elogio al chisme: por qué nuestros dramas personales son de incumbencia social
por Claridad Belluscio
“creo en contados raptos de iluminación
en los que podemos ser capaces de resonar con los otros,
con lo otro,
de sentir en el cuerpo propio
lo que es aparentemente ajeno”
Claudia Masin, Curar y ser curados: poesía y reparación.
Por Claridad Belluscio
31 de octubre, 2026
6 minutos de lectura
para preparar este elogio a la actividad chismosa, les voy a contar un chisme. hace poquito tuve un desencuentro escribiendo para la revista de una amiga. ella me había invitado hace unos meses al grupo de redacción permanente y yo acepté encantada de tener un espacio divertido y amoroso donde compartir mis ideas. justo había cortado con mi pareja y una de las formas de labrar ese dolor irreprimible que caracteriza al corazón roto fue untarle el ungüento de la politización del malestar. es decir, devolverlo al reino de lo social, de lo que nos excede y constituye: ningún padecimiento es puramente personal! por lo que escribir un primer texto sobre la desilusión romántica (y sus efectos tan cercanos a la locura) fue un proceso profundamente catártico. lejos de significar mi mero fracaso personal en el amor, aquel dolor invivible podía responder a una forma relacional (la pareja) que precariza nuestros afectos al aislarnos de otros vínculos y exigir más de lo que nutre. de repente no solo soy una despechada con el rimmel corrido en la fiesta, sino que soy todas las despechadas, todas las minitas que fuimos socializadas para vivir con intensidades abismales tanto la alegría como el padecimiento del amor.
suele ser ahí, en ese hilo invisible que reúne nuestras vivencias más propias (de cuyo fracaso nos sentimos siempre los primeros responsables) con el mundo social que las produce, este vaivén entre lo crudamente íntimo (mi sensación, mi experiencia, mi perspectiva solo vivible para este cuerpo que soy) y el modelo político que la sostiene, en este yo-mundo que se enrosca hasta perder de vista el guión que los separa, que encuentro mi pasión sociológica. supongo que hay un alivio en adosarle al dolor una narrativa distinta al típico “hay algo mal en mí”, pero creo que el placer de este movimiento es todavía más simple, como el de leer un poema de hace mil años que te habla directo a vos o tomar unos mates con una amiga que vivió dramas parecidos; el simple mimo de saber que no estás solx es capáz de fisurar el caparazón ególatra que nos envuelve.
por supuesto que al escribir de mi duelo romántico este lazo personal-social brillaba, la angustia que había hecho nido en mi pecho serpenteaba por nuevos senderos en la elaboración artística y yo estaba alucinada con el poder de la palabra. por eso fue bastante impresionante cuando esta amiga (persona de confianza hace muchos años aunque con inclinaciones altaneras y pretensiones de Verdad) me devolvió un “ninguna revista te va a publicar esto, es demasiado íntimo y la experiencia personal aburre, ¿no te sale abstraerte de vos y usar un lenguaje más general? escribí como para un paper, que te sale tan bien”. por unos días intentamos encorsetar un texto que buscaba sentirse cercano en un ensayo teórico de puras generalizaciones, sin cuerpo ni experiencia. por suerte, ella terminó desistiendo y con toda la sutileza que no la caracteriza me habló de algo “incorregiblemente mío” que rondaba el texto y que lo volvía impublicable para los estándares de su revista. esto me puso muy triste ya que, no solo mi amiga desaprobaba algo tan difícil de modificar como mi estilo (una fatalidad, como decía Barthes), sino que la situación me hacía dudar sobre si mis capacidades efectivas (escribir) estaban a la altura de mi sueño (ser escritora).
sin embargo, aparecía cada vez con más fuerza una pequeña contradicción: esta “forma” de mi escritura es tal vez lo que más me interesa compartir, como el mundo social se hace carne en nuestros dramas. esto me llevó a probar de enviar el texto a otra revista (con la que sinceramente me siento más cercana en términos políticos, mi amiga me había pedido también que saqué el lenguaje inclusivo y hay una reivindicación más “femenina” que feminista) la cual, tras halagar particularmente el mismo método de escritura personal-político que mi amiga había desestimado, terminó ofreciéndome mi primer retribución económica por mi trabajo como escritora (alegría por la que hoy seguimos brindando).
por supuesto, mi amiga estaba en todo su derecho a criticar, y en última instancia vetar la publicación de lo que a ella le plazca en su espacio, (aunque no comparto sus formas). más allá de este relato chismoso, la situación me inspiró a ahondar en este supuesto valor social que suelo atribuirle a lo íntimo e irrevocablemente personal, porque entre sus planteos había una pregunta muy válida: ¿por qué habría de interesarle mi experiencia a alguien que no me conoce? me hace acordar a cuando mis amigas traen los chismes de gente externa con las que no compartimos ni nos interesa compartir, pero en cuyas historias nos sumergimos en profundidad para luego emborracharnos de análisis y teorías (en la juventud porteña nos creemos todxs psicoanalistas). en este escrito quiero volver a poner en valor la intimidad como material para pensar lo social a partir de una lectura elogiosa de la práctica chismosa.
