SATÉLITES: LA PULSIÓN DEL HACER Y SU REVERBERACIÓN
por Federico Lucas Hernández
La palabra ‘autogestión’ a veces burla en su interpretación, haciendo creer que es un hecho autónomo y solitario, por la naturaleza de su gramática, pero, en realidad, el accionar y sus ondas expansivas son imposibles de concebir en soledad.
Por Federico Lucas Hernández
14 de julio, 2026
5 minutos de lectura
Hacer es como un imán.
Un imán que no atrae necesariamente metal.
Un imán que atrae cosas.
De las cuales, la más directa y obvia es el resultado al que uno apunta.
Pero después, te das cuenta que el supuesto objetivo trae alrededor de sí una órbita propia de satélites.
Satélites que van siendo atraídos de a poco como ondas expansivas o un daño colateral.
Efecto que desde un inicio uno no espera ni considera pero que, cuando sucede, te debatís si esa “yapa” no es en realidad el resultado principal. O el correcto.
Quizás es una obviedad poner la lupa en esto, pero habitamos un presente en el que las cosas se hacen buscando una retribución efectiva o productiva instantánea.
Ya no existen los hobbies.
La frustración está a la orden del día y es fácil caer en la inacción porque no le encontramos el sentido a las cosas que queremos hacer, porque no entendemos qué nos darán a cambio o no somos lo suficientemente pacientes para descubrirlo.
Y ahí es donde hay que entregarse al misterio.
El misterio de imaginar, soñar, planear y accionar.
El misterio de estar.
De confiar en que esos satélites de los que hablamos conspiran con ser una recompensa suficiente y superadora.
Pero también, indescifrable, hasta que los tenés enfrente.
Por eso, hacer es un acto de valentía contra uno mismo.
Y cuando hablamos de satélites, hablamos de personas, hablamos de historias, hablamos de situaciones, hablamos de lugares, hablamos de cosas que estaban dentro, pero que necesitábamos destapar.
Es todo aquello que viene por fuera del paquetito envuelto y con moño.
Hay que abordarlo como haría un felino, que a veces termina prefiriendo la caja, más que el juguete que viene dentro.
Entregarse al misterio del hacer, hoy en día parece una apuesta para inconscientes.
Encarar un proceso con la sola certeza y confianza de que la honestidad y el cariño con el que se hace serán suficientes para atraer los astros acordes.
No hay que olvidar que el hacer tampoco se termina.
Hacer una canción, una película, un dibujo, un evento, un encuentro, una comida, un mensaje.
Son todas cosas que, además de sostenerse por sí mismas, también son diálogos abiertos.
Es ir al cine y quedarse debatiendo una hora después.
Es emocionarse con una canción y compartirle el link de una playlist a alguien que querés.
Es encontrar un cuaderno viejo en un cajón y leerlo como si se tratara de un libro nuevo al que recién le sacás el cartoncito con la sinópsis.
Todas estas formas de permanencia son una invitación a que los satélites encuentren el planeta alrededor del cual orbitar.
Y ese es el premio más valioso.
Hacer, por más diminuto que parezca, cambia el mundo.
Es reacomodar átomos.
Es descubrirse a uno mismo.
Y si el resultado principal no termina siendo el esperado.
Si queda incompleto.
Si falla por algún imponderable.
Es muy probable que ya se hayan acercado satélites, de los que uno se pueda inspirar para volver a intentarlo.
Y la clave está en esa palabra.
Inspiración.
No solo al hacer, sino también a ser un satélite del hacer de otros.
Porque la pulsión de la creación es más fuerte y tiene lugar cuando es en conjunto.
Cuando también te podés identificar en los sentidos de otro y así inspirarte, una y otra vez.
Y si armamos una cadena de deseos, procesos y hechos, sin importar los recursos, las limitaciones y los miedos, hacemos comunidad.
Construímos una constelación.
El sentido se vuelve palpable o deja de importar.
Cualquiera de las dos tiene la fuerza suficiente como para calmar inquietudes y elevar espíritus.
Por eso, cuando tengas ganas de hacer algo pero te abrume ver la meta tan lejos.
Te preocupen los raspones de las caídas durante el trayecto.
Te asuste imaginar la situación de no encontrar el camino de vuelta si te arrepentís a la mitad.
Podés llamar a un amigo.
Podés hablarle a un vecino.
Podés publicar una historia.
Quizás alguien con las mismas inquietudes, también, tiene las mismas ganas.
Y con ellas se pueden crear galaxias.
Federico Lucas Hernández es un director/productor audiovisual con fuertes lazos con el mundo de la música, particularmente por su recorrido realizando videoclips. Es parte de ‘Pulso’ (@pulsoregistrosvivos), un ciclo de registros documentales de shows en vivo de artistas del under argentino. En su tiempo libre, filma y va a recitales. de niñez.
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