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LEVITICUS Y LA (DES)DEMONIZACIÓN DEL DESEO

por Sabi Menedin

Puede que el terror sea hoy el lenguaje más claro y universal para iluminar aquella oscuridad humana a la que le tenemos tanto miedo. En Leviticus, el mensaje es transparente: el odio y la homofobia, respaldados por narrativas religiosas, son nuestra mayor condena. Pero no por ello debemos doblegarnos, porque es en la construcción de una comunidad donde encontraremos refugio. 


Por Sabi Menedin
19 de agosto, 2026
7 minutos de lectura

La identidad, en su máxima expresión, es algo muy difícil de definir. Quizás por eso, cuando uno se conmueve o se siente representado, las palabras se escapan. Hay algo que me poseyó desde que salí de la sala de cine. Hay algo de esta película que me sigue acompañando y que hoy me obliga a escribir bajo el sentimiento de que, quizás, sea esta la única forma de dejarlo salir.

 ¿A qué le tenemos miedo?

“A mí las películas de terror no me gustan”, me suelo repetir, mientras se me vienen a la mente las secuencias trilladas, los muñecos diabólicos y las muertes ridículas encadenadas. Sin embargo, con cada película del género que veo, voy dando cada vez más el brazo a torcer, porque el pacto que genera el terror con sus espectadores abre posibilidades casi inalcanzables por otros géneros cinematográficos. 

El temor es una emoción difícil de reprimir, que nos atraviesa el cuerpo y nos obliga a volvernos parte de aquello que nos asusta. Los miedos más frecuentes, como la muerte o lo desconocido, nos fuerzan a posicionarnos en el mismo bando de quien los enfrenta. Y tal vez es esta una de las formas más sutiles, pero poderosas, que tiene el cine de generar empatía.

Asimismo, en el terror reside la potencialidad de plasmar toda la monstruosidad de la que somos capaces los seres humanos, tensando al máximo el hilo de la moralidad y devolviéndonos, cual espejo, la oscuridad de la que nosotros mismos somos portadores. Porque esta clase de películas no necesitan enroscarse demasiado para crear metáforas crudas y honestas, para obligarnos a asumir nuestra parte de responsabilidad frente a aquello a lo que tememos. 

Hoy, el cine de terror obra como vehículo central de críticas sociales. Desde el uso cruel y repulsivo del cuerpo en el body horror —con películas como La hermanastra fea (2025) y La sustancia (2024)— que expone lo abyecto propio de los estándares de belleza, hasta el cuestionamiento de las relaciones sexo-afectivas y de la misoginia que se esconde en el deseo masculino en películas como Obsesión (2026); el terror no deja de incomodarnos y obligarnos a dar ciertas discusiones.

 Sobre la película

Leviticus (2026), una película australiana escrita y dirigida por Adrian Chiarella, se sirve del terror sobrenatural para adentrarse en temas como la homofobia, el poder de los mandatos religiosos y el romance queer. En particular, la cinta explora el aislamiento y las dificultades para encontrar apoyo que les jóvenes LGBTQ+ enfrentan a menudo al crecer, siguiendo la historia de Naim y Ryan, dos adolescentes gays que viven en un pueblo pequeño y muy religioso de Australia. 

En palabras de Stacy Clausen, uno de sus protagonistas, “Esta película es única en su uso del terror. Todos los otros temas que se entremezclan en ella la vuelven un hermoso romance coming-of-age. Por amor vale la pena el sufrimiento.”

La película aborda con tino las distintas aristas que forman parte de la experiencia homosexual adolescente por antonomasia: el mutuo descubrimiento de un ser con el otro, el deseo, la complicidad, el ocultamiento. A pesar de ello, la historia va mucho más allá. Porque los juegos, la atracción, el romance y los celos tienen como correlato el estigma, la violencia, la demonización y el sometimiento a “rituales de conversión”. 

