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Estados Unidos: entre el liderazgo y la democracia 

por Nicolas Manjarin y Christian Ferreira

Las instituciones políticas no logran contener el liderazgo de Donald Trump. La democracia estadounidense se resquebraja ante lo que pareciera ser un poder sin límites. ¿Dejó de ser el juicio político una alternativa ante la avanzada de la autocratización?  


Ensayo - Por Nicolas Manjarin y Christian Ferreira 
7 de mayo de 2025

  El 5 de noviembre de 2024, el magnate norteamericano Donald Trump se impuso con el 49,8% de los votos populares y una mayoría de los votos en el colegio electoral que le permitió asegurar más de los 270 votos necesarios para ganar. La reconfiguración de la candidatura del Partido Demócrata tras el retiro del ex Presidente Joe Biden de la contienda presidencial, permitió que Kamala Harris, ex vicepresidenta estadounidense, se convirtiera en la candidata a la Presidencia. Sin embargo, a pesar de haber captado una porción significativa del voto femenino, Harris no logró frenar el avance de Trump, quien hizo historia al convertirse en el primer presidente electo tras haber enfrentado dos intentos de juicio político y una condena penal.  

A modo de recapitulación, cabe detenernos en dos hitos fundamentales para acercarnos al terreno del juicio político y el rol que juega la oposición en la división de poderes en Estados Unidos; en este caso, particularmente entre el poder Ejecutivo y el Legislativo. El primer hecho polémico que derivó en un intento de juicio político tuvo lugar en 2020 a partir de una llamada que Trump tuvo con el presidente ucraniano Volodímir Zelinski en la que el primero le solicitó al segundo que anunciara dos investigaciones para recabar información sensible para las elecciones estadounidenses. El segundo surgió en 2021 a partir de su incitación a la insurrección por haber emitido declaraciones falsas afirmando que los resultados de las elecciones presidenciales del 2020 –en las que Trump perdió ante Biden– fueron producto de un fraude generalizado y no deberían ser aceptados por el pueblo estadounidense. Estos hechos marcaron un precedente sumamente importante en la historia de la democracia estadounidense.  

 ¿Pero de qué hablamos cuando nos referimos al juicio político? Se trata de una herramienta que permite el control y equilibrio de pesos-contrapesos para destituir al presidente frente al avance de poder o la percepción de falta de respuestas en la ciudadanía, propio de los sistemas de tipo presidencialistas como es el caso de los EEUU. Para que este proceso sea iniciado, la acusación debe hacerse en la cámara de los representantes, donde se requiere una favorable mayoría simple (la mitad más uno de los votos) y la condena en el Senado, que requiere el apoyo de dos tercios del senado (67 de 100 senadores). Durante ambos procesos, la oposición estadounidense liderada por el Partido Demócrata jugó un rol definitorio en la búsqueda de consensos para intentar desestabilizar al Ejecutivo.  

Aníbal Pérez-Liñán, un reconocido politólogo y profesor de Ciencia Política y Asuntos Globales en la Universidad de Notre Dame, entiende que este proceso se inicia a partir de distintas causas: a) hay una crisis presidencial y el Congreso intenta remover al Presidente de su cargo, b) el presidente intenta clausurar el Congreso, o bien, c) uno de los dos poderes apoya un movimiento civil o militar en contra del otro. A pesar de haber enfrentado dos juicios políticos en 2020 y 2021, Trump salió absuelto en ambas oportunidades gracias a haber obtenido la mayoría necesaria para ello en el Senado. ¿A qué se debe esto? Las correlaciones de fuerzas en el Poder Legislativo estadounidense favorecían en ambos casos al presidente, por lo cual las actitudes ambivalentes con respecto a la legislatura y a la constitución no fueron suficientes para la efectiva implementación del impeachment. Este fenómeno es lo que llamamos escudo legislativo: la principal herramienta con la que cuenta el Ejecutivo para evitar decisiones de las cámaras legislativas que influyan en su estadía en el poder.  

Ahora bien, tras haber ganado las últimas elecciones, el Partido Republicano recuperó el control del Senado: consiguió escaños clave en los estados de Virginia Occidental, Ohio y Nebraska. Con un escudo legislativo sólido, y habiendo socavado poco a poco los límites institucionales frente al ejercicio del poder, el magnate norteamericano, puede adoptar una actitud autocrática y avasallante con respecto a la democracia y a la división de poderes.

El restablecimiento del 'Schedule F' y el despido de miles de empleados federales son tácticas claras de concentración de poder, diseñadas para moldear la administración según intereses personales y partidarios, despojando a la burocracia de su autonomía. Este tipo de medidas ejemplifican una forma de 'autocratización' que, lejos de ser un accidente, se ha convertido en una estrategia deliberada para afianzar el control del Ejecutivo sobre las instituciones.

Otro ejemplo puede ilustrar el avasallamiento democrático, el pasado 30 de mayo de 2024, un jurado en Manhattan declaró a Trump culpable de 34 cargos de falsificación de registros comerciales. Estos cargos están relacionados con un pago de 130.000 dólares realizado en 2016 a la actriz de cine para adultos Stormy Daniels, con el objetivo de silenciar una supuesta relación extramatrimonial durante la campaña presidencial. Los pagos fueron registrados falsamente como "gastos legales" en los libros contables de la Organización Trump. Esto plantea una interrogante fundamental: ¿puede la democracia de EE. UU. mantenerse firme cuando las estructuras legales y políticas parecen impotentes frente a un liderazgo cada vez más autocrático?

En un sistema pensado para limitar el poder del Ejecutivo mediante un sistema de check and balances, el avance de Donald Trump pone en jaque no solo la arquitectura institucional de Estados Unidos, sino también el espíritu democrático que la sostiene. Con el Congreso alineado, una oposición debilitada y un electorado polarizado, el juicio político ha dejado de ser una herramienta efectiva de control y se ha convertido en un recurso simbólico sin capacidad de que un límite institucional pueda ser establecido por la oposición.

Al desdibujarse los límites entre el poder legítimo y el poder abusivo, el fracaso del juicio político abre la puerta a una grave crisis de legitimidad, no sólo frente a la opinión pública, sino también en el escenario internacional. La imagen de una democracia incapaz de autocontrolarse pone en duda la estabilidad y el futuro de las instituciones que alguna vez sirvieron como modelo.

A pesar de la gravedad de los cargos y los intentos de juicio político, el resultado final mostró la fragilidad de las instituciones frente a un presidente que utilizó la polarización y el control del Senado como un escudo contra la rendición de cuentas. Este desenlace no solo refuerza la percepción de que el juicio político ha perdido efectividad como herramienta de control, sino que también revela una erosión en el principio de pesos y contrapesos.

Christian Ferreira y Nicolas Manjarin

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