LA PARADOJA DE CRISTAL: EMPRESARIAS, CEOS Y EL LOBBY POR LA SUMISIÓN FEMENINA
por Sarai Avila
¿Por qué mujeres con carreras, empresas y poder económico nos piden renunciar al voto? Detrás de la estética tradwife y el "voto por hogar", la nueva derecha secuestró el lenguaje del empoderamiento para vender una servidumbre que ellas jamás van a habitar.
Por Sarai Avila
26 de julio, 2026
5 minutos de lectura
Mientras el mundo transcurría adormecido por la euforia del Mundial, una facción de la nueva derecha operaba a plena luz del día para reinstalar un debate que la historia ya había saldado con sangre. La figura central de esta ofensiva es Erika Kirk, quien invitó abiertamente a las mujeres a renunciar a su derecho al voto. La interrogante que emerge de este escenario es tan ineludible como perversa: ¿puede utilizarse el lenguaje del empoderamiento para defender y romantizar el sometimiento?
Durante décadas, los feminismos nos dotaron de un andamiaje teórico y un vocabulario para nombrar violencias, reconocer las asimetrías en las estructuras de poder y exigir una autonomía real que garantizara una vida digna. Sin embargo, internet ha provocado una mutación particular en este lenguaje. En lugar de utilizarse para cuestionar jerarquías, conceptos como “la agencia” o “la libertad de elección” han sido fagocitados y comercializados para legitimar la construcción de nuevas formas de validación, consumo y, fundamentalmente, privilegio. El privilegio comienza cuando creemos que nuestra experiencia representa a todas. Este es precisamente uno de los grandes señalamientos del feminismo descolonial: comprender que no existe una experiencia universal sobre ser mujer, y que cuando olvidamos que nuestros derechos son el resultado de luchas políticas encarnizadas, estos dejan de sentirse como conquistas colectivas y pasan a percibirse como meras decisiones individuales de estilo de vida.
El peligro actual radica en despojar a la emancipación de su responsabilidad política: si la "libertad" se entiende únicamente como la capacidad de recibir beneficios sin cuestionar la estructura que nos rodea, el terreno queda fértil para que surjan voces pidiendo la renuncia a la libertad política. Para entender la arquitectura de esta trampa, es indispensable diseccionar a sus promotoras.
Erika Kirk no es una ama de casa de los años cincuenta; es una empresaria y figura pública operando una plataforma multimillonaria. Tras asumir el liderazgo de Turning Point USA (TPUSA) —la maquinaria conservadora estrechamente vinculada al ecosistema de Donald Trump, fundada por su fallecido esposo, Charlie Kirk, quien el 10 de septiembre de 2025, sufrió un atentado con arma de fuego mientras hablaba y debatía desde una carpa con estudiantes de la Universidad del Valle de Utah sobre el número de tiroteos masivos cometidos por personas transgénero antes del tiroteo.
Erika ha consolidado su rol como una de las voces más influyentes en la promoción de la "feminidad bíblica". Esta doctrina sostiene dogmáticamente que la mujer debe limitarse a apoyar y complementar al hombre. En junio de 2026, durante el Women’s Leadership Summit en San Antonio, Texas, Kirk compartió escenario con la influencer tradwife Savanna Faith Stone. Fue la propia Stone quien defendió públicamente la adopción del “voto por hogar” (household voting), afirmando que el feminismo es “la mentira más grande” y argumentando que, dado que las mujeres tienden a votar opciones liberales, transferir el sufragio exclusivamente al marido garantizaría la preservación de un orden conservador. De esta manera, Kirk y Stone pavimentan con destreza el terreno retórico perfecto para desmantelar la autonomía de la mujer, promoviendo el retorno a una vida de dependencia absoluta.
