DEPENDE DE QUÉ POLÍTICA… DEPENDE DE QUÉ FÚTBOL
por Jeremías Jeannot
La supuesta "neutralidad del deporte" suele invocarse solo cuando determinados discursos incomodan. Mientras las grandes potencias utilizan el fútbol como herramienta geopolítica, los reclamos por nuestra memoria, soberanía o identidad son señalados como una intromisión indebida. ¿Quién decide, entonces, cuándo la política puede entrar a la cancha?
Por Jeremías Jeannot
19 de julio, 2026
5 minutos de lectura
Siempre hay una mentira que busca alejarnos. Una mentira tan cómoda que rueda con la misma facilidad que la pelota de la FIFA: “El deporte y la política son asuntos separados”. Es una frase anestésica, diseñada como verdad fundante para “giles”, estructurada para convencernos de que los estadios son zonas francas, espacios al vacío libres de la Historia. Pero el fútbol nunca fue solo césped, dos arcos y tipos corriendo detrás de un cuero; es, desde su origen, la extensión de la geopolítica misma, el escenario donde se vislumbra el poder y la identidad colectiva de los pueblos. Además, como si lo político fuera pacífico ¡Como si el fútbol fuera pacífico!, ajeno a emociones, afectos y lazos.
El problema real no radica en si la política entra a la cancha sin invitación, sino en quién decide cuándo esa invitación es válida y cuándo no.
¿Cuándo "sí" puede entrar la política al partido? Cuando es funcional y conviene a los que mandan. Pasó hace nada con Donald Trump, que no tuvo ningún problema en meter mano –tan ascosumbrado él–, hacer ruido, berrinchear en tuits y armar un circo nacionalista porque a un jugador de Estados Unidos le sacaron una tarjeta roja. O fijate en la selección de Irán, que por culpa de los bloqueos y la geopolítica de Washington fue obligado a entrenar en México porque no los dejaban pisar suelo yankee. Ahí la política te patea la puerta, irrumpe sin pedir permiso; termina condicionando al deporte y a nadie de arriba le parece mal, porque las reglas las imponen ellos. Son de ellos.
Ahora, ¿cuándo "no" se puede hablar de política? Más allá del reglamento de la FIFA, la puerta se cierra cuando el reclamo es “nuestro” o cuando el mensaje es potencialmente incómodo. Lo acabamos de ver el miércoles. Juega Argentina contra Inglaterra y la ministra de Seguridad te avisa –¿o te alerta?– que no se puede entrar con nada "político", aludiendo a la cuestión de Malvinas. ¿Desde cuándo recordar a los caídos y defender nuestra soberanía es una amenaza a la seguridad que hay que censurar? Te lo disfrazan de "neutralidad deportiva", pero en el fondo no es más que autoritarismo sigiloso. Y menos mal que era solo eso, porque cuando le preguntaron por las canciones o los tatuajes, su noble respuesta fue: “y ahí ya es difícil de limitar”. Básicamente su intención era que a la tribuna se entre esterilizado, como si fuera un quirófano.
El problema mayor surge cuando se pretende que la tribuna sea un país entero. Esta misma semana, Bullrich salió a decir –con la misma soltura con la que sube reels con canciones de Madonna– que la gente no tiene que gastar tiempo en pensar en la política, que de eso ya se encarga el gobierno y que los argentinos de bien tienen que estar con la cabeza en otra cosa. Qué tranquilizador, ¿no?
Parece una frase para calmar las aguas de un pueblo que no da más, pero es una trampa peligrosísima, una boca de lobo. Es un llamado de atención enorme que no podemos hacer oídos sordos. Porque todo en esta vida es político, lo sabes. Si te convencen de que no hables, de que no pienses, de que no te metas, de cierta forma te están cerrando el ágora en la cara. Y cuando el poder logra que la sociedad entera se vuelva espectadora pasiva, el autoritarismo encuentra la puerta abierta de par en par, camuflado bajo el cínico lema de eficiencia y orden.
Pero la memoria popular es terca. Hoy se juega la final contra España, y resulta una ironía poética que nos toque cruzarnos en la cancha en el mes del 9 de julio. Nos quieren prolijos, callados, viendo el partido como si fuéramos extirpados de nuestra memoria. Sin embargo, el festejo en la calle, el abrazo con el desconocido, la historia compartida; todo eso es el ágora viva que no pueden clausurar.
Por eso, cuando hoy suene el himno y gritemos desde adentro: “oíd el ruido de rotas cadenas”, sepamos que la independencia no es un cuentito de 1816. Las cadenas de hoy son más sutiles. Te las venden como "neutralidad" y te las ponen sugiriéndote que dejes de pensar, como si te estuvieran haciendo un favor. Y la mejor forma de romperlas es, justamente, haciendo todo lo contrario: metiéndose, incomodando y haciendo política, incluso cuando empieza a rodar la pelota.
Jeremías Jeannot es estudiante de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires. Su interés se basa en comprender la realidad, desentrañando sus aristas sociales y políticas, con ironía y crítica. Intenta explicar aquello que empieza a hacer ruido, tratando de encajar en el sistema de las palabras.
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