilar refuerza esta tendencia. La planta inaugurada en 2022 había sido presentada como un hito del relanzamiento industrial argentino: alta inversión inicial, incorporación tecnológica, empleo formal y proyección exportadora hacia Brasil y la región. Era un ejemplo de cómo la industria de “línea blanca” podía integrarse competitivamente en cadenas globales de valor (CGV) desde Argentina. En pocos años, ese esquema dejó de ser viable. Ante la caída del consumo y pérdida de competitividad, Whirlpool anunció el cierre de la planta y el despido de sus 220 trabajadores.

Tras el cierre de la planta, ocurrió una reorientación del negocio hacia la comercialización de bienes importados; la nueva apertura hizo más barato traer lavarropas terminados que producirlos localmente. Su cierre no solo significó la pérdida de empleos, sino la interrupción de trayectorias productivas, la dispersión de habilidades, y el debilitamiento del gremio metalúrgico en la zona norte del AMBA. 

Según datos relevados sobre el periodo Dic. 2023-Dic. 2025, la industria argentina perdió cerca de 100.000 puestos de trabajo en los últimos dos años. A nivel económico ampliado, los puestos de trabajo destruidos en el sector privado ascienden a casi 298.000 (equivalente a 400 puestos por día). Estos datos refuerzan la idea de un proceso de retracción productiva sostenida, en un contexto de apertura comercial y debilitamiento del entramado manufacturero nacional. Sólo Neuquén mostró un incremento neto de empresas, con un crecimiento del 1,8% y 159 firmas adicionales. El resto del país evidenció caídas de diversa magnitud, con Chaco, Catamarca y La Rioja entre los números más preocupantes. 

El Índice de Producción Industrial manufacturero es categórico. A Febrero del 2026, sólo la categoría "Refinación del petróleo, químicos, productos de caucho y plástico" mostró una variación interanual positiva (2,7%). El resto de ellas arroja números negativos, algunos muy preocupantes ("Automotores y otros equipos de transporte": -24%; "Textiles, prendas de vestir, cuero y calzado": -22,6%; "Productos de metal, maquinaria y equipo": -20%). 

¿Y el trabajo qué? 

En los distintos casos (entre otros tantos analizables) se vislumbra un patrón común: el desplazamiento de la producción local por la importación, con un impacto inmediato sobre el trabajo. Las medidas recientes favorecen un modelo basado en la importación de bienes terminados, en lugar de producción local con valor agregado. El empleo industrial que desaparece suele ser formal, con calificación técnica, derechos laborales y cierta estabilidad. Y el informal ya existente (ese que desde los ‘90 siempre está cerca del 40%), desprotegido y desregulado, se profundiza.

Porque cuando una planta cierra, las trayectorias laborales se interrumpen, los saberes productivos se dispersan y se debilitan los espacios de organización colectiva.

Las alternativas laborales disponibles suelen ser más inestables y con menor capacidad de sostener ingresos en el tiempo. La discusión, entonces, no pasa solo por la cantidad de empleo, sino por su calidad y su función dentro de la estructura social.

Asimismo, la idea de “competitividad” también se redefine. Se relega la capacidad de producir y gana relevancia el costo de abastecer el mercado. En este marco, importar deja de ser una opción complementaria y se convierte en el eje de la estrategia empresarial. El resultado es un entramado productivo menos denso, con menor capacidad de generar valor local y mayor exposición a dinámicas externas.

El cierre de una fábrica condensa una transformación más amplia en la forma en que se organiza la producción y el trabajo. Durante décadas, el empleo industrial articuló ingresos, derechos e identidades laborales. Su retroceso modifica ese equilibrio y deja un vacío difícil de reemplazar. Lo que se “gana” en precios bajos o disponibilidad de bienes importados se “pierde” en tejido productivo, empleo, desarrollo regional, capacidades locales. Se reproduce un fenómeno que ya han denunciado teóricos del desarrollo:

los países periféricos quedan atados a la provisión de bienes de consumo importados, perdiendo su capacidad de desarrollar producción nacional de bienes durables, capital técnico propio y autonomía productiva.

¿Qué tipo de desarrollo se consolida? ¿Qué lugar ocupa el trabajo dentro de ese esquema? Cuando producir pierde centralidad, el trabajo también la pierde. Queda absorbido por la lógica de costos y eficiencia, reconvertido en variable de ajuste. Con ello se redefine, en términos estructurales, qué significa trabajar y cuál es su lugar en la sociedad.

Nicolás Pérez Quiroga es estudiante del último año de Relaciones del Trabajo en la UNR. Sus intereses se centran en las nuevas formas de organización laboral, la digitalización como revolución tecnológica y su impacto en el trabajo,
en ámbitos públicos y privados. Hincha de Boca Juniors.


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