ODA A LA TRASNOCHE
por Jeremías Fabiano
He aquí una noble pero nada formal invitación a compartir vivencias y sentires, con este narrador que escribe al fragor de los hechos, mientras se van sucediendo, en automensajes de whatsapp. El resultado es, por ende, un texto corto, errático y bastante imperfecto: tal vez allí, en ese experimento, radique su potencia, o, para no ser tan grandilocuentes, algún poder de interpelar a quien lo lea.
Por Jeremías Fabiano
30 de agosto, 2026
5 minutos de lectura
Tomaba vino y fumaba. Era en la catedral del tango un sábado a las 3 de la mañana. Venía de lo de un amigo desde Saavedra. Qué hacía, y por qué. Estaba con Alvi. Él no fumaba, pero tomaba vino.
Octubre, una lluvia tropical mediante, y seguía cálido, templadito, en la ciudad. Bastante gente, un auto que iba a otro lado y un bondi, casi gratis llegué. Entré seleccionado, realmente elegido entre la fila de la puerta, por una tipa del local. Ni tiempo tuve de comprar dos latas y encanutarlas: corté en seco la llamada en el celu. Tres segundos y la voz era cuerpo. Estaba con Alvi.
Qué y por qué. Quizás porque nos gusta la noche, quizás porque la izquierda de la noche. Nada es preciso, pero nada es incierto. ¿Todo? Qué sé yo.
Antes, había sido un festi por el cumpleaños del Boliche de Roberto (ay qué lugar, sí). Pero allí no fui ni estábamos. Alvi sí había ido, antes.
Estábamos en el salón tranquilo, en el que estamos los que nos gusta el tango, todo el tango, pero que (y sí) no bailamos tango. Que nos gustaría, que tampoco bailamos y nos gustaría bailarlo. Y no lo bailamos.
Pero también nos cambiamos de ambiente, allá donde bailan tango. Vaya que bailan. Y fuimos espectadores, porque alguna que otra mujer espectacular se acercó, creemos que a bailar. Y no sabemos a qué porque no bailamos y tampoco nos enfrentamos a bailarlo.
Nos reímos de las coffee raves. Porque ya cada salón daba igual y alternábamos, y esto lo hablamos con unos amigos de Alvi. Amigos o algo así, porque amigo-amigo es Alvi. Pero estas otras personillas también eran nuestros amigos. Al menos en ese momento, por ese momentito, valía lo mismo.
Que tenés que venir los domingos. Que sí, puede ser inconveniente el día, pero que te tomás una birra y te la piraste. Funciona, va. Eso nos decía otro amigo de la noche mientras cruzábamos Corrientes e íbamos para otro bar del mundillo.
Tantos lugares. Ay. ¿Buscábamos lo mismo? Pero nos convocaba, evidentemente, seguir buscando. Y entonces, tal vez, dé lo mismo. Hace no tanto conversaba con una amiga sobre por qué la estiramos tanto, por qué no se puede ir a dormir. Ahí es cuando sos inmortal. Y si sos inmortal para qué te irías a dormir, si acaso eso tal vez pudiera hacerte perder los poderes de los que estás gozando. Siempre puede haber una nueva peripecia que te convoque y no quiero perdérmela.
Elegí un amor y elegí ver qué tal. En el fondo sabía que no me iba a dar cabida, pero ¿y si...? Nunca lo terminé de saber del todo, pero esa fue la excusa de la jornada para dormirme (más) tarde. Otra vez, porque parece que me, nos, gusta la noche. Esa, aquella noche, alguna. Las que vendrán.
Amanecí con resaca. Felíz un santiamén, para en un segundo caer en que me había quedado dormido, me había salteado las 7 u 8 alarmas que había programado para almorzar. La culpa. Perdón a la familia, pero si supieran lo todopoderosos que fuimos anoche. Fue sensacional.
Por su generoso aporte de las fotos utilizadas en la web y la tercera y última de las placas de la publicación de Instagram, agradecemos a Juli de Wandeleer, artista audiovisual y lectora de Revista Desenfoque.
Jeremías Fabiano es Licenciado en Geografía por la Universidad de Buenos Aires. Le interesan las dinámicas urbanas, la historia cultural y la apertura de lo científico. Muy esnob para la calle y muy coloquial para la academia. Ecléctico.
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