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EL ARTE DE VIVIR: UNA CONSTANTE BATALLA POR CONSEGUIR AURA

por Esteban Nieva

Se trata de una materialización burda de algo que ya existía, llevado por esta época a su extremo más exagerado. Pensar en estas batallas de farmeo de aura como una expresión material de un hábito que nos permite cambiar el foco: de quienes las practican a quienes las criticamos. Porque, quizás, detrás de esta disputa por el aura se esconda una pregunta más antigua: ¿qué hacemos de nuestra vida frente a los demás? 


Por Esteban Nieva
19 de septiembre, 2026
6 minutos de lectura

En este último tiempo, las redes sociales han sido tomadas por un fenómeno muy particular denominado “Batallas de farmear aura”. La repercusión ha sido tal que traspasó los límites de la pantalla para desembocar en plazas y espacios públicos, donde personas, en su mayoría niños, adolescentes y jóvenes, se baten a duelo para saber quién de los dos contrincantes es capaz de conseguir más aura.

La actividad se presenta como algo ridículo y difícil de mirar para muchas personas, un ejemplo práctico de la expresión “sentir vergüenza ajena”. Y es sobre este asunto que conviene poner el foco.

Ya lo hicimos alguna vez con los denominados Therians y su relación simbólica con la sociedad. Y, como vimos aquella vez, detrás de lo aparentemente ridículo se pueden esconder varias cuestiones que, si las ponemos sobre la mesa, nos revelan aspectos interesantes de cómo se presenta nuestra sociedad.

Tal vez era algo que ya estaba dando vueltas entre nosotros y solo había que llevarlo a la práctica. Algunos podrán argumentar que se trata de una nueva moda germinada pura y exclusivamente de los algoritmos, dañados de las redes sociales y que nada tiene que ver con lo sano y pulcro que es el mundo por fuera de internet. Me propongo demostrarles que no es así.

Para empezar, convendrá detenernos en una de las palabras que componen el fenómeno. Farmeo viene de la palabra to farm, expresión relacionada con cultivar o trabajar una granja. En el mundo de los videojuegos, se utiliza para referirse a la obtención y acumulación de objetos, recursos o experiencia que permiten al jugador desarrollarse dentro del juego.

En cuanto al otro concepto de nuestro interés, si prestamos atención al diccionario, la palabra aura es definida como viento suave y apacible; o como hálito, aliento o soplo. Pero no podemos quedarnos ahí.   

Uno de los pensadores que utilizó este término en el terreno cultural y social fue el filósofo Walter Benjamin. Lo que propone este autor es entender la idea de aura como una parte constitutiva de las cosas, sobre todo las artísticas. Se trata, según el autor, de un ”entretejido muy especial de espacio y tiempo: aparecimiento único de una lejanía, por más cercana que pueda estar”. (Benjamin, 2003, p. 47). Por lo tanto, es imposible de reproducir o imitar. Es algo que está en la cosa, que puede ser percibido por el humano, pero no es del todo identificable por los sentidos.

Recuerdo algún fragmento de una entrevista al escritor argentino Jorge Luis Borges donde proponía lo siguiente: uno debe pensar que el mundo nos llega de otro modo, no sólo por los cinco sentidos sino de algún otro modo. Por ejemplo: yo ahora siento la amistad de ustedes, la buena voluntad de ustedes, y eso no me llega por la vista, ni por el oído, ni por otro sentido. La transmisión del pensamiento y el sentimiento es algo continuo. Estoy convencido de ello, aunque no pudiera razonar este parecer mío.

Por supuesto que la propuesta de Benjamin sobre la conceptualización de la palabra aura es mucho más compleja. Su finalidad es ligar esta idea a la cuestión artística. Pero es innegable que existen notables puntos en común entre su propuesta y lo que acá se trata, torpemente, de exponer.

Ahora bien, conviene hacer una salvedad. Nietzsche, por su parte, también pensó la existencia bajo esta lógica estética. En el aforismo CCXC de La gaya ciencia, titulado “Sólo una cosa es necesaria”, aparece la idea de “imprimir estilo” al propio carácter, entendiendo la existencia como una construcción en la que incluso aquello que resulta desagradable puede ser incorporado a una determinada forma estética. Como escribe Nietzsche: “Muchas cosas bajas que se resistían a tomar forma han sido reservadas y utilizadas para las perspectivas lejanas; deben producir efecto a distancia, en la lejanía, en lo inconmensurable”.

Otra vez aparece la idea de esa lejanía que se hace presente. Si nos atrevemos a pensar la vida como una obra de arte, creo que podemos encontrar ahí un puente interesante con la propuesta de Benjamin.

Con todo esto, ¿es descabellado pensar en algunas prácticas sociales como claras muestras de farmeo de aura?  

La búsqueda del ser humano por destacar sobre el resto puede ser tan milenaria como la escritura. Y es que hay que admitirlo: muchos de los que miramos con extrañeza a esos jóvenes en las plazas hemos sido partícipes de escenas similares, aunque no tan difundidas. Los vemos ahí, batallando desesperados por extraer del sustrato performativo algo de aura, y algo se mueve en nuestro interior, algo que nos dice que varias veces hemos incurrido en prácticas cuyo único propósito era aumentar ese hálito de nuestra persona.

El ejemplo más claro podemos encontrarlo en aquellas personas que admiten haber comenzado a fumar porque consideraban que hacerlo les daba cierta presencia. El cigarro, en ese caso, deja de ser solamente un objeto de consumo para convertirse en un recurso mediante el cual proyectar una determinada imagen frente a los demás. ¿No es eso, acaso, una forma explícita de conseguir aura por más dañino que resulte?

Posturas, vestimentas, miradas, destrezas, no serían más que prácticas ejercidas con la creencia de que, en algún punto, sirven para ampliar eso que denominamos aura. Para luego convidar a aquellos que nos rodean en un determinado tiempo y espacio. 

Por eso digo: ¿no estamos sumergidos en una constante batalla por conseguir aura? ¿Hasta qué punto vivir consiste en construir una determinada presencia ante los demás?

Si hacemos de nuestra vida una obra de arte, no es descabellado pensar que todo aquello que nos constituye se proyecte en un aquí y ahora posible de ser percibido por las demás personas.

Y aunque tengo ciertas dudas de que eso se consiga reproduciendo gestos prefabricados en una plaza o con la mera imitación de cuestionables movimientos corporales, creo que es valioso para nosotros, los humanos, seguir notando que existe “eso” que no podemos racionalizar del todo, pero que, sin dudas, existe.

En la incertidumbre de esta nueva época donde lo humano se ve amenazado por las nuevas inteligencias cibernéticas, tal vez hallemos en esta presencia denominada aura alguna respuesta sobre el valor del homo sapiens para percibir el aquí y el ahora. Después de todo lo dicho aquí, la apreciación del aura parece ser tan importante como conseguirla. Deberemos cuestionar nuestra capacidad para contemplar el arte de vivir, pero eso será en otra oportunidad. Por ahora se nos ha terminado el tiempo (y se me escapa algo de aura).   

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Esteban Augusto Nieva es Licenciado en Ciencias de la Comunicación y docente. Sus áreas de interés incluyen: filosofía, psicología, literatura, audiovisuales y música. En su tiempo libre disfruta de escribir cuentos y poesía.

(D)
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