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“EFÍMERO PERDURABLE: GIRO AFECTIVO, SEXUALIDADES Y ARCHIVOS PERSONALES”
RAFAEL BLANCO

RESEÑA

por Jeremías Jeannot

En su nuevo libro, Rafael Blanco cruza el giro afectivo con la perspectiva queer para pensar la vergüenza, el duelo y el hartazgo no como lastres individuales, sino como territorio de politización.


Por Jeremías Jeannot
4 de agosto, 2026
7 minutos de lectura

De por sí el juego del oxímoron es delicioso al evidenciar un contraste inteligente. No será la excepción cuando Rafael Blanco nos arrojé la paradoja temporal de lo Efímero perdurable. En su obra homónima, la interrogación por los afectos atraviesa todo el escrito y los despoja de toda sustancia fija para quitar el velo del binarismo que escinde las emociones en “positivas” o “negativas”, desde un anclaje teórico que conjuga el giro afectivo y la perspectiva queer. A partir de una sociobiografía que recupera su propia memoria encarnada, el autor se propone disputar e indagar en los territorios colectivos de la actualidad, pasando de lo personal a lo impersonal. El recorrido del libro, estructurado por una introducción y tres capítulos bajo la editorial de Pletórica sinfonía, invita a explorar cómo el duelo, el hartazgo y la vergüenza rediseñan nuestra existencia gregaria y transforman lo que parece un refugio íntimo en el trazo vibrante de una potencial politización.

Rafael Blanco es Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA) e investigador del CONICET. Desarrolla su labor académica en el Instituto de Investigaciones Gino Germani (IIGG), donde coordinó el Área de Salud y Población y se formó en el Grupo de Estudios sobre Sexualidades, que tuvo lugar entre 2003 y 2019. Su trayectoria investigativa se centra en el análisis de las transformaciones de los órdenes públicos, privados e íntimos. Pero, más allá de su destacado camino académico, Rafael fue un niño alguna vez, el cual desde su performatividad –a lo Butler– era señalado por una feminidad que “no” le pertenecía culturalmente. De allí su llamado de atención con el nombre de: “Rafaela”. El insulto –nombre femenino popular en los 80s por Raffaella Carrà– galvanizado en una forma disciplinaria operaba vergonzosamente en el cuerpo del autor: modificaba su habla, sus movimientos, su caminar, es decir, su forma de comunicarse. En paralelo, la historia política de la familia a razón de la desaparición de una tía de Rafael era otro tipo de secreto administrado, otro tipo de vergüenza a comprender. Con su abuela “Angelita”, Madre de Plaza de Mayo marplatense, Rafael a veces usaba los panfletos que se repartían en las marchas y él los usaba para dibujar detrás de las leyendas y nombres de los desaparecidos durante la última dictadura, por lo que su madre se los sacaba y le decía: “no uses estas hojas para el colegio, no se tienen que enterar”.   

En 1996, el autor asiste a la marcha de resistencia de las Abuelas en CABA. De fondo escucha: 

BAILA EL PUEBLO BAILA
BAILA DE CORAZON
SOMOS LOS PUTOS
SOMOS LAS TORTAS
PERO MILICOS NO

Aquellos manifestantes pertenecían a la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), que se sumaba estratégicamente a los organismos de derechos humanos. Allí, las categorías de "puto" y "torta" se diferenciaban del carácter disciplinador-discriminatorio de la sociedad para erigirse como estandartes de una reapropiación política: la reivindicación de la injuria lanzada desde nuestra propia trinchera. Para Blanco, el lenguaje no solo se resignifica, sino que posee la capacidad de ser reescenificado. Gritar estas identidades históricamente vulneradas en la Plaza de Mayo de la posdictadura constituye un acto performativo; un despliegue de visibilidad que transmuta el estigma en una potencia colectiva compartida. En ese mismo escenario de la Plaza de Mayo, la escena se desplaza hacia la pista de baile, pues el ícono de la Carrà se instituía para el colectivo LGTBQ+ como una "pequeña venganza maricona". Aquella “máquina de guerra” efímera, forjada en las infancias queers, se manifestaba en el balanceo rítmico de los cuerpos al unísono de “explota explótame explo” de forma perdurable. La misma “Rafaela” señalada por sus compañeritos baila con la “Raffaella” que abrazó su vergüenza. Bajo la óptica de Muñoz (2000), y en sintonía con la vigencia de Madonna, la pista de baile se constituye como un escenario vital para la performatividad queer en la cotidianeidad, potenciando nuestra apertura hacia experiencias donde el cuerpo se entrelaza con la otredad. De este modo, Raffaella lograba traducir en movimiento y visibilidad pública aquello que los “putos” se veían obligados a confinar entre cuatro paredes. 

Bajo esta premisa, el autor se pregunta qué sucede cuando la vergüenza deja de ser un lastre individual para situarse en la vibración de un cuerpo colectivo. 

El autor reflexiona sobre la potencia de una vergüenza transformativa. En un diálogo teórico con Heather Love, Blanco propone despojar a este afecto de su concepción simplista como un mero sentimiento displacentero que provoca el rubor o el llanto; por el contrario, la vincula estrechamente con la dimensión política, la organización social y la irrupción en el espacio. Es por esto que en el apartado “Hacer algo con la herida compartida” del primer capítulo se señalan las posibilidades de la vergüenza, como una categoría subjetiva, colectiva y profundamente pública, que trasciende su función meramente disciplinadora. La transmutación no radica en la eliminación del trauma ni en el reemplazo de la injuria, sino en la capacidad de (re)habitar esos afectos, reconocer su espesor histórico y convertirlos en manantiales para una reconfiguración identitaria.

