ORMUZ Y ARGENTINA: dos caras opuestas del dinamismo energético
por Tomás Conde
El conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel no solo reconfigura el tablero militar de Medio Oriente: amenaza el principal corredor del petróleo y el gas mundial. Con precios en alza y Europa nuevamente expuesta, la crisis abre una ventana inesperada para el gas argentino.
Por Tomás Conde
16 de Marzo, 2026
Introducción
En medio de una escalada bélica en el Golfo Pérsico, el asesinato del líder supremo de la República Islámica de Irán significó un punto de no retorno en el conflicto. Esta disputa entre Estados Unidos e Israel vs. Irán intensificó la tensión en la región y sus repercusiones son múltiples, no solo en el campo de batalla. Las fuerzas iraníes efectuaron ataques vía misiles y drones, entre otros, contra bases estadounidenses en países de la zona: Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Kuwait, Bahréin y Qatar. Si sumamos a Irán e Irak en esta contienda, hablamos de un área geográfica con influencia directa en el sector energético mundial.
El conflicto abierto entre Irán, Estados Unidos e Israel debe leerse, en términos energéticos, menos como una disputa bilateral y más como una perturbación sobre uno de los nodos más sensibles del sistema mundial de hidrocarburos. La centralidad del problema no radica solamente en la producción regional, sino en que la escalada afecta al Golfo Pérsico y, sobre todo, al Estrecho de Ormuz. Para tener una dimensión, durante 2025 transitaron por el Estrecho aproximadamente el 20% del comercio marítimo mundial de petróleo, además de casi una quinta parte del comercio global de GNL (Gas Natural Licuado). En otras palabras, la importancia energética del conflicto surge de su capacidad para alterar el precio mundial de referencia de la energía y tener así consecuencias directas en toda la cadena de precios a nivel mundial, repercutiendo en escaladas inflacionarias.
Por eso, aún cuando la dimensión militar tenga su propia lógica geopolítica, la dimensión energética opera como multiplicador global. El Brent llegó a tocar los US$120 por barril, un valor muy por encima del promedio reciente, lo que confirma que la energía jamás debe ser considerada como una variable sectorial. Es un asunto de seguridad internacional, inflación, competitividad industrial y estabilidad macroeconómica, con fuertes implicancias geopolíticas. Más prima de riesgo geopolítico, más volatilidad financiera y más presión sobre petróleo y gas. En los mercados energéticos, la mera expectativa de escalada pesa más que cualquier promesa futura de balance estratégico. La historia inmediata del conflicto confirma esa lógica: antes que estabilización, lo que produjo fue un desbarajuste de precios.
Importancia del Estrecho de Ormuz
Ormuz es un punto donde la geografía se convierte en economía política. Conecta toda la zona del Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y el mar Arábigo. Según estimaciones de la Agencia Internacional de Energía, en 2025 pasaron por allí 14,95 millones de barriles diarios de crudo y 4,93 millones de barriles diarios de productos refinados, es decir, 19,87 millones de barriles por día. Un solo día de cierre pone en riesgo un volumen equivalente a casi 20 millones de barriles diarios del circuito global, sin contar el GNL. Y si se suma este último, la sensibilidad aumenta todavía más, porque no existen rutas alternativas para evacuar los volúmenes de Qatar y Emiratos que dependen del estrecho.
La cuestión, entonces, no es si el mercado puede absorber una interrupción breve, sino cuánto tiempo podría hacerlo sin trasladar el problema a la economía mundial.
Ahora bien, la interrupción del Estrecho difícilmente pueda sostenerse durante mucho tiempo, pero la inestabilidad suscitada del rubro es donde se pueden observar sus consecuencias. Las agencias de seguros de las navieras que normalmente transitaban por el Estrecho fueron cancelando una a una las pólizas por la amenaza de posibles ataques. Para mayor entendimiento de las implicancias que tiene el Estrecho de Ormuz en esta disputa de intereses, recomiendo la lectura de una nota de esta página: “El arma estratégica de Irán: el Estrecho de Ormuz” por Christian Ferreira.
