¿Y SI PROBAMOS (O INTENTAMOS) VIVIR COMO TRUMAN?
por Tomás Agustín Romero
¿Es posible sortear nuestra soledad en esta realidad que nos prefiere observados y opacados? Este texto parte de algunos pensamientos y anotaciones hechas luego de volver a ver la película que mejor responde sobre sí aún queda algo de verdad detrás de lo que se muestra al otro.
Por Tomás Agustín Romero
9 de abril, 2026
Son incansables las veces que pienso en la primera vez que vi The Truman Show. Son pocas, sin embargo, las que logró dilucidar por qué me encandila tanto. Hay cierta belleza en las sensaciones que me genera y, sospecho, fue el motivo por el cual me tatué la escena final en el brazo. Pero ese es otro relato y no es la razón por la que escribo esto; son otros ruidos en mi cabeza los que claman por intentar contestar ciertas preguntas sobre la realidad actual, que mucho tiene que ver -creo yo- con la narración que se estrenó allá por el año 1998.
The Truman Show narra la vida de Truman Burbank, un hombre cuya existencia es, en realidad, el programa de televisión más grande de la historia. Truman vive en Seahaven, un pueblo idílico que funciona como un set cinematográfico de escala monumental, donde cada persona con la que interactúa es un actor y cada evento de su vida está rígidamente guionado. Pensemos en esta escena: Truman frente al espejo de su baño, dibujando un casco de astronauta con jabón y hablándose a sí mismo. Estamos frente a su plena intimidad; no hay nadie, piensa él. Nosotros, espectadores, sabemos que es filmado y exhibido en un espectáculo para millones. Allí está la centralidad de este texto. Truman carga con una paradójica soledad: vive rodeado de todos. No se trata de abandono ni de un aislamiento físico. La gente lo saluda, conversa con él, lo acompaña al trabajo, lo abraza. Cada día reproduce una vida poblada de caras. Sin embargo, ninguna de esas personas existe para él de manera verdadera. Todos actúan. Todos responden a un guión. Todos protegen el funcionamiento del show. Es observado por el mundo entero y nadie lo conoce realmente.
La escena contiene algo profundamente inquietante de observar, porque reconocemos en sus gestos nuestra propia humanidad, nuestra propia vulnerabilidad. Truman se comporta con la naturalidad de quien se cree solo, no obstante, siempre hay alguien mirando. Podría ser una representación un tanto exagerada -o no- de nuestra realidad actual, pero sirve de base para meditar sobre el concepto de soledad, que nos atraviesa y que tanto dolor causa.
Cada día millones de personas producen pequeños fragmentos de sí mismas. Cada día muestran un flujo permanente de imágenes personales ofrecidas a un público invisible, que tienen un concepto irreal de quien es realmente la persona detrás de esas imágenes -al igual que pasa con Truman-. Fotos de desayunos, videos caminando por la calle, opiniones sobre películas, discusiones políticas, recuerdos de la infancia… Todo, absolutamente todo, circula en un espacio donde se promueve la cercanía. En cambio, entregamos una forma rara de exposición. Nos miran, pero no necesariamente nos escuchan.
Esto es curioso, porque cuanto más visible se vuelve alguien, mayor parece su vida social. Truman vive algo de esto dentro de un set televisivo de escala enorme, construido con el único fin de entretener a los espectadores y ofrecerles una experiencia visual única donde su exclusivo protagonista no tiene control de nada. Nosotros caminamos entre plataformas cada vez más ajustadas a la experiencia individual y, como no podía ser de otra manera, con un mecanismo que también alimenta la soledad. Las diferencias resultan evidentes: en principio nadie controla cada segundo de nuestras vidas con cámaras escondidas. O al menos no de la misma manera.
Pero hay algo en común: cierta lógica de exhibición. El mundo de Truman funciona por y para una audiencia constante. Se necesita de alguien que mire para que el programa funcione. La normalidad con la que vive una persona se convierte en un show. Cuando el director Peter Weir filmó la película todavía faltaba al menos una década para el surgimiento de Twitter, Instagram o TikTok. Sin embargo, la historia ya intuía un movimiento cultural que hoy nos domina y convierte muchas experiencias individuales en algo colectivo. No necesariamente de forma positiva, sino más bien como una circulación constante de la vida. La idea central de la doble existencia -vivir y mostrar lo vivido- modifica nuestra relación con la intimidad y nos acerca, poco a poco, a una soledad muy difícil de sortear.
