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ENTEÓGENOS: LA BÚSQUEDA DE LO DIVINO, DE ELEUSIS A LA ERA DE LA INMEDIATEZ

por Gabriela Puente

El uso ritual y comunitario de sustancias sagradas estructuraba, en gran parte, los cultos más herméticos de la antigüedad helénica y mediterránea. Hoy, despojados de su misticismo colectivo, los psicodélicos reaparecen en Occidente bajo la lógica del consumo individual y la productividad corporativa. 


Por Gabriela Puente
28 de julio, 2026
5 minutos de lectura

Los enteógenos 

El término "enteógeno" es relativamente nuevo; fue introducido en el año 1979 en sustitución de "alucinógeno" para referirse a las sustancias psicoactivas derivadas de hongos y plantas. La raíz del término deriva del griego entheos, que significa algo así como "dios dentro". La disputa del nombre no es menor, ya que el lenguaje estructura la experiencia. No es lo mismo hablar de alucinógenos, con connotaciones vinculadas al área de la salud mental, que de enteógenos, vinculados a una experiencia que nos acerca a la divinidad. La elección de un término u otro es también política. 

El mitógrafo Robert Graves, en Los mitos griegos (1996), afirma que el néctar y la ambrosía, los alimentos divinos, eran en realidad hongos como la Amanita muscaria y el Panaeolus papilionaceus. Graves rastreó su presencia en los cultos eleusinos, órficos y en las festividades asociadas a Dionisos (pp: 6-9).

Eleusis, la diosa madre y los enteógenos 

La ciudad de Eleusis, ubicada a unos 20 km de Atenas, fue en la antigüedad la sede del culto a la diosa madre de la agricultura, Deméter, y a su hija Coré/Perséfone. Durante el mes del boedromión (equivalente a nuestro período entre septiembre y octubre), los aspirantes a iniciados se preparaban durante días con ayunos rituales, seguidos de tomas de ciceón, bebida que posibilitaba la experiencia mística de la epopteia o visión sagrada. 

El mito que tenía por protagonistas a estas diosas explicaba el cambio de las estaciones: cuando Coré, fue raptada por Hades, el dios del inframundo; su madre iracunda secó la totalidad de los campos, quitando sus dones a los humanos, que inevitablemente morirían de hambre. 

Ante tal catástrofe que amenazaba la supervivencia en la tierra, Zeus intercedió ante el captor para exigir el retorno de Perséfone. Hades aceptó devolverla a su madre con una única condición: la doncella no debía probar el fruto de los muertos si quería volver con su madre. Sin embargo, el dios del inframundo tenía un plan: antes de despedir a la joven le ofreció unas semillas de granada, sellando así su destino. Finalmente, las partes llegaron a un acuerdo, que daría origen a la concepción griega acerca de los ciclos de la naturaleza, durante el invierno, Perséfone debía descender al inframundo junto a su esposo; pero, en primavera ascendía renacida a la superficie y su madre, conmovida por el retorno de su hija hacía germinar profusamente la tierra, dejando atrás la aridez del invierno.  

Estas creencias asumían que los ciclos estacionales de la tierra, bajo la regencia de las diosas Deméter y Perséfone, estaban intrínsecamente relacionados con la existencia escatológica del alma, con sus momentos de vida, muerte y regeneración; así como la semilla parece morir durante el invierno, pero renace como flor y fruto en la primavera y el verano, así también el alma de los iniciados experimentaba una especie de muerte ritual y renacimiento, mediante la toma de enteógenos. 

El filólogo clásico estadounidense, Carl A. P. Ruck en El camino a Eleusis (1985), afirmó que la epopeia puede haber sido producida por la toma del hongo Claviceps purpurea o cornezuelo, ya que las gramíneas, como la cebada con la que se fabricaba el ciceón, son los huéspedes preferidos de este hongo, del cual se aisló el LSD en el siglo XX (pp. 83 y ss.).

Otro de los enteógenos asociados con el culto de Deméter fue la adormidera o amapola, Papaver somniferum. Esta planta con propiedades narcóticas, conocida desde el Neolítico, fue utilizada en las comunidades agrarias europeas en rituales relacionados con lo femenino. En Eleusis se encontraron iconografías donde se pueden observar semillas de adormidera. La experiencia, aunque profunda, era simple y los campesinos, que devendrían iniciados, ya desde su hacer cotidiano se encontraban inmersos en el mundo de las diosas de la agricultura. 

En una misma experiencia se unían el mito, la praxis agraria y las creencias escatológicas acerca del futuro del alma dándole un marco colectivo a las tomas de enteógenos.
La experiencia con enteógenos en la actualidad y la pérdida del contexto ritual 

En la actualidad, el vínculo con los enteógenos es muy distinto. Tomemos por ejemplo las macrodosis de hongos psilocibios, muy en auge en estos tiempos. Recreemos la escena: una sesión grupal, las luces bajas, la música rítmica de sonidos envolventes, crean el ámbito para que cada participante de forma aislada tome contacto con la sustancia; las visiones advienen de manera más o menos abrupta, a veces placentera, otras, virulenta. Sólo una vez acabado el "viaje" pueden los usuarios compartir sus vivencias al resto; de manera que la puesta en común se reduce a una escucha de aquellas experiencias íntimas e individualísimas, y el grupo, a un conjunto de individuos que exponen sus catarsis personales. 

En este caso, la experiencia con enteógenos está supeditada al placer o a la sanación dentro de un contexto individualista y mediado por el Mercado. Vemos aquí una tecnología comunitaria de lo sagrado, que ha sido extraída de su contexto y vendida como mercancía en circuitos afines a la cultura New age; y no podemos negar que ésta última es el marco espiritual del Neoliberalismo. 

Por su parte, el uso terapéutico actual y el ritual, antiguo también, difieren en torno a la finalidad de la experiencia, como menciona Freeman G. V. En su Substack, la psicoterapia occidental tiene como objetivo el fortalecimiento del ego (nuestro sentido de identidad personal) y es el paciente/cliente el que, en un ámbito seguro de contención y previsibilidad controlada, lidera la experiencia; mientras el terapeuta, lo sigue. Por el contrario, en las tradiciones espirituales y chamánicas lo que se buscaba no era el fortalecimiento del yo sino su disolución y trascendencia. 

En pocas palabras, la experiencia ritual no se dirige al individuo como fin último; sino que mediante ésta el mundo humano queda incluido en el macrocosmos de la vida, con sus ciclos de muerte y regeneración. Y es justamente el rito colectivo, mediado por el sacerdote o la sacerdotisa, el propio temenos, o espacio sagrado, dentro del cual se da la experiencia segura de reinserción en lo vital. 

Gabriela Puente es Licenciada en Filosofía por la UBA, realizó una maestría en Estéticas, su interés incluye áreas tan disímiles (o quizás no tanto) como el cine, el paganismo, la filosofía, la astrología y la mitología, entre otras.

(D)
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