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La política argentina atraviesa su temporada más mediática en 2025, figuras del espectáculo y las redes sociales convierten la fama en capital político y disputan lugares en el Congreso Nacional.
Crónica - Por Jeremías Jeannot*
08 de Noviembre de 2025
No, no estás entrando a la pista de Showmatch ni al estudio de Polémica en el bar. No te confundiste, así es el cuarto oscuro de las elecciones del 2025. Figuras “populares” que lograron un recorrido por la gran pantalla, hoy las reconocemos en una boleta partidaria, en un encuadre colorido y buscando cumplir una promesa: representar al pueblo argentino.
Virginia Gallardo, Larry de Clay, Karen Reichardt, Claudio “El Turco” García, Evelyn Von Brocke, (entre otros) son algunos de los nombres que disputarán un lugar en la política argentina. Su paso por la farándula -como panelistas de chimentos, conductores o participantes de realities- será dejado a un lado para debatir políticas públicas y presentar distintos proyectos de ley en el Congreso. Sin embargo, aquella política mediatizada es moneda corriente en la realidad partidaria. No es ninguna novedad para el electorado argentino encontrarse con famosos y famosas disputando cargos legislativos, hasta presidenciales. En algún momento llegó a ser la excepción, pero hoy en día es una constante que desde los ‘90 se estableció, articulando visibilidad y trayectoria pública.
El menemismo y su retórica de “pizza y champagne”, acompañados por las vedettes y los programas de cable con Susana Giménez y Mirtha Legrand, abrieron un nuevo camino estratégico para llegar a cada living de las casas argentinas. La política se convirtió en espectáculo, y el espectáculo en un vehículo de persuasión. El gobierno buscó generar simpatía y cercanía con los ciudadanos. Solo bastaba que el riojano realizará un chiste, muestre sus dientes y así sellar una conexión con el público.
En ese contexto, Ramón “Palito” Ortega fue convocado por Carlos Menem y se convirtió en una de las caras del nuevo peronismo mediático al convertirse en gobernador de Tucumán entre 1991 y 1995, y luego senador nacional. Daniel Scioli, por su parte, ingresó a la política también por el ex-presidente en 1997, tras su destacada carrera como motonauta -campeón mundial 8 veces- y su perfil de empresario exitoso, encarnando también esa fusión entre fama, carisma y poder que caracterizó a los años noventa.
La tendencia inaugural continuó. Otros famosos se sumaron a la corriente con el pasar de los años. Moria Casán fue candidata a diputada en un espacio vinculado al menemismo y representando al “centro" en 2005, afirmando que ella misma "tiene una llegada al pueblo”. Nacha Guevara para el 2009 se sumó al “Frente para la Victoria” para competir como legisladora de la Cámara Baja apuntando a ser “inconformista y rebelde". En los últimos años, Amalia Granata y Cinthia Fernandez son dos claros ejemplos de popularidad mediática que juegan en la política. Y sería impropio olvidarnos de nuestro actual presidente, quien recorría los canales de televisión y radio, acompañado de sus ideales, anécdotas y enojos con la casta política. Fue precisamente allí donde fue construyendo su carrera como figura pública, la cual devino en ser candidato presidencial en 2023, y el resto, ya es sabido.
Así, la farándula, ocupando bancas o aspirando al sillón de Rivadavia, se vuelve una irrupción simbólica de la cultura popular en las instituciones argentinas.
La política tradicional hoy se mezcla con el lenguaje de las redes sociales y sus tildes azules. La visibilidad que les proporciona el sistema algorítmico las convierten en potencial capital político. Su carácter de “conocido” es una credencial de autenticidad, una garantía de que es confiable ante los ojos del público. Pero, sin una militancia por detrás, sin haber participado en espacios de debate, surge una pregunta inevitable: ¿alcanza la fama para ocupar y ejercer un cargo público?
Los partidos políticos, por su parte, recurren a estas figuras principalmente por razones prácticas como simbólicas. Dos cuestiones deben ser atendidas. Por un lado, ofrecen una “publicidad gratuita” para los frentes políticos, garantizando reconocimiento y a la vez una cercanía implícita. Si pensamos la lógica menemista y la lógica mileista parten de la misma base: la construcción de una imagen pública atractiva donde antes no la había. Por otro lado, las celebridades oxigenan al partido y sus estructuras desgastadas, desde la popularidad y credibilidad emocional, llevando al ciudadano a creer que aquellas “son realmente verdaderos, son como uno”.
En esta humanización, y al mismo tiempo, pérdida de profesionalización política, se esconde una contradicción. El elector se enfrenta al dilema de confiar en figuras carismáticas y cercanas, pero con escasa trayectoria en la gestión pública. Allí el voto se convierte en un acto de fe más que de convicción racional, entre una apuesta por la simpatía que despierta el candidato y la duda sobre si es capaz de ejercer un cargo público.
La espectacularidad de la política es la nueva forma de representación, la cual se adapta a los códigos del presente. Farándula, redes y política forman una tríada potente que desdibuja la política tradicional y revela, más que una moda, el modo en que la representación política busca reinventarse en tiempos donde la visibilidad y la emoción pesan más que la ideología y la racionalidad.
*Jeremías es estudiante de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires. Su interés se basa en comprender la realidad, desentrañando sus aristas sociales y políticas, con ironía y crítica. Intento explicar lo que me empieza a hacer ruido, tratando de encajar en el sistema de las palabras.
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