Córdoba, entre la espada y las migajas
por Magdalena Negro
Entre la presión del ajuste y la defensa de su identidad, Córdoba ensaya una estrategia única: imitar el mileísmo sin entregarse a él. Llaryora intenta sostener el modelo cordobés con menos recursos, más urgencias y un electorado que pide autonomía. El resultado parece ser un laboratorio político que podría anticipar la disputa por el poder en el interior, más allá del AMBA.
Opinión - Por Magdalena Negro
09 de agosto de 2025
En Córdoba se está ensayando una fórmula política inédita: gobernar como si se fuera Milei, sin serlo. El peronismo cordobés, en pleno repliegue de recursos y poder, intenta apropiarse del mandato de austeridad que impuso el electorado, pero sin romper su identidad ni perder el control territorial. Lo hace mientras otras provincias eligen caminos opuestos —la confrontación abierta o la subordinación total—. Aquí, en cambio, se construye una nueva zona gris: la de un oficialismo provincial que simula mileísmo sin Milei para sobrevivir. Este ensayo no es gratuito: supone tensiones internas, contradicciones discursivas y un desgaste institucional creciente. Lo que está en juego no es solo el rumbo de Córdoba, sino un laboratorio político donde se prueba cómo resistir al ajuste sin desafiar al poder que lo impulsa. Y al hacerlo, Córdoba no solo busca sostenerse: busca definir un modelo de representación posible para el interior del país. A cuatro meses de las elecciones legislativas, esa apuesta puede anticipar cómo se reconfigura la política más allá del AMBA.
Por primera vez en más de dos décadas, el peronismo cordobés enfrenta un escenario que lo pone contra las cuerdas: su modo de gobernar se vuelve estructuralmente insostenible bajo el plan de motosierra impulsado por la Nación. Martín Llaryora, heredero del “cordobesismo” que construyeron José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti, no solo gestiona una provincia desfinanciada, sino que debe negociar su subsistencia con un gobierno que desprecia el federalismo y apenas ofrece migajas a cambio de respaldo legislativo.
Su modelo político, profundamente pragmático, se consolidó desde principios de siglo sobre una premisa central: la defensa de los intereses provinciales por encima de la obediencia partidaria nacional. Destacándose por su identidad local, por una gestión enfocada en resultados y por mantener autonomía política respecto del poder central.
Gracias a esa fórmula, “El partido cordobés” logró mantenerse competitivo incluso en contextos adversos. Evitó la rigidez doctrinaria y priorizó una gestión enfocada en resultados con un vínculo directo con los votantes, entendiendo mejor que nadie cómo respiran, cómo votan y qué rechazan los cordobeses. Córdoba creció en infraestructura, atrajo inversiones, impulsó el agro y el sector industrial, sostuvo políticas activas en salud, educación y obra pública. Todo esto enfrentando con autonomía a distintos gobiernos nacionales (como el kirchnerismo) sin resignar su identidad.
Ese pragmatismo fue durante años su principal virtud. Pero el ascenso de Milei marca un quiebre. El libertario obtuvo más del 74% en el balotaje cordobés, una adhesión sin precedentes que condiciona fuertemente al gobierno provincial. Y el tipo de gobierno que impulsa es incompatible con el modelo cordobés. El ajuste fiscal sin anestesia, eliminación de subsidios, caída de transferencias y paralización de obra pública nacional pusieron a la provincia en una situación límite.
Llaryora intentó equilibrar la escena: en campaña usó un tono confrontativo y luego buscó una relación más institucional con Casa Rosada. Pero ya no hay premios por la moderación. Lo que se negocia en el Congreso son leyes que profundizan el ajuste, y lo que se recibe a cambio es poco o nada. La provincia debe absorber los costos del repliegue del Estado nacional sin respaldo político ni recursos. Y, como advierte la politóloga Julia Pomares en una publicación académica para CIPECC, “el federalismo argentino es cada vez más asimétrico: mientras las provincias tienen que responder por servicios esenciales, la Nación concentra los recursos y el poder de decisión”. Esa asimetría, que Córdoba supo esquivar con autonomía y gestión, hoy la arrincona sin ofrecerle salidas.
Hoy se despliega una doble presión sobre Llaryora. Por un lado, necesita financiamiento para sostener su agenda: obras, créditos, salarios y servicios esenciales. Por otro, no puede entregarse al mileísmo sin erosionar su propio poder frente a un electorado que exige equilibrio: respaldó a Milei, sí, pero también espera que Córdoba mantenga su autonomía y su perfil propio. Gobernar es caminar esa cornisa.
En respuesta, el oficialismo provincial activó su músculo: puso en marcha más de 120 obras estratégicas, implementó un crédito hipotecario que cubre el 100% del valor de la vivienda (beneficiando a más de 600 familias), y lanzó un plan de federalización de la Universidad Nacional de Córdoba. Todo con fondos limitados.
Las elecciones legislativas de octubre son, por eso, un parteaguas. Si Milei amplía su representación, tendrá mayor capacidad para profundizar su programa. Si no lo logra, dependerá más de acuerdos con los gobernadores. Pero Córdoba, que solía mediar, llega con menos poder y más urgencias. Ya no puede condicionar, y apenas puede resistir.
Como señala el politólogo y escritor Federico Zapata en su libro Los Muchachos Cordobeses, lo que ocurre es más profundo: coincide con una transición generacional en el liderazgo cordobés. Una nueva camada de dirigentes —sin la espalda política ni el capital simbólico de Schiaretti o De la Sota— debe reconstruir el modelo en condiciones completamente adversas. Llaryora, el nuevo muchacho cordobés, lidera ese proceso, pero con menos margen y más riesgo. Su desafío ya no es solo mantener el poder: es sostener la viabilidad institucional del cordobesismo como alternativa provincial al centralismo porteño. Y ese riesgo ya no es solo electoral: es estructural.
Por eso, esta vez, el pragmatismo no alcanza. Lo que antes garantizaba continuidad, hoy amenaza con volverse una trampa. Negociar desde la necesidad es aceptar condiciones que destruyen lo construido. Y cuando Nación solo ofrece migajas, Córdoba no puede permitirse ser una provincia obediente: debe pelear por un país menos centralista y más federal sin perder de vista a sus votantes. Si no lo hace, su partido —y su modelo— dejarán de ser identidad política para volverse parte de la historia.

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