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Detroit: El latido mecánico de una ciudad fantasma 

por Martina Zurita

¿Qué queda cuando el progreso se apaga? En Detroit, la capital rota de la industria automotriz, el silencio de las fábricas dio paso a un nuevo latido: el del techno. Esta es la historia de cómo una ciudad fantasma convirtió su ruina en ritmo, y crearon un sonido que luego bailaria todo el mundo


Opinión - Por Martina Zurita
02 de Mayo de 2024

«Es como un grito de supervivencia», grita una voz masculina en pánico. El ritmo se detiene, pero los bailarines no. Al implacable ritmo de la máquina, a un entorno total de luz y sonido. Nos olvidamos del hecho de que estamos cansados, de que la persona frente a nosotros está invadiendo nuestro espacio con sus brazos agitados. Entonces, de repente, estamos allí: encerrados en el trance y la energía. Sucede, como siempre dicen todos: junto con miles de personas, despegamos.»

Ralf Hütter, 1991, citado en Kraftwerk: Man Machine and Music , Pascal Bussy 

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Detroit, finales de los 70. Aquella ciudad que supo ser la gran metrópoli que albergaba las fábricas más importantes de la industria automotriz mundial es tan solo una sombra de lo que alguna vez fue. La crisis industrial dejó fábricas abandonadas, barrios fantasmas, un éxodo de quienes podían permitirse huir. Pero entre los escombros de la desindustrialización, emergió un nuevo sonido. Juan Atkins, Derrick May y Kevin Saunderson —los Belleville Three— comenzaron a trazar con sintetizadores el mapa de un nuevo mundo. Influenciados por la frialdad mecánica de Kraftwerk y la calidez del funk, crearon un sonido sin voz, sin cara, pero con una identidad imposible de ignorar.

En las fábricas abandonadas de Detroit, donde las máquinas habían enmudecido, Atkins y sus compañeros las hicieron hablar de nuevo. Pero ya no eran el rugido de la producción, el latido de la prosperidad industrial, sino un eco fantasmagórico de lo que alguna vez fue. El ritmo mecánico de los sintetizadores replicaba el golpeteo de las prensas, el zumbido de las correas transportadoras, el pulso metálico de una ciudad que había dejado de existir. Sonaba como un recuerdo colectivo, una nostalgia distorsionada, un intento de reconstrucción en clave electrónica de una era que se había oxidado. Cada beat era un duelo, una confirmación de que Detroit ya no era el motor del mundo, sino su esqueleto. Pero en ese esqueleto, en su vacío y su abandono, nacía algo nuevo. Un sonido que no imitaba la realidad: la reinventaba. Era el latido de una ciudad que ya no existía, convertido en pulsión electrónica, en escape, en trance. Porque en Detroit, donde todo se había detenido, el techno fue lo único que siguió avanzando.

Este género de música electrónica nació en el cruce de la tecnología y la resistencia. No era solo música para bailar; era un espejo de su contexto. En una ciudad que la economía global había dejado atrás, el techno era el eco de la maquinaria abandonada, de la alienación, pero también de la posibilidad de reprogramar la realidad. En la pista de baile, cuerpos racializados, marginados, queer y obreros encontraron un refugio, un espacio de expresión donde la opresión quedaba en pausa, aunque fuera por unas horas.

El beat, repetitivo y obsesivo, no es casualidad. Es un loop infinito, un mantra futurista. En su ADN está la promesa de un futuro que aún no existe. En su repetición, la liberación: moverse sin restricciones, entregarse al ritmo sin miedo al juicio. En tiempos de Reagan y Thatcher, cuando la política neoliberal desmantelaba el Estado y criminalizaba la pobreza, la pista de baile se convertía en un acto de resistencia. Mientras afuera se predicaba el individualismo, adentro, la comunión de los cuerpos era una rebelión.

El techno viajó, como todo lo que nace de la necesidad. Encontró en Berlín su segunda casa, en los sótanos abandonados de la Guerra Fría, en clubes que funcionaban como refugios poscapitalistas. En Europa, el género mutó, se endureció, se expandió. Pero su esencia siguió intacta: la pista como trinchera, el sonido como arma.

Hoy, en un mundo donde la vigilancia es norma y la hiperconectividad es trampa, el techno sigue ofreciendo algo radical: el derecho a desaparecer. En el sudor anónimo de un club, entre luces obnubilantes y bajos que retumban en el pecho, el individuo se disuelve y se convierte en energía pura. ¿Qué significa esto políticamente? Todo. La libertad de los cuerpos es la primera línea de batalla contra un sistema que busca controlarlo todo.

El techno no es solo música. Es una grieta en la normalidad, una fuga del tiempo productivo, una resistencia contra la domesticación de los cuerpos. Mientras el mundo sigue encadenado a ciclos de explotación y control, en algún lugar, en algún club, alguien se pierde en el beat, rompiendo con cada compás la ilusión de que no hay otra salida.  

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