Este andamiaje ideológico encuentra su fuerza de choque cotidiana en las redes sociales a través del movimiento tradwife (esposas tradicionales). Lo que inicialmente se presentó como una tendencia estética nostálgica —mujeres jóvenes cocinando desde cero con vestidos de corte vintage— ha mutado en un manifiesto político de tintes alarmantes. El fenómeno es global. En España, figuras como Roro Bueno acumulan decenas de millones de reproducciones invirtiendo horas en preparar comidas complejas de forma artesanal para su pareja, utilizando una estética pulcra y la denominada fundie baby voice, un tono de voz extremadamente infantilizado diseñado en los márgenes del fundamentalismo cristiano estadounidense para transmitir sumisión. En Estados Unidos, creadoras como Nara Smith operan bajo dinámicas idénticas.
Pero hay una falacia estructural en este discurso. Quienes romantizan la renuncia al trabajo asalariado y celebran la dependencia absoluta ocultan un privilegio de clase insoslayable; es un cosplay de servidumbre financiado por el capitalismo de plataformas. El movimiento tradwife es un movimiento reaccionario donde las mujeres actúan como jarrones decorativos mientras el algoritmo rentabiliza el antifeminismo. Estas mujeres son, en la estricta realidad, empresarias digitales que monetizan la sumisión a través de visualizaciones y patrocinios.
Para dimensionar la gravedad de esta corriente, es imperativo confrontarla con la memoria histórica. El sufragio femenino no fue una concesión benévola de las democracias modernas; fue producto de una guerra de desgaste físico e intelectual. Las sufragistas enfrentaron el encarcelamiento, las huelgas de hambre forzadas y el repudio de una sociedad que las patologizaba porque entendían una verdad irrefutable: sin el voto, la mujer carecía de existencia legal y quedaba desprotegida civilmente. La narrativa de Kirk, Stone y sus seguidoras intenta convencernos de que la independencia intelectual y la realización profesional son incompatibles con el amor o la estabilidad conyugal, reduciendo el vínculo de pareja a una dinámica unidireccional de dominación. La historia intelectual desarma esta visión reduccionista de inmediato. Simone de Beauvoir construyó un sistema filosófico brillante y mantuvo una independencia feroz junto a Sartre, sin ser jamás su sombra. Marie Curie revolucionó la ciencia universal en una colaboración equitativa con Pierre Curie. Ninguna necesitó anular su genialidad para experimentar el compañerismo.
Desarmar esta trampa exige recurrir a marcos más densos, como la ontología de Martin Heidegger. Si entendemos al ser humano como un Dasein (ser-ahí), su característica fundamental es el cuidado y la proyección constante hacia el futuro; la existencia es el acto activo de diseñar proyectos. La realización de la mujer no se encuentra en la adecuación pasiva a un rol impuesto por teologías rígidas, sino en el ejercicio incesante de su libertad creadora. El conservadurismo actual propone una alienación total. Al abrazar la doctrina de la sumisión total, la mujer acepta convertirse en un objeto estático dentro de un hogar escenográfico. Se despoja de la angustia y la belleza de inventarse a sí misma. Este anhelo por la estandarización —crear "mujeres molde" con estéticas, voces y discursos idénticos— es un atentado contra la diferenciación humana. Es innegable que posturas tan radicales prosperan allí donde el vacío teórico reemplaza al pensamiento crítico. Cuando se adolece de un rigor intelectual capaz de sostener la complejidad del mundo, resulta seductor rendirse ante dogmas arcaicos que ofrecen la falsa tranquilidad de la certidumbre. La ignorancia planificada siempre ha sido el instrumento más eficaz de dominación. Los seres humanos nacimos dotados de una capacidad insustituible para cuestionar y reinventar nuestra realidad. Renunciar a la voz política desde la comodidad del privilegio no es un acto de rebeldía; es el preludio voluntario de la propia anulación.
Sarai Avila es estudiante de último año de la Licenciatura en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y redactora de periodismo de investigación. Le interesan las narrativas y los discursos que circulan en lo cotidiano, y la forma en que modelan hábitos, percepciones y comportamientos.
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