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TRAS LOS PASOS DE LA INMORTALIDAD: LA RESPUESTA DE BORGES AL TRANSHUMANISMO

por Ramiro Ignacio Brey

Lejos de la inmortalidad física que hoy persiguen los magnates tecnológicos, Borges entendió que vencer a la muerte es otra cosa. Su obra nos demuestra que la única eternidad necesaria se construye a través del legado que perdura en la memoria colectiva. 


Por Ramiro Ignacio Brey
1 de septiembre, 2026
7 minutos de lectura

A lo largo de los siglos, una de las transversales obsesiones a todas las civilizaciones ha sido la búsqueda de la inmortalidad, lo cual ha sido plasmado en inabarcables tradiciones religiosas y literarias. Hoy en día, dicha proeza, hasta el momento inalcanzable, ha vuelto a figurar en el debate público y, lejos de ser emprendida por reyes, caballeros y alquimistas, no es más que la principal empresa de un grupo de magnates de Silicon Valley. El mayor ejemplo de ello es la noción transhumanista del por demás polémico Peter Thiel, fundador de Palantir, compañía dedicada al análisis de datos de vigilancia para ejecución de ofensivas militares, entre cuyos principales clientes se encuentran los gobiernos de Estados Unidos e Israel. Este excéntrico e inescrupuloso inversionista del mundo tecnológico considera a la muerte como un enemigo de la potencialidad humana, un fenómeno no inevitable a cuya erradicación deben supeditarse necesariamente los avances de la ciencia y la tecnología. En definitiva, bajo esta premisa, la realización humana absoluta e individual se reduce a la conquista de la eterna juventud.

Sobre este tópico no se ha mantenido al margen quizás el más prolífico y reconocido escritor que ha dado nuestro país. Estamos hablando de nada más ni nada menos que Jorge Luis Borges. El alcance universal de su obra no está dado únicamente por abordar locaciones y épocas de lo más variadas (desde la China imperial hasta la antigua Babilonia, pasando inevitablemente por la llanura pampa de los gauchos matreros), sino por interpelar sobre cuestiones que hacen inherentemente a la condición humana: la memoria, el destino, los mitos, la identidad y el paso del tiempo, entre otros. De una u otra forma, todos ellos confluyen en lo que el autor entiende que es, o que debería ser, la eternidad, que va más allá de la mera persistencia de la condición física.

Probablemente, la reminiscencia más conocida sobre la cuestión de la inmortalidad sea, valga la redundancia, su relato “El Inmortal” que forma parte de, para muchos, su obra culmine, “El Aleph” (1949). En dicho cuento, se advierte como, de alcanzar aquel anhelo, todo acto o pensamiento acaba resultando, a la postre, irrelevante y carente de sentido, sin mérito intelectual ni ético alguno. En un plazo infinito le ocurren a toda persona todas las cosas. Esto significa que, al vivir una infinidad de escenarios posibles, el ser humano logra ser todo, pero termina no siendo nadie, ni para sí mismo ni para los demás.

Para los mortales, cualquier acción tiene valor justamente por la precariedad de la existencia. Cada acto es valioso en sí mismo porque existe la azarosa posibilidad de que no pueda volver a repetirse. Por el contrario, para quien no muere, su conducta es sólo una réplica del pasado o un anticipo del futuro, lo que torna todo vano a la luz de la historia. Esto se refleja perfectamente en los vestigios de lo que fuera Ciudad de los Inmortales en el cuento: una suma de seres absortos, desprovistos de identidad.

Como vemos a partir de aquel ejercicio literario llevado hasta al extremo, del afán de superar el umbral de la finitud lo único que nos espera es la paulatina pérdida de aquello que nos hace nosotros. Eso que se forja a partir del peso que le damos a los acontecimientos que vivimos y a aquellos que optamos por no transitar, es justamente la carga que trae consigo la responsabilidad de tener que elegir frente a la incertidumbre del mañana. No es casualidad que el mismo Borges a lo largo de su obra, particularmente es sus poesías, probablemente manifestación de su faceta más genuina e introspectiva, haya traído en reiteradas oportunidades a colación el lastre que representaba para él no haber demostrado la valentía de la que supo vanagloriarse parte de su linaje militar (véase “Lo Perdido”) y, en paralelo, la ferviente súplica de no repetirse a síi mismo (véase “Religio Medici, 1963”). Esto implica una aceptación de su irreparable condición de ser quien es, a pesar de que en muchos de sus cuentos haya jugado con la posibilidad de trastocar el pasado para torcer el destino de sus personajes (véase “La Otra Muerte”, “El Sur”, entre otros).

Sin embargo, aún desdeñando la posibilidad de la inmortalidad personal, el autor nos devela, en una de sus conferencias brindadas en la Universidad de Belgrano durante 1979 y recopilada en el libro “Borges, Oral” que hay una inmortalidad que estima necesaria. Esta es no es nada más, ni nada menos, que la memoria. Más precisamente, la memoria de los otros, en función a la obra que dejamos a los demás. Desde la más nimia frase de un cualquiera que se convierte en refrán hasta un canto tan inconmensurable como “La Odisea” de Homero, si es que este realmente existió. Porque, en todo caso, la verosimilitud de un nombre resulta prescindible para los ánimos de la trascendencia, que no se devela sino por medio de la presencia de dicha creación en el inconsciente colectivo. Esto se traduce en la cultura, la tradición y la fe que configuran y hacen perdurar cualquier tipo de vida en comunidad. Sobre la base de la memoria es que un pueblo se narra a sí mismo y dota de sentido su pervivencia.

A 40 años de su fallecimiento, y por el reciente aniversario de su natalicio, lo seguiremos recordando siempre, pues no quedan dudas de que el legado artístico de Borges ha permeado al punto tal de ser una referencia indispensable para sus sobrevivientes en el mundo de la literatura. Óbice de las controversias que pudieran haberse suscitado alrededor de su persona, y que le valieron no haber sido ponderado en vida como se mereció, la vigencia del universo plasmado en sus cuentos, poemas y ensayos - llenos de laberintos, espejos, tigres, ríos, sueños y zaguanes - es acaso la prueba más cabal de su inmortalidad. Una inmortalidad que no encuentra justificación en el, si queremos ser generosos, ingenuo altruismo de una élite tecnócrata, cuyo aporte a la humanidad no tiene reparos en cobrarse paradójicamente la vida de inocentes todos los días. Al fin y al cabo, la prolongación de la existencia para figuras como la de Borges va más allá del plano material y la mera conservación criogénica. Solo puede explicarse en la vida que cobran sus versos en cada rincón del mundo en que son leídos y re leídos, como aquel que fuera vociferado de memoria por el Papa Francisco, poco tiempo antes de morir, al ser consultado por la relevancia espiritual del arte. Este puso en su boca la oración que resume todo. Sólo una cosa no hay: Es el olvido (véase “Everness”).  

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Ramiro Ignacio Brey se encuentra cursando el último año de la carrera de Derecho en la UBA, donde también participa del Programa de Capacitación Institucional de la Facultad. Se desempeña a su vez en la administración pública dentro de la Ciudad de Buenos Aires. Sus áreas de interés incluyen el derecho internacional público, la gestión gubernamental y eventualmente el stand up. En su tiempo libre, disfruta de la cocina, el cine y la lectura, siendo Jorge Luis Borges uno de sus autores predilectos. Demasiado desfachatado para el mundo de lo jurídico, demasiado ceremonial para ser un hombre de a pie.

(D)
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