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LAS COSAS MARAVILLOSAS: DONDE LAS LUCES NUNCA SE APAGAN

por Marina Götz

Los teatros reúnen grandes grupos de espectadores que comparten una experiencia efímera, enfocada en lo que ocurre arriba del escenario. “Las cosas maravillosas” desafía este formato, despojándose de los convencionalismos del teatro para dar lugar a una experiencia de conexión única.


 01 de septiembre, 2024

Las luces de sala se apaciguan. Como si iluminación y sonido estuvieran regulados por la misma perilla, los murmullos decrecen. El brillo que irradian las pantallas se esconde dentro de carteras o bolsillos, o hasta llega a desaparecer por completo en un acto de valentía característico del siglo XXI: apagar el celular. El espacio queda sumido en completa oscuridad. En esos pocos segundos, se oyen ligeros susurros de conversaciones que no pretenden esperar al final de la función para ser retomadas. La música se eleva hasta enmudecerlas. Los frentes iluminan el escenario. El artista, el único que cuenta con la legítima facultad de hacer uso del habla, pronuncia la primera línea. El resto del público desaparece, hasta que la luz de sala vuelve a coincidir con el ruido, los aplausos y los gritos del final.  

Empecé la lista después de su primer intento. Una lista de todas las cosas maravillosas que hay en el mundo. Todo aquello por lo que vale la pena vivir.

Sin música de transición ni cambios en la iluminación, la actriz, que está presente entre el público desde el momento que se da sala, repartiendo papeles y explicando su función, pronuncia las frases anteriores, desde abajo del escenario. De esta forma, da comienzo a la producción argentina de Las cosas maravillosas, escrita por Duncan Macmillan y Jonny Donahoe. Si desde el “vamos” la obra rompe con el inicio habitual de cualquier producción, en el “después” se atreve a hacer frente al estrés de cualquier director empeñado en controlar la mayor cantidad de variables posibles, antes de una función: la participación del público. 

En toda producción teatral la presencia activa del público es vital. No mediante el habla, pero sí a través de aplausos, reacciones y fundamentalmente, su atención. De allí, los frecuentes: “buen público” o “un público medio flojo”, que suelen circular tras bambalinas luego de una función. En Hacia un teatro pobre (1968), Grotowski enfatiza la importancia del vínculo entre el teatro y el público al establecer que: “El teatro puede existir sin maquillaje, sin vestuarios especiales, sin escenografía, sin un espacio separado para la representación (escenario), sin iluminación, sin efectos de sonido, etc. No puede existir sin la relación actor-espectador en la que se establece la comunión perceptual, directa y “viva”.

Lo llamativo de Las cosas maravillosas no es sólo la relación que se forma entre el artista y los espectadores, sino el vínculo que nace al interior del público. Con luces de sala que permanecen encendidas durante toda la función, butacas ubicadas y ocupadas arriba del escenario, y la constante interacción con la audiencia, el espectador es obligado a atender a quienes lo rodean. Durante el momento en que transcurre, aquella experiencia que suele vivirse de manera individual se torna colectiva, dando luz y voz a quienes ocupan el resto de los asientos. La cercanía que uno siente con los actores una vez terminada la función, se extiende también a la audiencia. Aquellos con los que uno se cruza a la salida del teatro, o mientras hace la fila en Güerrín, o que quizás nunca vuelve a ver, pero con los que siempre compartirá el haber sido el público, que eligió ir a ver esa obra de teatro, en ese mismo tiempo y lugar. Tal vez ese registro sea insignificante al día siguiente, pero estando uno sentado en el teatro, mientras ve una obra que aborda un tema resonante como lo es la depresión, puede reconocer que aún viviendo una experiencia personal e introspectiva, está acompañado.  

1. El helado.
2. La guerra de bombuchas.
3. Que te dejen ver la tele hasta tarde.  

Las decisiones de dirección y puesta en escena, que rompen con el formato convencional del teatro, no son los únicos factores que dan lugar a la conexión entre los miembros del público. La misma surge también a partir de la “lista de las cosas maravillosas”. Esos pequeños y no tan pequeños placeres de la vida, que el personaje principal va elaborando a medida que va creciendo. Con una complicidad que se manifiesta a través de sutiles risas nostálgicas y cabezas asintiendo, los puntos de la lista logran resonar en un público que cada vez se siente más cercano.

Hoy, primero de septiembre, es la última función oficial de la actriz Candela Vetrano como protagonista del unipersonal. Desde su llegada a Buenos Aires en el año 2022, Las cosas maravillosas plantea una propuesta dinámica a través de la cual el intérprete cambia por temporadas. La misma tuvo como protagonistas a: Peter Lanzani, Lali González, Franco Masini y Andy Kusnetzoff. El artista que continuará con el legado de la obra será Victorio D’Alessandro, también bajo la dirección de Mey Scápola, la producción de Pipa Produce y acompañado por un elenco siempre creativo e impredecible: el público.  

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