LOS NUEVOS TERRITORIOS DEL CUIDADO
DESAFÍOS EN LA CONSTRUCCIÓN DE SALUD PÚBLICA Y SALUD MENTAL
por Camila Dmitruk
En un mundo donde los padecimientos en salud mental se profundizan, su cuidado se vuelve una tarea política. Sin embargo, las transformaciones en las formas de subjetivación desafían las herramientas tradicionales de intervención estatal. ¿Cuáles son los espacios por los que circulan hoy los sujetos? ¿Es posible intervenir en ellos desde una perspectiva de salud pública? Esta es una invitación a repensar los territorios del cuidado e imaginar nuevas estrategias para construir salud mental.
Por Camila Dmitruk
19 de octubre, 2026
6 minutos de lectura
En los últimos años crecieron las discusiones sobre el acelerado avance tecnológico y sus efectos sobre distintas dimensiones de la vida. Mientras todo se mueve a nuestro alrededor a una velocidad inédita, comienzan a aparecer análisis que buscan calcular el impacto de estas transformaciones en áreas como la educación, la productividad, el trabajo, la comunicación y la política. ¿Y en el fondo de todo eso? Nosotros. Personas de carne y hueso, que intentan día a día construir una forma de afrontar este mundo y sostener algunas certezas detrás de tanta incertidumbre. Un manojo de sentimientos, dudas, emociones, pensamientos, miedos, y deseos que ni los manuales que describieron el funcionamiento humano durante décadas parecieran entender del todo.
¿Cómo se construye salud mental desde una perspectiva pública en una era donde ni siquiera nosotros mismos entendemos en qué nos estamos transformando?
Vygotsky decía que los sujetos somos el cúmulo de todas las interacciones y formas de la organización cultural de las que formamos parte e internalizamos como propias. Por lo que el proceso en el que construimos nuestra subjetividad no es ni un trabajo individual ni un desarrollo natural: forma parte de un proyecto político que se sostiene a través de instituciones que moldean nuestra forma de pensar, sentir y hacer hacia un curso específico.
A esto nos referimos cuando decimos que la salud mental es colectiva. Nuestros procesos de salud-enfermedad están atravesados por factores sociales, económicos, políticos, laborales y normativos. Sin ir más lejos, cuando escuchamos noticias como que el suicidio pasó a constituir la principal causa de muerte entre adolescentes y jóvenes, nos vemos cuestionados en lo más profundo de nuestras formas de organización social. ¿En qué momento empezamos a producir tales condiciones de sufrimiento?
Ante estas preocupaciones, y más aún cuando en nuestro país la tendencia es ir hacia la reducción de la intervención estatal, resulta central discutir el rol del Estado. Si las condiciones de producción de la subjetividad y el padecimiento se sostienen en la matriz social, económica y cultural, es responsabilidad de aquel diseñar e implementar políticas públicas orientadas a intervenir sobre los procesos de salud-enfermedad. La Ley Nacional de Salud Mental, esa que hoy resulta foco de ataques por parte del gobierno Nacional, marca un posicionamiento. No solo porque en su seno establece que todo abordaje de la salud mental debe realizarse en comunidad y que su horizonte debe ser el fortalecimiento de los lazos, sino sobre todo porque incorpora a la salud como un bien de carácter público a ser garantizado dentro de un paradigma de derechos integrales.
Sin embargo, pareciera que la capacidad de incidir desde el Estado en las vidas y sobre todo en la salud mental de los sujetos está cada vez más obturada. Un problema que no se atribuye únicamente al desfinanciamiento público que estamos viviendo en Argentina, sino que se replica en muchos países de occidente que sí cuentan con recursos y voluntad, donde las acciones políticas parecieran estar cada vez más desconectadas de las vidas de las personas.