Cuando uno mira la película con cierta distancia aparece una sensación incomodísima, porque mantiene -a pesar del tiempo- una actualidad monstruosa: sus vínculos no responden a un intercambio real y constante y nadie arriesga nada en las conversaciones que mantiene, como ocurre en las redes. No aparece una verdad en su vida. Vive una tristeza profunda, de la que le resulta difícil escapar.
Esta dinámica nos resulta familiar, porque funciona como un mecanismo que, en su afán de mostrarlo todo, termina alimentando nuestra soledad interior. Intentamos mostrar algo que nos es ajeno, para sentir cierta dopamina que nos haga parte de algo más grande, que nos brinde algún sentido. La presión social empuja en esa dirección. Quien no participa parece desaparecer. A Truman eso le pasa por necesitar una mirada verdadera. Empieza a sospechar que nadie lo mira de ese modo. Es observado, no así encontrado. En algún punto del relato aparece Sylvia, la única persona que intenta advertirle de la verdad. Ella rompe con el guión y se arriesga. Se acerca a Truman y le habla sin una máscara. Le cuenta que el mundo donde vive resulta falso. Los productores interrumpen la escena de inmediato. Pero algo ya ocurrió: alguien habló con honestidad, y de forma no mediada. Quizás ahí aparece una pista para pensar al respecto de nuestra soledad contemporánea. Las plataformas digitales multiplican interacciones, pero pocas alcanzan el peso de un diálogo real.
Esta soledad no trata únicamente de plataformas diseñadas para capturar datos. También involucra nuestras elecciones cotidianas como usuarios. Elegimos mirar, desplazarnos por una pantalla y participar incluso de una lógica que motiva experiencias personales en material productivo para un público. Elegimos todo esto, muchas veces, porque nos resulta insoportable estar con nosotros mismos. Truman no tiene esa opción. Nosotros sí. La pregunta entonces es “¿Qué hacemos con esa elección?” La respuesta no es nada fácil, fundamentalmente porque todavía hay quienes buscan en las redes espacios de encuentro genuino. Sin embargo, ese anhelo de proximidad frecuentemente queda atrapado en una hiperconectividad radicalmente vacía de personalidad, donde la identidad se fragmenta en perfiles que buscan una validación externa constante.
Después de años de sospechas, Truman decide que ya tuvo suficiente con esta soledad y decide abandonar Seahaven. Sube a un pequeño barco y navega hacia el horizonte. El mar se agita. El viento golpea la vela. Truman sigue avanzando. Finalmente el barco choca contra una pared pintada de cielo: ha llegado al límite físico del set televisivo. Aparece frente a sus ojos una escalera que conduce a una puerta. Detrás, no hay cámaras. Tampoco público. Solo existe la posibilidad real de una vida no observada. Este momento contiene algo difícil de ignorar: Truman camina hacia algo que no sabe, en donde no posee garantías, con la intención de abandonar el único mundo que conoció y enfrentarse a la total incertidumbre. Esto rompe el espectáculo, pero también su soledad. Se detiene frente a esa puerta, se inclina levemente hacia el público invisible y pronuncia su saludo habitual: “En caso que no los vea, buenos días, buenas tardes y buenas noches”. Luego desaparece. Los espectadores se quedan mirando la pantalla en silencio. Ya no hay un consumo para ellos porque su protagonista decidió respirar otro aire: el simple acto de soltarse.
Siempre pensé que la vida puede imitar el arte y esta película ofrece respuestas para lograrlo, pues parece ser atemporal ¿Y si probamos como Truman? No para encontrar una salida perfecta - porque para salir de la soledad se requiere mucho valor y templanza que pocos se animan-, pero tal vez alcance con dejar de actuar para los demás. La tecnología nos conecta más, pero a la vez, llevamos sobre nuestras espaldas la tarea de intentar ser nosotros mismos. Truman eligió su camino, ahora nos toca a nosotros.
“La vida está llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza y, sin embargo, se acaba demasiado deprisa” (Annie Hall, Woody Allen 1977).
Tomás Agustín Romero es estudiante avanzado de Abogacía por UBA. Le gusta escribir sobre Cine con un enfoque en que ayude a pensar al arte como una representación de lo universal.
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“Definís arbitrariamente el presente como lo que es, cuando el presente es simplemente lo que se hace. Cuando pensamos este presente como debiendo ser, no es todavía; y cuando lo pensamos como existente, es ya pasado¨.
Henri Bergson en Materia y Memoria (1896)