En el despliegue escénico de Madonna: The Celebration Tour, la festividad de 'Holiday' se fractura. La efervescencia de los años 80 choca con la irrupción del SIDA, y ese choque alcanza un clímax tanto reflexivo como desgarrador. Durante 'Live to Tell', la artista apela al amor como coordenada sensible para nombrar al VIH. Lo dota así de una visibilidad necesaria. Es una ornamentación política al transmutar el duelo íntimo en una tristeza colectiva con capacidad de intervención.

La cartografía de los ´80 dibujaba una sexualidad donde el pavor y la finitud se fundían en una sola experiencia vital. El 26 de septiembre de 1994, una inscripción en aerosol desafiaba los muros: “SIDA: por amor usa preservativo”. Esta leyenda contraponía la pulsión de muerte con la potencia conmovedora del amor. En el capítulo, “Pronunciar el silencio. Amor, duelo y punk en la politización de la intimidad” Rafael demuestra como una acción contradiscursiva efímera en la nocturnidad porteña adquiere un carácter perdurable. Ese juego de contrastes resulta revelador y logra desde el registro afectivo un discurso preventivo ante la ausencia del Estado presionado por la jerarquía eclesiástica. Había que nombrar el método, nombrar el amor y, fundamentalmente, nombrarlos en la calle.

Fuente: archivo de Federico Schrager y archivo de Silvia Armoza

El grafiti, como gesto transgresor, se apropia de lo común. Mientras tanto, en la FM Rock & Pop –conducido por Armoza, actriz del colectivo artístico “Loca… como tu madre”–, entre acordes de Björk y Cyndi Lauper, se instaba: “usá forro”. El propósito es avanzar firmemente con la cura desde el amor, trascendiendo la instancia de la prevención necesaria.

Como señala Rafael, en 1989, Madonna lanzó "Like a Prayer” bajo las administraciones de Reagan y Bush. El álbum incluía información técnica sobre el VIH/SIDA y sus vías de prevención, al tiempo que reclamaba acompañamiento para las personas con VIH, rechazando la violencia y la intolerancia. 

No fue el amor romántico el motor de este activismo, sino la densidad visible del duelo frente a la crisis del VIH. El afecto del amor se utilizó de forma estratégica, lo que evidencia que el modo en que nominamos nuestras emociones resulta determinante para nuestro horizonte. De esta forma, el amor es gregario y la sexualidad se consolidó como territorio de politización.

A partir de la movilización afectiva, se busca transformar la vivencia privada en una experiencia colectiva y así volver público lo íntimo. En este proceso se identifican los rasgos esenciales que definen la politización de la intimidad. El análisis permite trazar puentes estratégicos hacia el presente. Es conmover la esfera pública desde la vibración del afecto.

En el último capítulo titulado “Los archivos afectivos. Huellas, colecciones efímeras y procesos colectivos”, Rafael nos presenta una metodología “rara” para la investigación de los afectos. Parte de las teóricas Sara Ahmed y Ann Cvetkovich para argumentar la búsqueda de documentos que quedan a los márgenes de la cultura oficial, al igual que Benjamin proponía "cepillar la historia a contrapelo", recoger las ruinas y los fragmentos olvidados, Blanco hace lo mismo con los afectos marginados. Funcionan como “collages de efímeros perdurables” afirma el autor. Una multivariedad de materiales e inmateriales los conforman: grafitis, cartas, fotos, recuerdos, canciones, panfletos o incluso un movimiento en la pista de baile. Sin embargo, a lo que apuntan es a aquello que desborda de la literalidad del objeto, es decir, de lo cual está investido emocionalmente. Retoma a Barthes para determinar lo inventio de estos archivos, ya que no existen ordenados, hay que crearlos desde su dispersión. De esta manera, los archivos afectivos cumplen la función de “conmover la habitualidad” y desnaturalizar lo cotidiano. El análisis y construcción de estos archivos sirve para comprender los distintos procesos de politización desde las emociones que allí se entrelazan.

Resulta pertinente interrogarse sobre aquello que queda excluido de estos archivos afectivos. Todo acto de archivado implica necesariamente una selección dice Derrida: por cada grafiti, panfleto o recuerdo que Blanco rescata, existen otros que la memoria individual y colectiva han dejado atrás. Blanco reconoce esta tensión inherente, centrando su elección en la vergüenza y el duelo como ejes para archivar y comprender la experiencia compartida.

Efímero perdurable se presenta como un paisaje sensible que desborda los límites de la academia sin sacrificar la reflexión, desafiando el estigma que revierte a las emociones de su calibre epistémico, allí donde la ligazón entre emoción y política evidencia el motor de la transformación cultural. Lejos de sucumbir a un solipsismo narcisista, Blanco exhibe su archivo personal para urdir, desde las entrañas de lo íntimo, una analítica social que deviene herida, y a su vez, en memoria compartida de nuestras propias insurgencias. Al situar los afectos en el epicentro de la disputa política y dilatar la esfera pública bajo esta lente, la obra nos permite reconocer que el cuerpo mismo constituye un archivo vivo, un universo vivo.

Aún ignoramos qué otros fragmentos de intimidad permanecen refugiados en la sombra; pese a ellos, al arrojar luz sobre su propio registro, Rafael ratifica que la politización de la intimidad constituye nuestra tecnología más visceral para conmover y transformar el presente espinoso. 

Jeremías Jeannot es estudiante de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires. Su interés se basa en comprender la realidad, desentrañando sus aristas sociales y políticas, con ironía y crítica. Intenta explicar aquello que empieza a hacer ruido, tratando de encajar en el sistema de las palabras.

(D)
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