LA FIGURA DEL OKUPA EN LA IMAGINACIÓN ARGENTINA: SU ROL HISTÓRICO Y MANIPULACIÓN ACTUAL
por Romy Hügle
Desde la serie emblemática del 2000, hasta los carteles del Jefe de gobierno, Jorge Macri, invocando “Una ciudad sin Okupas, con Ley y Orden”, la figura del Okupa habita un espacio importante en la imaginación argentina como representante de la marginalidad urbana. Hoy en día, es una imagen que invoca el miedo ancestral de la barbarie infiltrando la ciudad civilizada. Este ensayo analiza las raíces históricas del Okupa además de su representación cultural, y cómo esa imagen está ahora sujeta a la manipulación política.
Por Romy Hügle
4 de septiembre, 2026
7 minutos de lectura
“No hay nada que sea ni absolutamente malo, ni absolutamente bueno.” Estas palabras, pronunciadas en la icónica serie del 2000 “Okupas”, representan el fundamento filosófico no sólo de una famosa serie de televisión, sino de toda una generación. El director Bruno Stagnaro, al presentarnos al mundo del okupa en Buenos Aires durante los ’90, también nos mostró un mundo de ambigüedad moral y estética, donde vivir en las periferias y bordear la ley se convirtieron en símbolos de la rebeldía juvenil. Ahora nos encontramos en un contexto político radicalmente diferente, en el que los actos —y, de hecho, las personas— sí pueden clasificarse entre lo absolutamente bueno y malo: estamos en la época de Jorge Macri, quien considera al okupa (entre los manteros y los trapitos) una de las mayores amenazas para la sociedad porteña. La gestión del Jefe de Gobierno ha impulsado el desplazamiento de personas en varias partes de la ciudad, como Parque Patricios y Balvanera: J. Macri declara que “recuperamos 700 propiedades y se las devolvimos a sus dueños”. Es una campaña cuya narrativa política sí invoca ideas de lo absolutamente bueno y malo, o lo civilizado en contra de lo salvaje. Si antes el término “Okupa” se asociaba con la cultura juvenil y la fuerte reacción que tuvo el realismo social del Nuevo Cine Argentino, hoy es un indicador del austero y autoritario clima político: en los últimos meses, la palabra se ha vuelto a aparecer en las calles bonaerenses, esta vez en carteles del gobierno municipal que promueven “La Ciudad sin Okupas, con Ley y Orden”.
Primero, es importante aclarar que el término “Okupa” siempre ha tenido una dimensión simbólica más allá de su definición literal. Según María del Carmen Borella en el texto “Vida Ocupa: Identidad y discurso de los ocupas de la ciudad autónoma de Buenos Aires”, la palabra, que es una variación lingüística del estándar “Ocupa”, salió de un movimiento político de Barcelona en los años ´80, como un término intrínsecamente anti-sistema o contra-cultura. El sociólogo español Miguel López Martínez señala que la letra K se ha utilizado en el castellano “para expresar un deseo por salirse del lenguaje oficial”, apareciendo mayoritariamente en palabras inventadas. Por eso, Borella declara que la palabra “Okupa” “tiene una forma violenta incluso en su grafía: es una advertencia, casi un manifiesto”. Al igual que el Okupa, que habita un espacio dentro de la ciudad mientras simultáneamente vive fuera del sistema, la palabra misma opera dentro del castellano mientras desafía el lenguaje estándar. Tiene un efecto chocante, entonces, observar cómo esa forma propia se ha resignificado por la agenda política de Jorge Macri, que incorpora un gesto de rebelión a una declaración de la autoridad.
Debido al crecimiento explosivo de su población a finales de los 1800, Buenos Aires se ha caracterizado históricamente por las viviendas improvisadas e informales. Según el historiador Jorge Elías, el fenómeno de los Okupas como hoy en día lo conocemos (es decir, la ocupación no supervisada de casas tomadas o edificios abandonados de la Capital) es un acontecimiento relativamente moderno, que fue producto de la finalización de la dictadura. Elías declara que hasta la segunda mitad del siglo XX, los porteños que se encontraban sin alojamiento fijo habitaban las villas o se refugiaban en hoteles de forma permanente. Estas instituciones recibían a una gran proporción de personas que, mientras no podían pagar el alquiler de una propiedad formal, se quedaban (a veces durante años) en esa alternativa barata: los hoteles. Con la finalización de la dictadura, la erradicación de varias villas y, crucialmente, la subida de precio de los hoteles, dejó a esta parte de la población sin vivienda: y así, según Elias, nació el Okupa de las casas tomadas.