Las alternativas terrestres son parciales. El oleoducto Este-Oeste, operado actualmente por Saudi Aramco -empresa petrolera saudí-, que se extiende desde el Golfo Pérsico y el puerto de Yanbu en el Mar Rojo, cuenta con una capacidad de transporte de petróleo de 5 millones de barriles diarios. Es decir: los oleoductos mitigan, pero no resuelven. El problema es todavía más severo para el GNL, donde la dependencia del paso marítimo es mucho más rígida. Además, el GNL del Golfo Pérsico tiene a los países asiáticos como principales destinos, no tanto al viejo continente.
Allí aparece el segundo gran frente del conflicto: Qatar y el gas natural. Durante los primeros días de marzo, Qatar detuvo su producción de GNL tras los ataques iraníes; producción que equivale a cerca del 20% de la oferta global. Aunque Asia absorbe la mayor parte de esos cargamentos, Europa también queda afectada porque el precio del gas se forma en un mercado integrado y porque, tras la guerra de Ucrania, su seguridad energética quedó gravemente vulnerable. Los precios europeos de gas natural llegaron a aumentar hasta un 50%, cotizando en US$16 MMBTU (por millón de BTU).
La fragilidad europea no remite hoy a un corte físico inmediato, sino a una vulnerabilidad sistémica. Entre 2018 y 2021, Rusia cubría en promedio más del 40% de la demanda de gas de la Unión Europea. La invasión y la incertidumbre sobre el abastecimiento llevaron al gas y a la electricidad en Europa a niveles récord en 2022. Ese encarecimiento se transmitió luego a la inflación del área euro: el aumento reciente de la inflación estuvo fuertemente influido por el alza de los precios energéticos.
Actualmente, la Unión Europea importa más del 90% del petróleo que consume y cerca del 80% del gas. La consecuencia es clara: Europa puede soportar una perturbación breve, pero la interrupción prolongada en Ormuz le reabre el problema que creía parcialmente resuelto tras la ruptura con Rusia, esto es, el de una energía importada, cara y volátil.
Acuerdo Southern Energy y SEFE: el primer vislumbre del sueño argentino
En ese contexto, el acuerdo entre Southern Energy (SESA) y SEFE (Securing Energy for Europe) adquiere una relevancia que excede su volumen contractual. Ambas compañías firmaron un contrato de compraventa por 2 millones de toneladas anuales de GNL durante ocho años, con entregas previstas desde fines de 2027. SEFE comercializa aproximadamente 200 TWh anuales de gas y energía y abastece a unos 50.000 clientes, desde pequeñas empresas hasta organizaciones multinacionales y subnacionales.
Southern Energy es el consorcio creado por empresas del sector conformado por PAE (30%), YPF (25%), Pampa Energía (20%), Harbour Energy (15%) y Golar LNG (10%). Este consorcio tiene como objetivo desarrollar el sector gasífero para la exportación de gas en formato licuado.
El acuerdo no debe verse sólo como un negocio empresarial, sino como la inserción de Argentina en una conversación mucho más amplia sobre seguridad energética europea. Será la primera compañía energética alemana en recibir cargamento desde Argentina.
Desde esa perspectiva, el contrato tiene un valor material y otro simbólico. Material, porque vincula el gas de Vaca Muerta con una demanda energética necesitada de diversificar proveedores. Simbólico, porque proyecta a Argentina como oferente capaz de suscribir compromisos de largo plazo en medio de una coyuntura global crecientemente inestable. Que Europa aparezca hoy como un espacio institucionalmente más ordenado pero energéticamente vulnerable, mientras Argentina intenta construir una macroeconomía más estable y previsible pero dispone de un recurso abundante, configura una paradoja significativa:
la estabilidad relevante no siempre es la financiera, sino también la geológica, logística y contractual.