una primera defensa del chisme: son los cuentos que nos enseñan sobre el funcionamiento de la vida social. en este presente fuera de quicio, donde los perros fantasmas del presidente se comieron nuestras últimas certezas y ya quedamos aturdidos de tanto fingir demencia, se valora como nunca una mínima guía sobre cómo actuar frente a un otrx. cuando una amiga me cuenta una situación en donde rechaza una acción contra ella misma o un tercero, si estoy atenta, puedo aprender también cómo mi amiga quiere ser tratada, cuáles son sus deseos y límites. aparece acá, también, el halo cálido y protector del “nosotrxs”, ya que nosotrxs jamás diríamos tal o cual cosa o tendríamos aquella actitud tan poco cuidadosa. se dibuja entonces una frontera un tanto peligrosa, basada en la exclusión de lo moralmente reprobable y los sujetos que portan esta amenaza, pero que delimita también cuales son los comportamientos que cuidan a nuestro entorno social. ¿por qué entonces nos resulta tan vulgar la gente chismosa?
puede resultar un tanto fascinante enterarse que, cuando silvia federici indagó sobre los orígenes del término gossip (chisme en inglés), descubrió que en un principio la palabra hacía referencia simplemente a la amistad íntima entre mujeres, sin esta connotación peyorativa de “conspiración” o “difamación” que le atribuimos al chisme hoy. de hecho, fue tras la caza de brujas (proceso fundamental para el asentamiento del capitalismo y el patriarcado tal como lo conocemos hoy) que el término cambió su significado. así, devino coherente con la persecución de mujeres fuera de los espacios públicos, y su reclusión en el hogar a la dedicación exclusiva de tener bebés y mantener así la fuerza de trabajo (muchos trabajadores a explotar para mantener el ejército industrial de reserva alto y los salarios bajos). a la vez, instalar una sospecha ante las conversaciones entre mujeres, así como romper estos espacios de solidaridad y encuentro, fue fundamental para la desvalorización de su trabajo (naturalizando esta falta de valor hasta el punto de no considerarlo digno de un salario, condenándolas a la dependencia de un hombre) y su expulsión de la vida pública.
no es mi intención atribuirle al chisme el mismo e inmenso poder social que las comunidades de mujeres lograron construir en la edad media a partir de saberes y prácticas comunes, pero sí creo que hay algo de ese espíritu que la actividad chismosa aún conserva. el chisme hermana: es una suerte de contraseña de pertenencia (chusmear con alguien, incluso si no es cercano, es siempre una puerta a la intimidad) y una negociación activa dentro de la comunidad para delimitar lo deseable de lo reprimible, es decir, una teorización común sobre como nos gustaría vivir.
por supuesto, llevado a cabo con poca responsabilidad, el chisme puede sostener infiernos sociales y resultar muy hiriente. un ejemplo banal de mi adolescencia: cuando tenía 14 años se difundió por el colegio que habíamos estado experimentado sexualmente con un compañero. ahí descubrí que la atención de los chicos más grandes que estaba recibiendo no se debía a mi nuevo corte de pelo, sino que se andaba diciendo que yo era una pendeja bastante puta. aunque, a veces, aliado de la condena patriarcal, el chisme también puede ser una forma de cuidado desde los márgenes: pocos años después, me enteré entre chismes que un chico con el que estaba saliendo solía abusar a sus amigas borrachas.
el chisme excluye, humilla y demoniza. el chisme fortalece, cuida y conecta. el chisme es importante. es la célula de la tan anhelada comunidad, la práctica que sostiene nuestros redes vinculares y nombra sus desafíos. entre la abstracción de la producción teórica racional y el ancla carnal y sensible de la situación a chismosear hay un puente que es mejor no quemar. nuestras historias sobreviven en rumores y devienen ideas comunes sobre cómo vivir. incluso si no siempre se identifican con lo propio, algo resuena, algo afecta. el feminismo descubrió hace tiempo que la tan desprestigiada intimidad es la materia prima del mundo social. por sobre todo, creo que los mitos de nuestra singularidad y sus vaivenes dicen tanto o más del hoy que muchos de los autores que la insensibilidad patriarcal nos quiere ver citar. para quienes poseen una mirada afilada, el chisme nunca es solo chisme, sino construcción activa de un saber común respecto a la vida deseable.
Claridad Belluscio (2001, Buenos Aires) es socióloga (UBA), performer y escritora. Actualmente escribe para distintas revistas culturales y se desempeña como traductora, entrevistadora y docente. A su vez, forma parte del grupo de investigación en ciencias sociales GEDIC y del colectivo performático
Un Mundo Sensible.
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