Mucho se ha hablado de cómo la serie de Bruno Stagnaro analiza este fenómeno en el contexto específico de los años ´90, un momento de incertidumbre, precariedad y crisis ideológica para los jóvenes argentinos. La serie, que sigue “el descenso de clase de un chico de clase media, que casi por voluntad propia, pretende una caída hacia una zona más marginal”, invoca los valores centrales de la identidad argentina: la hermandad y, por supuesto, la batalla eterna entre la civilización y barbarie (Borella). El objetivo del director era “mostrar el contraste entre el centro de día (...) y ese mundo más denso y oscuro en el que se transforma de noche” (Stagnaro/Borella). La representación de ese mundo y sus habitantes —los Okupas— es, sin embargo, diversa: hay okupas sin aparente maldad (como los 4 amigos, cuyas acciones son casi siempre justificadas por querer mantener la unión y seguridad del grupo), hay okupas que son mentirosos y traicioneros, pero que también trabajan duro (como Peralta), y okupas que son delincuentes y que andan armados (Miguel). Como espectadores, aplaudimos cuando los personajes consiguen manipular la ley y evitar, otra vez, su expulsión forzada de la casa. Nos alineamos con ellos contra el equipo de abogados, policía y propietarios que buscan devolver la casa a su dueña. La serie y su representación compleja de individuos que podían ser anti-sistema y virtuosos a la vez hicieron que el término adquiriera connotaciones de resistencia heroica.
La serie tuvo un éxito explosivo que, inmediatamente, colocó la palabra “Okupa” en el centro de la imaginación popular. De repente, la palabra asociada con la marginalidad adquirió otros sinónimos, sobre todo porque la serie vinculaba el mundo del Okupa con una gran riqueza de referencias culturales. Las paredes de la casa llevan símbolos de los grandes de la cultura argentina, como los Redondos y Sumo. El soundtrack original contiene canciones de Pescado Rabioso, Sui Generis y Spinetta, y la campera verde Adidas del Pollo se volvió uno de los visuales más emblemáticos de la serie. De repente, ser “Okupa” podía significar otras cosas: el “Okupa” podía ser rockero, joven, podía organizar grandes fiestas, resistir de forma ingeniosa la autoridad política y policial: fiel a sus “hermanos” y a su propio código moral, el “Okupa” de los ´90 en Buenos Aires podría considerarse la versión urbana y moderna de la libertad salvaje del gaucho de la Pampa; es decir, la serie hizo que el término, al menos a nivel estético, fuera casi “cool”. Su importancia cultural sigue siendo evidente en la actualidad: de hecho, muchos artistas todavía rinden homenaje a la serie, como César González (quien, al ser entrevistado en Página12, cita Okupas como un buen ejemplo de representación de la marginalidad) o el rapero Little Boogie, quien dedicó el nombre de su EP a la serie en 2025 y posó con la remera verde del Pollo.
Foto del rodaje de la serie de Okupas y fragmento del videoclip de LITTLEBOOGIE en DEJA DE SUFRIR
El uso de la figura del Okupa en la narrativa política de Jorge Macri también se basa en el miedo ancestral de la barbarie infiltrando la ciudad civilizada, pero en este caso, la noción se ve manipulada específicamente en relación con el conurbano bonaerense. Todo lo negativo que podría encarnar el Okupa, es decir, inferioridad moral, delincuencia y pobreza, se asocia abiertamente con el conurbano. Después de la operación en la que se recuperaron 5 casas tomadas en Villa Mitre, Jorge Macri dijo: “Querían hacernos vivir como en lo peor del conurbano (…) Acá la propiedad privada se respeta y la ley se cumple (…) bienvenidos a la Ciudad de los porteños de bien”. Y continúa: “Por si no le quedó claro: esto acá no va. Si quieren hacer cualquier cosa, que crucen la General Paz”. Se establece un juego moral entre dos territorios que se ven sumamente simplificados, sobre todo el conurbano, que acá vuelve a ser caracterizado como una aglomeración geográfica representada por la pobreza y la criminalidad. Es una narrativa política cruda y tendenciosa, sobre todo porque viene de un político criado en el partido de Vicente López: “lo peor del conurbano” al que se refiere no incluiría, llamativamente, a la Zona Norte donde J. Macri creció e hizo su carrera. A pesar de sus propias raíces conurbanas, J. Macri invoca un estereotipo artificial y peyorativo, recortando el AMBA para redefinir al Okupa como un ser moral y geográficamente “otro”.
Jorge Macri asumió el cargo de Jefe de Gobierno de una ciudad que siempre ha tenido, de una forma u otra, una crisis de vivienda, ahora acentuada por la crisis económica. ¿Cuál es su solución a la población empobrecida que vive sin casa fija bajo su jurisdicción? Exiliarlos al Conurbano, esconderlos detrás del límite de la Capital y, aparentemente, fingir demencia.
La figura del Okupa se convierte en otro método por lo cual la ciudad se distancia del AMBA; si en la serie, el término sirvió para unir varias referencias culturales y representar/activar una generación, ahora su función es divisiva, y la caracterización del Okupa es otra. El Okupa pasó a ser una figura representativa de una generación a ser, otra vez, el “otro” cultural.
Romy Hügle es una estudiante de Letras de la UCA/Newcastle University. Le interesa escribir sobre la literatura, la música y la ciudad.
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