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"EN LOS INGENIOS SE MOLÍA AZÚCAR... Y SILENCIO."

por Héctor Mauro Olmos

Durante años, en Tucumán, el miedo tuvo forma de leyenda, y el Familiar habitó los relatos de los ingenios como una criatura oscura que se llevaba a quienes desaparecían en la noche. Sin embargo, detrás del mito se escondía una verdad mucho más terrible. A partir del "Juicio Ingenio La Fronterita", esta crónica propone recorrer el camino que va del rumor al testimonio, del silencio a la memoria, y de la impunidad a la búsqueda de justicia.  


Por Héctor Mauro Olmos
1 de agosto, 2026
5 minutos de lectura

Dicen que en las noches más oscuras, cuando la luna apenas se asomaba para alumbrar los campos tucumanos, los caminos de tierra soportaban el peso de una criatura que arrastraba pesadas cadenas. El choque de sus eslabones resonaba entre los cañaverales y anunciaba su presencia mucho antes de que pudiera verse. Quienes trabajaban en los ingenios conocían aquella historia: los más viejos la contaban en voz baja y los peones la repetían como advertencia. 

El relato popular aseguraba que en los cañaverales se escuchaba un aullido; que el suelo temblaba cuando la noche caía sobre los surcos. Que algo caminaba entre la caña alta mientras el viento arrastraba el rumor de las cadenas. Era un perro enorme, negro como la oscuridad misma, con ojos rojos que brillaban en la penumbra. Lo llamaban El Familiar. 

Según la leyenda, salía cuando la luna estaba alta para rondar los galpones, los caminos polvorientos y los interminables cañaverales. Decían que buscaba sangre nueva para alimentar un pacto oscuro, uno que garantizara la riqueza y prosperidad de los ingenios. Nadie preguntaba demasiado: los patrones sabían, los capataces miraban hacia otro lado y los peones callaban con miedo. Y cuando alguien desaparecía, el rumor corría rápido entre la caña: ¡se lo llevó el Familiar! 

Así creció el mito. Así se alimentó el miedo. Así el aullido se convirtió en explicación para lo inexplicable. Pero los años pasaron, y con el tiempo, aquello que había permanecido oculto comenzó a resquebrajarse y los silencios a romperse. Lo que durante décadas había sido apenas un rumor comenzó a transformarse en testimonio; la leyenda, en archivo, y el miedo, en memoria.

Entonces surgió una pregunta que recorrió la historia como un nuevo aullido entre los cañaverales: ¿Y si el monstruo no era un perro? ¿y si aquello que caminaba entre los ingenios no era una criatura infernal sino un sistema de poder construido sobre el terror? Porque hoy sabemos que, durante el Operativo Independencia y la última dictadura cívico-militar, los ingenios no solo molían azúcar. También fueron escenario del horror.

Sabemos que el Ingenio La Fronterita funcionó como centro clandestino de detención. Entre sus galpones, caminos de tierra y dependencias hubo secuestros, torturas, abusos, asesinatos y desapariciones. Sabemos que trabajadores, dirigentes sindicales y habitantes de las colonias cercanas fueron perseguidos y arrancados de sus hogares. Sabemos que hubo gritos que nadie podía escuchar y cuerpos que nunca regresaron. 

Durante años, el mito del Familiar sirvió para explicar el miedo, pero también para ocultar responsabilidades. Porque detrás de aquella criatura legendaria se escondía un pacto mucho más real: el pacto entre el silencio y el terror; entre sectores del poder económico y la maquinaria represiva del Estado.

Pasaron las décadas y aquello que parecía una historia destinada al olvido comenzó a encontrar nombres, documentos, expedientes y pruebas. Y con ella llegaron las preguntas que durante demasiado tiempo permanecieron sin respuesta : ¿Quiénes permitieron que el horror ocurriera? ¿quiénes se beneficiaron mientras otros eran perseguidos, torturados y desaparecidos? ¿quiénes hicieron posible que el terror encontrara refugio entre las máquinas, la caña y los surcos de Tucumán? 

Hoy, cuando el “Juicio Ingenio La Fronterita" busca esclarecer esas responsabilidades, el Familiar vuelve a ser nombrado. Pero ya no para asustar al obrero que regresa de la zafra; ya no para alimentar el miedo en las noches de los ingenios. Hoy se lo nombra para recordar que detrás de cada mito puede esconderse una verdad, para señalar a quienes durante años gozaron de la impunidad y para, así, romper el pacto de silencio que protegió a los responsables. Porque cuando la verdad encuentra su camino, los monstruos dejan de ser leyenda y comienzan, por fin, a rendir cuentas ante la justicia. 

Sin embargo, el aullido todavía no se ha extinguido. El juicio que debía comenzar en marzo, y que prometía abrir un capítulo inédito en la investigación de la responsabilidad empresarial en los crímenes de lesa humanidad, se suspendió a pocas horas de iniciar.  

Desde entonces, las postergaciones y dilaciones judiciales continúan prolongando una espera que ya lleva décadas. Hoy, ese proceso avanza con un único imputado: Jorge Alberto Figueroa Minetti, exadministrador de José Minetti & Cía., acusado como presunto cómplice primario de los delitos de lesa humanidad cometidos contra 68 víctimas, 11 de ellas aún desaparecidas. 

Cada audiencia suspendida deja algo más que un expediente detenido. También prolonga el dolor de quienes todavía esperan una respuesta del Estado y mantiene abierta una deuda histórica con las víctimas, sus familias y toda la sociedad. Porque mientras no exista una sentencia que establezca las responsabilidades de quienes hicieron posible el terror desde el poder económico, la impunidad seguirá encontrando refugio entre los pliegues del tiempo. 

Quizá por eso El Familiar nunca terminó de irse. Durante años creímos que habitaba los cañaverales. Después descubrimos que también caminaba entre los galpones del ingenio, detrás de los uniformes, de los vehículos militares y de las decisiones que hicieron posible el horror.

Hoy sabemos que los monstruos no siempre tienen ojos rojos, colmillos ni arrastran cadenas. A veces administran un ingenio, firman autorizaciones, ceden instalaciones y guardan silencio. Y otras veces sobreviven en la demora de un expediente, en una audiencia que se posterga, en una justicia que llega tarde mientras las víctimas siguen esperando.

Porque en La Fronterita ya no se discute si El Familiar existió. Lo que todavía se discute es cuánto tiempo más podrá sobrevivir el silencio. Y mientras ese silencio siga ocupando el lugar de la justicia, el aullido continuará resonando entre los cañaverales, recordándonos que la memoria no descansa, que la verdad no prescribe y que hay historias que solo dejan de ser leyenda cuando todos los pactos de impunidad se rompen y las responsabilidades encuentran, por fin, una sentencia. Porque en los ingenios ya no se muele solamente azúcar. Todavía queda silencio por moler, y ese silencio también espera sentencia.  

Héctor Mauro Olmos es Técnico en Comunicación de la UNT .Le interesa la Comunicación Alternativa y aboga en defensa de los DDHH. Parte del medio “Diario del Juicio” que cubre y difunde Juicios de Lesa Humanidad en Tucumán.

(D)
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