Un ejemplo interesante nos lo aporta Brasil. Siguiendo la tendencia mundial, el país recientemente sancionó una Ley con el objetivo de restringir el uso de celulares en espacios educativos. Si bien los primeros resultados arrojaron mejoras en la atención y el comportamiento dentro de las aulas, los propios estudiantes percibieron un menor impacto en la reducción en aspectos como conflictos virtuales, ataques y violencia digital.
En Brasil, al igual que en otros países de Latinoamérica, el hogar continúa siendo el principal espacio de uso cotidiano de Internet entre niñas, niños y adolescentes. Pero, de a poco vamos aprendiendo que ya ni siquiera en nuestras casas estamos del todo protegidos. Mientras se intenta preservar a las instituciones tradicionales de la intromisión de estos problemas inéditos con el objetivo de cuidar a los sujetos aparecen nuevas dimensiones de la vida sobre las que pareciera imposible intervenir. ¿Imposible según quién?
A inicio de siglo, Bauman advirtió que el mundo descrito por autores como Vygotsky donde las instituciones eran la herramienta determinante para incidir sobre los cursos de vida de los sujetos, está en tensión. Hoy los procesos de subjetivación resultan más volátiles, escurridizos y desterritorializados.
Con la aparición de la señal electrónica y la llegada de los teléfonos celulares, el poder como lo conocíamos tradicionalmente, aquel que necesitaba a los sujetos en grandes edificios para garantizar su control, se vió transformado por completo. A partir de ese momento dejó de depender del espacio para ejercer su sujeción, ahora las órdenes se podían realizar desde y hacia cualquier lugar.
Por el contrario, las tramas sociales con base territorial comenzaron a significar un obstáculo para su propagación plena. Lo que dejó en su lugar a toda una serie de instituciones zombis: vivas pero muertas, presentes pero vacías. Un proceso que progresivamente fragilizó el lazo que unía a las trayectorias individuales con los proyectos colectivos sostenidos en la acción política.
Para matizar un poco esta perspectiva podemos pensar que, más que una muerte de las instituciones tradicionales -la familia, la escuela, el barrio, el trabajo- nos encontramos ante una descentralización y diversificación de los espacios de producción de subjetividad. Retomando el ejemplo de Brasil vemos cómo los sujetos, escurridizos, ni cuando se encuentran físicamente en las instituciones están únicamente allí. Entonces, ¿cuáles son los espacios por donde circulan las subjetividades de nuestros tiempos?
Marc Augé habla de los no-lugares: aeropuertos, autopistas, centros comerciales, y podemos agregar también, plataformas digitales. Zonas de tránsito, caracterizadas por la fugacidad y lo efímero, donde la hiperconexión convive con la liviandad vincular y la fragmentación de la experiencia. Observar estas nuevas formas sociales y culturales que caracterizan nuestra era, los no-lugares por los que circulamos y las dinámicas vinculares que nos atraviesan nos mueve a preguntarnos: ¿qué sujetos estamos produciendo? ¿Es posible construir salud mental en una era tan volátil y ubicua?
Una vez escuché a Eduardo Tissera, referente en el campo de la Psicología Comunitaria, decir que al mundo lo transformamos cuando nos animamos a preguntarnos ¿y si? Cuando elegimos salir de la lógica de lo posible y lo conocido y perdemos el miedo a explorar fuera de la caja de herramientas que tradicionalmente nos dieron respuestas. Una acción que requiere de valentía e ingenio.
Nos acostumbramos a pensar que estos nuevos territorios por los que circulamos están destinados a ser espacios salvajes cuyas leyes, opacas, son escritas por unos pocos. Pero, ¿y si existe un horizonte en donde podamos intervenir en ellos? En tiempos donde parece que la vida se transforma a una velocidad más rápida de lo logramos entender ¿hasta dónde puede llegar nuestra creatividad para soñar un mundo mejor?
Camila Dmitruk estudia Psicología en la UBA. Realizó un intercambio en la Universidad de Pekín. Trabajó en el Ministerio de Salud de la Nación en la Dirección de Adolescencias y Juventudes. Participa en la Fundación para el Desarrollo Humano Integral.
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