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SOSTENER TAMBIÉN ES RESISTIR: CARTOGRAFÍAS DEL TRABAJO CARTONERO EN LA ARGENTINA ACTUAL

por Cindy Fraenkel

 ¿Cómo hacen hoy los cartoneros para sostener su trabajo cuando el precio del cartón se derrumba, el costo de vida no deja de aumentar y las políticas de protección desaparecen? Una reflexión sobre reciclado, organización colectiva y sostenibilidad en la Argentina actual. 


Por Cindy Fraenkel
12 de mayo, 2026
6 minutos de lectura

En las últimas décadas, frente a sucesivas crisis económicas y un mercado de trabajo incapaz de incluir a la totalidad de la población, miles de personas encontraron en el reciclado una forma de sostener la vida. La masificación del trabajo cartonero y su proceso organizativo en la Argentina surgieron de una crisis, no de una política ambiental planificada. Si bien la recuperación informal de residuos existió históricamente en distintos contextos y bajo diversas formas, fue durante los noventa y especialmente en el 2001 que el trabajo cartonero se masificó y comenzó a adquirir mayores niveles de organización colectiva.

Mientras el país se hundía entre el desempleo y el endeudamiento, las calles comenzaron a poblarse de trabajadores que recorrían la ciudad buscando cartón, vidrio, plástico y metal para vender.

El tiempo fue pasando y esas estrategias particulares de supervivencia comenzaron a transformarse en procesos de organización colectiva. Las cooperativas cartoneras permitieron mejorar las condiciones de trabajo, eliminar intermediarios, construir formas de comercialización colectiva y disputar reconocimiento social.

El sector cartonero, actualmente, se encuentra atravesado por la caída abrupta del precio del cartón, principal material recolectado y comercializado por los recuperadores urbanos. Desde mediados de 2021, el precio interno del papel y cartón se ubicó por encima del precio de paridad de importación, que derivó en un aumento sostenido de importaciones hacia fines de ese año y en una reducción de la brecha entre ambos valores. Sin embargo, esta tendencia se profundizó con las políticas de desregulación aplicadas a partir de diciembre de 2023, a partir de la modificación del Código Aduanero (decreto 70/2023), que habilitó una mayor apertura de las importaciones. Como consecuencia directa, el precio del cartón experimentó una caída de más del 50%. En enero de 2024 costaba $230 el kilo, hoy apenas supera los $70. A diferencia de la gestión 2019-2023, cuando la importación de bobinas de cartón también presionó a la baja de los precios pero, a la vez, existían medidas de contención para el sector, en la actualidad no hay políticas de protección ni de inclusión que amortigüen el impacto de la apertura comercial. Al mismo tiempo, la baja del consumo redujo también la cantidad de residuos reciclables disponibles en las calles: menos compras implican menos cartón, menos descartes y más competencia entre los cartoneros.

La situación revela una contradicción feroz. Mientras el discurso ambiental gana cada vez más presencia en campañas empresariales, políticas públicas y estrategias de marketing sustentable, quienes sostienen diariamente el reciclado urbano continúan trabajando en condiciones profundamente precarias.

Es ahí donde aparece una pregunta central: ¿cómo hacen hoy los cartoneros para vivir de su trabajo cobrando incluso menos que en 2024 por el cartón que recuperan? Basta imaginarse a cualquier trabajador percibiendo lo mismo que hace dos años para dimensionar la magnitud del problema. Lo que permite su sostenibilidad es el trabajo organizado: acceso a mejores precios, maquinaria, redes de cuidado, formas de representación colectiva y mayor capacidad de negociación.

Pensar la sostenibilidad del trabajo cartonero en este contexto implica entonces mucho más que preguntarse si el reciclado “funciona”. Implica preguntarse bajo qué condiciones miles de personas logran sostener su trabajo, sus vínculos, sus organizaciones y sus proyectos de vida en un contexto que permanentemente empuja hacia la precarización y el descarte.

