EL HIJO DEL COLECTIVERO
Apuntes sobre la construcción discursiva del mileísmo
por Juan Palavecino
Este ensayo se mete en el corazón del discurso libertario. Con una prosa filosa y cargada de ironía, se expone la tensión entre la épica del “hijo del colectivero” y las tramas de poder que sostienen a los verdaderos ganadores del sistema. Una lectura incómoda sobre cómo se construye sentido en tiempos de odio.
Por Juan Palavecino
9 de junio, 2026
5 minutos de lectura
La derecha se le mueve sola. Le bailan sus cortos dedos sobre el brazo cruzado. Se emociona y enciende las pupilas. La risa se anticipa y le suspira las últimas palabras de unas oraciones algo inconexas. Emula una espuria canción de cancha sustanciada entre algoritmos. Su amigo le pasa la tónica y, entonces, se contagia de entusiasmo: “Mandril, decime qué se siente…”.
Sin dudas, los arqueros son los que más sufren el hostigamiento de la hinchada rival. Quizá por eso sus anticuerpos bloquean cualquier atisbo de trapo, bombo y paravalancha en la versión devaluada del canto popular mundialista de 2014. Tal vez, el hit diagramado por una inteligencia artificial sirva de correa corta para los desencantados que se quieren bajar del bondi.
Una de las tantas charlas entre Javier Milei y Alejandro Fantino trajo como póster de regalo la “canción” libertaria creada como pseudo epitafio del cepo cambiario. Las casi cinco horas de duración de aquella “entrevista” fueron superadas al poco tiempo en el streaming del Gordo Dan, donde el Presidente destiló odio durante un cuarto de día. Todo un récord digno de amigos que se juntan a charlar y tomar el té delante de cámara. La intención fue clara desde el principio con la reiteración del rezo mileísta “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
El sentido y sus batallas
Hay un nexo claro entre el odio al periodismo y la agitación de cancha creada por el cineasta empleado del oficialismo Santiago Oría. “Estás llorando sin control”. “Tu opinión te la metés donde no te da el sol”. La segunda persona hace referencia a un destinatario que se reduce en una palabra: mandril. Este parece ser el término que el libertarianismo elige por antonomasia como su nueva arma de batalla cultural. “Casta”, “mandril”, “gente de bien”, diferentes expresiones que esconden una pequeña trampa: no dicen nada y dicen todo. Antes bien, son un molde para rellenar a la carta según momento y lugar. Para el caso, diríamos “sí importa cuándo leas esto”.
En este estado de cosas, el lenguaje funciona de una forma más o menos simple, como una suerte de regla de tres. La casta es todo lo que se opone a la libertad de la gente de bien. Los mandriles son los que cuestionan el rumbo del gobierno, es decir, los que “pifian”, o bien, los que están interesados en que esa gente de bien no prospere y la casta mantenga sus privilegios. Hoy, esa categoría incluye principalmente a periodistas y economistas que no respondan a los caprichos del caputismo.
Casta y mandriles, villanos. Gente de bien, héroes anónimos (y no tan anónimos). El bienestar de los villanos es inversamente proporcional al bienestar de los héroes. La cosa sana. El tablero del juego comunicacional se entiende a la perfección. Pero sepan que lo que no se puede especificar con precisión es qué actores sociales son los que integran esos conglomerados maniqueístas. Esa es, claro, la gracia del juego.
Otra grieta
Ya en 2019, Javier Milei hablaba en redes sociales de La Rebelión de Atlas, una idea acuñada por Ayn Rand. En la versión refritada del actual Presidente, la grieta del país era entre “los defensores de la justicia social y los parásitos” y “los que queremos vivir del fruto de nuestro trabajo”. Su alusión a este último grupo en primera persona trae ciertos reparos.
Es difícil pensar en Milei e imaginar a alguien que vive del fruto del trabajo, más aún luego de escándalos como el de LIBRA. Hoy, y a diferencia de lo que ocurría en la retórica macrista, “el camino del héroe” tiene mucho más que ver con la aparición de un “iluminado” que con el esfuerzo individual y la meritocracia. El pibe que antes empezaba vendiendo pan en la calle y al poco tiempo, por arte de su esfuerzo, se convertía en un terrateniente experimentado en trigo transgénico hoy mina cripto en su casa y mira el horizonte hasta pegarla.