La ubicación geográfica de Argentina no es un tema menor en un mercado tan dinámico. América Latina ha evidenciado ser una región pacífica, sin enfrentamientos bélicos en el último tiempo. Asegurar provisión a largo plazo es una ventaja que debe ser considerada en términos de seguridad energética.
En este punto aparece la cuestión de la Tercera Posición. En la tradición argentina, esa fórmula no significó una neutralidad pasiva, sino una búsqueda de autonomía frente a la política de bloques. Se puede resumir esta tradición como la articulación entre autonomía respecto de las grandes potencias e integración regional, no pensada como equidistancia, sino como rechazo al alineamiento automático. Leída en clave contemporánea, esa idea puede traducirse como autonomía estratégica: comerciar con Europa, sostener vínculos con distintos polos de poder y evitar que la inserción energética del país quede absorbida por una lógica militar de bandos.
La Agencia Internacional de Energia (IEA) advierte que en la segunda mitad de esta década puede haber sobreoferta de petróleo y GNL, mayor competencia entre proveedores y un pico de demanda de combustibles fósiles hacia 2030 bajo los escenarios de políticas vigentes. Esto significa que el acuerdo con SEFE no debería ser leído como punto de llegada, sino como ventana de oportunidad.
Argentina puede ganar credibilidad y divisas, pero solo si convierte esta coyuntura en infraestructura, capacidad exportadora y mayor densidad productiva.
La seriedad energética a la que aspiramos no se mide solo por firmar contratos, sino por llegar a tiempo a un mercado que quizá no nos espere demasiado.
Conclusión
La importancia energética del conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel reside en que exhibe, con crudeza, una verdad estructural: el orden mundial sigue dependiendo de corredores fósiles con precios extremadamente vulnerables. Ormuz condensa esa realidad. Allí confluyen petróleo, GNL, rutas marítimas, seguros y decisiones militares. Por eso, en una región históricamente convulsionada, el conflicto no solo modifica balances de poder: también redefine costos, expectativas y estrategias de abastecimiento a escala global.
Para Argentina, esta crisis ofrece una enseñanza doble. Primero, que la energía del siglo XXI no se juega únicamente en la disponibilidad de recursos, sino en la capacidad de transformarlos en contratos, infraestructura y confiabilidad. Segundo, que la oportunidad gasífera debe ser aprovechada sin perder autonomía estratégica ni quedar atrapada en la lógica de los alineamientos automáticos. En ese marco, el acuerdo Southern Energy-SEFE vale tanto por el negocio que inaugura como por la posición que insinúa: la de un país que puede presentarse como proveedor útil en un mundo más inseguro.
Tomás Conde es estudiante avanzado en Ciencia Política (UBA). Interesado en el desarrollo energético, la geopolítica y la producción nacional. En paralelo, decidido en viajar y contemplar nuevos destinos. Disfruta de cocinar y ver películas.
Hincha de River.
Notas relacionadas
ENDOMETRIOSIS: cuando el dolor de los cuerpos menstruantes no es agenda
En el mes de la mujer y de la concientización sobre la endometriosis, una reflexión sobre una enfermedad que afecta a millones de personas y sigue siendo invisibilizada por la medicina, la política y la investigación.
IRÁN: el escenario en el que EEUU se juega su pretensión de hegemonía
La escalada militar contra Irán revela una disputa geopolítica más profunda: el intento de Estados Unidos por preservar su hegemonía global frente al ascenso de China, la expansión de los BRICS y las nuevas alianzas en Medio Oriente.
EL ARMA ESTRATÉGICA DE IRÁN: El Estrecho de Ormuz
Décadas de conflicto, tensiones nucleares, bombardeos, destrucciones y muertes marcan la relación entre Israel e Irán. La comunidad internacional está desconcertada por el peligro inminente que supone una escalada bélica en la región del Golfo Pérsico. Una guerra sin precedentes parece configurar un nuevo foco de conflicto, marcado por la estrategia de Irán y la respuesta de Estados Unidos.