Un cagazo bárbaro
El miedo atraviesa la historia como una sombra que persiste: puede ser chispa de rebelión o una jaula que inmoviliza. Entre la memoria de lo que ya no queremos y el temor a lo que puede volver, se juega la potencia de lo colectivo. ¿Hasta dónde el miedo es motor de cambio y cuándo se vuelve pura traba?
Opinión - Por Martina Cafaro
26 de Agosto de 2025
Invocar a la muerte para que se arrebate la existencia del cuerpo acalorado con 45 grados a la sombra parecería más coherente que generar aún más calor en la calle. En el verano de 1993 miles de personas en Santiago del Estero exigieron la renuncia del gobernador ante denuncias de corrupción y salarios impagos. El difunto gobierno se vio incendiado por el estallido social. Desde la ciudad de Rómulo y Remo, el presidente Carlos Saúl Menem dictaminó la intervención armada de la provincia y Juan Schiaretti asumió la gobernación. Durante una noche y una mañana la ciudad estuvo tomada por los santiagueños. Varios sostuvieron luego que dicho acontecimiento fue el preludio del derrumbe de diciembre de 2001. Una multitud destruía lo viejo, abriendo puertas a lo nuevo con vestigios de esperanza y miedo. ¿Qué ocurre cuando la multitud es la que engendra el miedo y no la autoridad estatal?
El miedo como emoción política ha sido ampliamente manoseado por todas las áreas de las ciencias sociales. Desde Maquiavelo pasando por Montaigne, hasta los modernos, donde se da una ruptura en torno a los afectos, un ¨giro afectivo¨. Las pasiones pasan a tener valor, y no simplemente una cosa que corrompe la razón como ocurría con los antiguos (Platón, Aristóteles, etc.). Comprender las pasiones se vuelve necesario porque contienen utilidad propia
El miedo puede ser una señal instintiva de alerta, de un tener cuidado que a veces tiene su coherencia fáctica, y otras tantas no; simplemente se presenta a modo de limitación personal que constriñe a la sujeta/o de actuar. El miedo entonces, en tanto pasión política, se presenta como una espada de doble filo. En la vida pública solemos escuchar relatos del miedo como si fuese un pañuelo que envuelve a la capacidad de acción y la condena a la tristeza del dolor. Eso, en realidad, es terror.
El terror y el miedo son dos cosas muy diferentes. El miedo es la sensación de que algo que imaginamos como negativo pueda ocurrir, y resalto del verbo poder. El miedo requiere de una duda persistente donde la proyección negativa pueda no ocurrir. Requiere de la esperanza de que aquello que nos disgusta no ocurra. Esperanza proviene del verbo latin spreare. Es la espera de un suceso que, cuando lo imaginamos, nos causa alegría. Y la espera como tal, requiere también de la duda. De una vacilación respecto a la concreción de dicho acontecimiento alegre, es decir, del miedo de que eso no ocurra. Siendo breve: el miedo requiere de la esperanza y la esperanza requiere del miedo.
Spinoza y Nussbaum hacen la paz cuando hablan de miedo. Creer que el farol del miedo nos puede conducir a algo positivo es lo que nos sumerge en una monarquía del miedo, en una sociedad de miedosos donde la potencia no está más que disminuida. El miedo entonces (para ellos) nunca puede ser aumento de nuestra potencia. El miedo es siempre una disminución de nuestra capacidad de hacer que nos retrotrae hacia adentro. Sin embargo, el miedo siempre se hace notar: en su ausencia brilla, y cuando está presente opaca.
El miedo también puede habilitar espacios de comunidad, lazos de confianza con un otro ¿Guiado por la irracionalidad de la duda de lo tenebroso? Spinoza se enojaría: de un afecto triste jamás podría surgir una alegría. El miedo persiste en la memoria, en los retazos de un viejo baúl de recuerdos que actúa como barrera de la desesperación del terror, de la maldad del hombre. Las experiencias pasadas se esconden en la memoria, refugio de la vida y de la historia. La memoria mantiene despierta a los pueblos para protegerlos de la desagregación. La gloria y terror de un pueblo conforman un inconsciente colectivo que engendra un miedo a volver a lo de antes, o de perder lo conseguido. Repetir un Nunca Más a la dictadura cívico-clérico-militar del 76´ permite (en parte) sostener algún consenso democrático hace cuarenta y dos cortos años.
Caminaste apurada las últimas cuadras después de bajarte del colectivo. Volves a tu casa (que sabes tuya) y cerras la puerta con llave. Aseguras la reja del portón de entrada y prendes la alarma ¿Haces todo eso porque te gusta? ¿Será que esa seguridad que buscas viene tanto de tu propia capacidad de hacer daño como de la poca esperanza en la bondad del género humano? La guerra de todos contra todos subyace implícitamente en cada uno a la hora de cerrar las puertas de tu casa con llave.
El presidente de la Nación en 2025 sostuvo que la caída de natalidad en la Argentina es producto del aborto legal, y de los movimientos feministas que cuestionan la sumisión de la mujer a lo doméstico. Querer encasillar a las mujeres en roles de servidumbre, o re-instalar el miedo a manifestarse es retroceder a formas que ya no son reales. En un intento de traer al presente una realidad que ya no existe, la construcción de una eticidad más que moral es putrefacta.
En la ambivalencia del miedo y la esperanza, ambos se encuentran con la dualidad de sus efectos: construir y desarmar. Sumergirse en un océano de miedo genera el encuentro mutuo para armar una balsa, o el repliegue total a un sálvese quien pueda. La historia, como única verdad, nos ha deleitado con una muestra de ambas. Aunque Spinoza se ofenda, provocar miedo puede ser emancipador, como en la gesta independentista ¿Cómo hubiéramos hecho sino para liberarnos del yugo español? Era el ejército patriota que, con las historias del cruce de la cordillera de Simón Bolivar y José San Martin cargando armas, con hombres semi-desnudos y descalzos que habian cruzado la Cordillera Andina; hombres que por haber cometido semejante hazaña para algunos estaban más cercanos a los dioses o a las bestias. Esa construcción de leyenda da ímpetu de guerra, fuerza de liberación que se hizo real. Hoy toma diferentes formas en la existencia, pero continúa.
El peligro aparece cuando ese miedo es perpetuo, el propósito se desdibuja y no es la liberación, sino el sostenimiento de poder de unos pares. Es el propósito lo que puede guiar la utilidad moral del miedo, sin apagarlo, sin negarlo. Cazarlo y manejarlo, sin que nos coma, siempre alerta de los riesgos. No ser una sociedad de miedosos. Al final del viaje de la vida, quedarán los cuerpos en un rincón del abismo, y solo logra cuajar la existencia con un sentido ¿Qué fuera, la maza sin cantera?

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