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Elecciones en Chile: ¿El avance de una nueva ola de derecha en la región? 

por Sabi Menedin*

Frente al triunfo de la ultraderecha en Chile, y de cara al próximo ciclo electoral de 2026 que tendrá lugar en países como Colombia y Brasil, cabe preguntarse: ¿Se avecina en la región una nueva ola de derecha? ¿Qué pasó con los progresismos? E inclusive, ¿Vale la pena seguir hablando de olas? 


Opinión - Por Sabi Menedin
18 de diciembre, 2025

El panorama electoral en Chile resultó ser adverso para el oficialismo desde un primer momento. Frente a una primera vuelta sumamente polarizada, con una derecha fragmentada y radicalizada, y tras un periodo de alta inestabilidad institucional, la izquierda fracasó en su objetivo de expandirse más allá de su núcleo duro oficialista. Teniendo la difícil tarea de cargar con el deterioro del apoyo al Gobierno y el descontento inherente a sus promesas incumplidas, Jeannette Jara debió enfrentar en las elecciones presidenciales a una coalición de derecha radical que, en la segunda vuelta, logró posicionar a José Antonio Kast como ganador.

Estos resultados electorales hacen pensar rápidamente en una consolidación de una ola de ultraderecha que, con exponentes como Nayib Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina, se ha ido afianzando en América Latina, en concordancia con lo que ha acontecido en otras partes del mundo, siendo los más característicos los casos de Italia y Estados Unidos.  

Sin embargo, triunfos progresistas como el de Claudia Sheinbaum en México y Yamandú Orsi en Uruguay ponen en cuestión la precisión de la caracterización del panorama vigente en la región como una “nueva ola de derecha”, dado que, si bien es claro que los gobiernos progresistas vienen experimentando derrotas y retrocesos, el rumbo no es unidireccional. Es entonces que, frente a la diversidad y complejidad que identifica a este momento histórico, cabe cuestionarse la posibilidad de hablar de olas. ¿No se experimenta, en cambio, un movimiento en la región similar a la oscilación de un péndulo? 

En este sentido, se evidencia en la mayoría de los gobiernos latinoamericanos la imposibilidad que enfrentan los oficialismos para fortalecerse durante su gestión y así lograr la reelección. No obstante, la alternancia, que en otros contextos muchos podrían considerar un valor, hoy es un símbolo de inestabilidad y descontento generalizado. Hoy se atiende a un debilitamiento de las identidades políticas tradicionales y a una proliferación de los discursos antipolítica, lo que promueve una dinámica polarizada. La misma favorece la radicalización de la oferta electoral y el surgimiento de líderes que, al rechazar las instituciones y los consensos propios de la política tradicional, capitalizan la insatisfacción en forma de violencia y discursos de odio.  

El péndulo parece haberse acelerado, volatilizando cada vez más los consensos sociales sobre los que creíamos hacer pie. Y, si bien resulta difícil aceptar una derechización generalizada en el conjunto de la sociedad, se torna necesario reconocer que, en algún punto, estas narrativas han permeado y modificado las lógicas vigentes de socialización y subjetivación. De este modo, el actual incremento del individualismo y el desarrollo de formas autoritarias y violentas de hacer política corroen la legitimidad de la democracia en su intento por traducir enojos colectivos.

Y aunque las respuestas puedan no agradarnos, resulta ineludible, en este punto, preguntarnos por el origen de este enojo. Porque si la oscilación es impulsada por el descontento, y si a lo que nos enfrentamos es a gobiernos incapaces de cumplir con sus promesas y responder a las demandas de la sociedad, nuestra región se vuelve un terreno cada vez más fértil para el crecimiento de narrativas destructoras y antipolítica, donde el odio trasciende las meras diferencias partidarias y se torna intrínseco a toda discusión.

En particular, en el caso de Chile, las promesas políticas incumplidas son nítidas. La incapacidad que experimentó el gobierno de Gabriel Boric para estar a la altura de las expectativas abiertas tras el Estallido social de 2019 —dígase la disminución de la desigualdad social y económica, la reforma del modelo neoliberal y, más concretamente, la sanción de una nueva Constitución— redujo indefectiblemente el apoyo a su gestión. De igual manera, la imagen del Gobierno se ha visto deteriorada a causa de su deficiente desempeño en áreas de política pública relevantes para la ciudadanía, como lo son la seguridad, el control migratorio y el desarrollo económico. Esto mismo, se evidencia al observar un incremento del 15.2% en la cantidad de víctimas de delitos en el país registrados por el Instituto Nacional de Estadísticas entre 2022 y 2024; así como también un exiguo aumento en su PBI según datos del Banco Mundial, el cual en 2022 creció un 2.2%, en 2023 un 0.5% y en 2024 un 2.6%.

En este marco, resulta lógico pensar que la sociedad, decepcionada, vaya en busca de otras propuestas. El peligro reside en que, frente a un panorama adverso y ante la negativa de la élite política de realizar un auténtico ejercicio de autocrítica, las responsabilidades del fracaso electoral le sean asignadas únicamente a las facciones progresistas, en un intento por adecuarse a un clima de época derechizado.

Estos colectivos sociales asociados al progresismo, principales víctimas hoy de los discursos de odio de las nuevas derechas, parecen abogar por causas que ya no movilizan a una sociedad individualizada y fragmentada. Sin embargo, parecen ser también los únicos actores capaces de defender con convicción un proyecto político, frente a un amplio conjunto de facciones políticas tradicionales que, en pos de evitar promover un plan que no coincida con los ánimos sociales, optan por respaldar programas vacíos.   

Es entonces que cabe preguntarse si, en un contexto de desafección política creciente, la clave de los éxitos y fracasos electorales sea esencialmente ideológica. Porque quizás, se trata menos de olas capaces de imponer nuevos paradigmas, y más de promesas incumplidas que renuevan heridas, que desgastan ofertas partidarias y deterioran sentidos de representación.  

Hoy existe un claro descontento social con la política que trasciende las fronteras, impide las reelecciones y promueve la polarización y radicalización de las ofertas partidarias. Lo que no es claro es si bastará con radicalizar los discursos y esperar a que el péndulo vuelva por inercia, o si el continuo desgaste de ofertas partidarias vacías no arrasará con todo a su paso.    

Sabi Menedin es estudiante de Ciencia Política (UBA). Le interesa la teoría política, la política latinoamericana y todo aquello que ayude a comprender críticamente la realidad (sin morir en el intento). En su tiempo libre, le gusta leer e ir al cine.

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