La organización aparece como algo más que una herramienta administrativa. Se convierte en una condición concreta para la sostenibilidad. Los procesos organizativos están en tensión permanente con las políticas públicas; y resultan centrales no sólo para sostener el trabajo cartonero, sino también para habilitar formas de integración social y de reconocimiento tanto individual como colectivo. 

La diferencia entre el trabajo independiente y el trabajo organizado resulta clave para entender este escenario. El cartonero independiente suele quedar atrapado en una lógica de supervivencia inmediata: vende a intermediarios que pagan precios muy bajos, se trabaja solo, sin infraestructura y dependiendo exclusivamente de lo que logre juntar en el día. Muchas veces, la actividad aparece vivida como una estrategia transitoria para resolver la urgencia.

Al mismo tiempo, esa diferencia también tensiona las formas en que socialmente se percibe la actividad cartonera. Mientras el trabajo individual suele aparecer asociado a la changa o a la supervivencia momentánea, las experiencias cooperativas disputan otra idea, que el reciclado constituye un trabajo con saberes concretos, con organización, con roles y, en definitiva, con valor social.

La actividad deja de estar pensada únicamente desde la urgencia individual y comienza a construirse como una forma de trabajo con identidad colectiva y proyección en el tiempo.

Entonces aparece otra pregunta inevitable: si trabajar de manera organizada permite mejores precios, más estabilidad y mayores posibilidades de sostener la actividad, ¿por qué no existen filas interminables de cartoneros independientes intentando incorporarse a cooperativas?

Durante los últimos años, las cooperativas y las organizaciones de la economía popular fueron construidas públicamente como espacios sospechosos, asociados al clientelismo, a la dependencia o a la idea de que quienes las integran trabajan únicamente por "un plan”. Al mismo tiempo, crecieron discursos meritocráticos que presentan el esfuerzo individual como única forma legítima de progreso: los “hay que hacerse sólo”, “cada uno se salva por su cuenta”, “el que no llega es porque no se esfuerza” o incluso el “no confíes en nadie”.

La paradoja es brutal: mientras el mercado empuja a miles de personas a condiciones cada vez más precarias, el discurso dominante desacredita muchas de las herramientas colectivas que podrían mejorar esas condiciones. Por eso el problema de la sostenibilidad cartonera no es solamente económico. También es político, social y simbólico. Depende de qué lugar ocupa el trabajo cooperativo en el imaginario social y de qué tipo de sociedad se construye cuando la competencia individual pasa a valer más que la organización colectiva. Al fin y al cabo, detrás de cada bolsa de cartón recuperada aparece una discusión mucho más amplia sobre trabajo, desigualdad, reconocimiento y derecho a sostener la vida.

La necesidad de trabajar más para ganar lo mismo —o incluso menos— da cuenta de una sostenibilidad frágil, sostenida muchas veces a costa de la sobrecarga laboral, el desgaste físico y la erosión de los tiempos de vida. Sin embargo, sin estos dispositivos organizativos, la precarización sería aún más profunda y la continuidad del trabajo resultaría cada vez más inviable.

La sostenibilidad de la economía popular está atravesada por tensiones entre sostener las organizaciones, garantizar ingresos y preservar las condiciones de vida frente al deterioro económico y el retroceso de políticas públicas. En este contexto, la organización colectiva permite reivindicar el trabajo cartonero como un servicio esencial y ambientalmente necesario, ya que recupera miles de toneladas de residuos diarios que sino irían al entierro, y fortalece una identidad común basada en la dignidad del trabajo y la defensa del ambiente.

  

Cindy Fraenkel es Lic. en Trabajo Social (UBA), militante del MTE, realizó su tesis de grado sobre la experiencia de la Cooperativa Recicladores Unidos de Avellaneda y las disputas en torno a la sostenibilidad del trabajo cartonero.

Fotos de Julieta Carro

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