Entonces, para devolverle al discurso oficialista una cuota de mérito individual, aparece Norberto, un colectivero que de la noche a la mañana se transformó en empresario del transporte, con paradas en el mundo financiero, el del agro y el inmobiliario. Manejó la línea 21, con un recorrido exprés que terminó en una sociedad offshore en Miami.
Allá por los años 70, Norberto compró su primer colectivo al tiempo que tuvo su segundo hijo, el hermanito menor de Karina. Cincuenta y tres años después, el pequeño Javier, el loco -como le decía su padre-, tuvo su propia balada en el Teatro Colón.
Los beneficios de ser un beneficiado
En el camino de la meritocracia, Beto, el colectivero devenido en empresario, llegó a presidir las compañías Rocaraza SA y Teniente General Roca SA, las cuales recibieron al menos 33 millones de dólares en subsidios entre 2003 y 2007. Al mejor estilo Marcos Galperín, ferviente militante libertario, el progenitor del Presidente logró mantener su fortuna gracias a la ayuda estatal. El círculo de la meritocracia de apellido Milei no cierra sin el Estado “benefactor”.
El problema yace cuando analizamos la génesis de ese beneficio. Galperín, CEO de Mercado Libre, posee la fortuna más grande del país. Tal como lo informa Forbes, su patrimonio aumentó más del doble en los últimos cuatro años, ascendiendo a una suma de 8.500 millones de dólares. Aun así, y en una curiosa relación de causalidad, goza del plan social de la Ley de la Economía del Conocimiento.
Entonces, la meritocracia del discurso mileísta, si es que existe tal cosa, tiene un componente interesante. La ayuda estatal, tan defenestrada por la hinchada del exarquero, nace como un derecho ante una necesidad, pero no la necesidad del ascenso social o de la asistencia a los más vulnerados por el sistema, sino la necesidad de mantener la posición económica de privilegio, de conservar la fortuna y el lugar de dominio en la estructura de poder; una necesidad de clase.
Tradición familiar
Tal vez, lo que el loco Javier aprendió en casa no tenga tanto que ver con el oficio de pescar, sino con el arte de alimentar a los peces más gordos, que aletean en las redes de los depredadores voraces, a costa del hambre mayoritario del cardumen empobrecido. Donde hay un millonario, nace un derecho; el derecho de sostenerlo con los recursos del Estado para mantener su posición de clase.
Quizá todo “libertario” sea, a fin de cuentas, un ejemplar exótico del conservadurismo.
En fin, las charlas pomposas con el Gordo Dan, con Alejandro Fantino o con cualquier otro interlocutor amigo demuestran que dos que se quieren, se dicen cualquier cosa. Pero para quienes crean que el Presidente no labura, para quienes crean que quedarse conversando en un canal de streaming hasta las dos de la mañana denota un tiempo de ocio desproporcionado, sepan que están equivocados.
Javier Milei trabaja y mucho. Su odio estridente y constante también nace como una necesidad: la de sostener desde lo ideológico a quienes sostiene con la caja desde lo económico; la de intentar deslegitimar cualquier tipo de crítica hacia su modelo de miseria y pauperización de la vida de las mayorías, diseñado por las grandes fortunas nacionales e internacionales.
“Cómo doma este gobierno, por favor”, concluye el cantito oficial. Errático verbo el que eligen para describir su gestión, errática forma de reconocer la necesidad de controlar y reprimir todo lo que natural y libremente se expresa en su contra. Tal vez sea la manera de asumir que la dicha del hijo del colectivero puede parecer linda, pero no es infinita.
Juan Palavecino es licenciado y profesor en Ciencias de la Comunicación, diplomado en Comunicación Política (UBA). Se interesa especialmente en el análisis del discurso y las disputas de poder que allí habitan. Es productor y conductor en FM La Tribu. Su corazón tiene la forma de un globo.
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