En el seno de una comunidad conservadora y creyente —situada en una temporalidad poco definida y cercana a la vez—, la homofobia no requiere encubrimientos, sino que se muestra descarnada, autoritaria y brutal. De este modo, la presión social que ejercen los vínculos y mandatos religiosos arrolla la confianza en los lazos familiares, socavando todo rastro de protección que podría significar un hogar. 

En este contexto, y al ser descubiertos por sus familias, los jóvenes son sometidos a un ritual de “purificación”. Así, la homofobia avanza negando las identidades de sus víctimas, dejándolos desamparados a cambio de brindar tranquilidad a sus familiares.

Sin embargo, las terapias de conversión no se presentan en esta película como simples muestras del sufrimiento que acarrean aquellos jóvenes cuyos entornos se evidencian incapaces de aceptarlos. Por el contrario, al transformar el ritual en una maldición, la demonización de la homosexualidad adquiere una materialidad insoslayable.

Naim y Ryan, al ser exhibidos y estigmatizados por su comunidad, no solo son expuestos a la violencia homofóbica en su expresión física y terrenal, sino también a una amenaza mayor que nadie parece poder (o querer) entender. Al recibir la maldición, ellos se ven obligados a aprender a huir de la muerte, dado que una presencia maligna, capaz de tomar la forma de la persona que más desean, comienza a atormentarlos.

De este modo, lo que se penaliza es el deseo. En un intento por “convertirlos”, todo el peso de la condena recae sobre esos jóvenes cuerpos en descubrimiento, sobre esa fuerza imparable que es el deseo. Por medio del miedo al deseo propio y al otro que lo encarna, se busca terminar con aquella pulsión, aunque ese extirpar signifique acabar con la vida misma. Como señala Chiarella, “... con prácticas como la terapia de conversión, lo que intentan hacer es asustarnos y alejarnos de nuestros sentimientos, de quiénes somos”.

La soledad es mi peor pesadilla

En Leviticus, la entidad malvada que persigue a Naim y Ryan haciéndose pasar por el otro sólo es capaz de atacarlos cuando cada uno de ellos se encuentra solo. De esta forma, la película plantea que la única manera de mantenerse a salvo es estando acompañado, subrayando el peligro que significa el aislamiento para aquellos jóvenes discriminados por sus propios entornos.

En Todos somos extraños (2023), el vínculo entre la soledad y la homosexualidad es abordado en profundidad. Y si bien esta película resulta ser totalmente desgarradora, alberga conclusiones esperanzadoras y necesarias: la vida como persona homosexual no tiene por qué ser sinónimo de solitaria. 

El camino de aceptación de la propia identidad puede ser difícil, pero lo fundamental es poder sentirse acompañado en cada etapa. Y aunque el apoyo por parte de los vínculos familiares puede no estar presente en todos los casos, siempre existe la posibilidad de forjar comunidad entre aquellos que son como uno. Porque por más de que cada experiencia pueda acarrear distintos traumas, distintas vivencias, la identidad compartida es capaz de enlazarnos desde lugares indescriptibles, del orden de la emoción, de la empatía, de lo mutuo.

Chiarella ha manifestado que su inspiración para hacer esta película se originó al observar un retroceso en el apoyo a los derechos de la comunidad LGBTQ+, así como también el aumento del odio contra las personas homosexuales en redes sociales. En este marco, resulta primordial destacar el rol de la comunidad como espacio de pertenencia y resistencia. Porque en un contexto de individualismo feroz, es necesario recuperar lo tangible de los lazos; resulta vital recordarnos que no estamos solos, y no debemos dejarnos solos.

En este sentido, resulta oportuno recuperar las palabras del director, quien afirma que a pesar de los retrocesos, él está decidido a amar, y espera que tras ver Leviticus, el espectador también lo esté. Porque independientemente del tipo de cicatrices y traumas que esto pueda dejar, uno todavía puede encontrar el amor.  

Sabi Menedin es estudiante de Ciencia Política (UBA). Le interesa la teoría política, la política latinoamericana y todo aquello que ayude a comprender críticamente la realidad (sin morir en el intento). En su tiempo libre, le gusta leer e ir al cine.

(D)
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