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EL TIEMPO EN NUESTROS TIEMPOS

por Mateo Resk*

Si la ansiedad es el estado de ánimo de nuestra época, si el único futuro que podemos imaginar es el del fin del mundo y si los discursos del pasado no sirven para hablar del presente es porque, entre otras cosas, el tiempo ya no es igual que antes. Las ciencias sociales y la filosofía, parecieran no abordar la cuestión con voluntad. Es que no es fácil meterse con el tiempo: basta ver la despeinada cabellera de Einstein… o la de Hamlet.


Ensayo - Por Mateo Resk
25 de septiembre, 2024

La vertiginosidad y la incertidumbre son características indiscutibles de nuestros días. Todo pasa muy rápido, sin pausa, sin respiro. La ansiedad, la sobreestimulación y la imposibilidad de proyectar el futuro, son sensaciones altamente generalizadas en la juventud. Estos, y otros fenómenos están ligados entre sí, conectados a un tema sobre el cual se ha hablado mucho, pero, a la vez, muy poco (ya veremos esto). Desde los caudillos del posmodernismo noventero (Baudrillard, Bauman, Lipovetsky, Jameson), hasta los herederos de algunas de esas discusiones (Zizek, Fisher, Byung-Chul Han, y los aceleracionistas), la cuestión del tiempo ha sido ampliamente pensada y discutida. La rareza, y a esto me refería recién, es que no hay, en el mundo de las ciencias sociales y humanas actuales, “teóricos del tiempo”, o libros cuyos títulos refieran directamente al tiempo. Pareciera que, aunque es un problema estructurante de muchos otros de los problemas de nuestra época, nadie quiere abordarlo de frente, con nombre y apellido. Nadie se atreve a tocarle el hombro y decirle: oiga, Mr. Time, estamos hablando de usted. Aunque hay quienes lo intentan, la mayoría de las veces se habla del tiempo como al pasar, como si se estuviese hablando de otra cosa, de refilón. Es que, en cuanto empezamos a pensar el asunto, nos sentimos en la sombra de un pie de enormes dimensiones, de un gigante coloso, y tenemos la extraña certeza de que, en cuanto levantemos la vista para observarlo mejor, seremos aplastados con todo su peso. 

¿Qué es el tiempo? ¡Qué pregunta! Uno de los grandes problemas que tenemos a la hora de pensar el tiempo, en las ciencias sociales, es que nuestro concepto del tiempo, lo hemos heredado de las ciencias naturales (gran parte de nuestro lenguaje es herencia de las ellas), pero nunca lo hemos actualizado. Fue Newton (1643-1727) quien pensó al tiempo y al espacio como dos entes separados, autónomos, y como magnitudes absolutas, es decir, inmutables en su existir, y medibles de idéntica manera para todos los observadores (abro un gran paréntesis, porque es momento de aclarar que algunas de las ideas desarrolladas a continuación son parte (por momentos directamente un afano) del libro El Orden del Tiempo, de Carlo Rovelli, físico italiano, cuya lectura recomiendo profusamente a todo aquel que le interese, no solo la cuestión del tiempo, sino también la historia y la evolución de la física, o la relación entre filosofía y física). Newton presupone que el tiempo discurre independientemente de qué cambia o de qué se mueve. Como dice Carlitos, el tano del que les contaba: esto, que nosotros hemos convertido en algo natural, no es una intuición antigua y natural de la humanidad. Hasta Newton, para la humanidad el tiempo era el modo de contar cómo cambian las cosas. Hasta él, nadie había pensado que pudiera existir un tiempo independiente de las cosas. Es esta concepción del tiempo, y no otra, la que han adoptado las ciencias sociales (y, podemos decir también, todos nosotros). No sabemos concebir el tiempo de otra manera que como un ente universal, que discurre uniformemente, independientemente de todo lo demás, desde el principio de los días, hasta la eternidad.

A quien sí le interesó pensar el tiempo de otra manera, afrontó el desafío y salió airoso, fue a nuestro amigo mundialmente conocido: Albertito Einstein. Gracias a Tito, y a su teoría de la relatividad, sabemos que el tiempo y el espacio no son independientes entre ellos, y que juntos tejen una de las “dimensiones” del universo: el campo gravitatorio. Por eso, son relativos (a la velocidad de los cuerpos que los circundan, al marco de referencia, etc.). Pero, sobre todo, gracias a Einstein entendemos que no existe un solo tiempo en el universo: cada punto del universo tiene su propio y único tiempo. La relatividad es un tema complejo, y estoy muy lejos de ser un gran conocedor del tema, pero creo que podemos hacer un ejercicio interesante sirviendonos de algunos de sus postulados, para pensar, ahora sí, el tiempo en nuestros tiempos. 

Según la teoría de la relatividad especial, si nos movemos a grandes velocidades, el tiempo pasa más lento para nosotros. Es decir, si partimos desde la Tierra, en una nave que viaja a una velocidad cercana a la de la luz, y luego de unos meses de viaje, regresamos, nos toparemos con que, lo que para nosotros fueron solo unos meses de vida, en la Tierra significaron años. Esto, por supuesto, es imposible de lograr en la actualidad: la nave más rápida que se ha construido en la historia, alcanza sólo un 0.05% de la velocidad de la luz. Lo que sí puede viajar mucho más rápido que esa nave, a casi el 70% de la velocidad de la luz, y por debajo del océano, son los datos. El internet se ha convertido en la red espacio-tiempo donde se vive, se charla con los amigos, se discute de política, se consume arte, se produce, se “descansa”, en síntesis, el lugar donde uno es alguien, donde transcurre la existencia. La red de fibra óptica que conecta el mundo es el fundamento de la instantaneidad contemporánea, que hemos naturalizado gracias a nuestros celulares, televisores, computadoras, pero que representa un punto de inflexión en la historia de la humanidad, y en nuestra relación con el tiempo.

Pero si, como dijimos recién, a más velocidad el tiempo se hace más lento, ¿por qué en nuestras sociedades pareciera que el tiempo pasa más rápido? ¿Por qué el tiempo también está acelerado? Ilusión óptica. La realidad es que hoy, el tiempo no pasa más rápido que antes. Hoy el tiempo no pasa, no existe. La aceleración de la comunicación nos sumergió en el imperio de la instantaneidad. De ahí nuestra incapacidad para imaginar el futuro, y la dificultad para vincularnos con nuestro pasado, para recuperar antiguas figuras de lucha. La inestabilidad abismal que vivimos tiene que ver con nuestra relación con el tiempo. Por supuesto: nuestra relación con el tiempo está totalmente vinculada al capitalismo global, y por ello, a otros fenómenos derivados. No es eso lo que discuto. Simplemente, creo que el foco de la academia, ha pasado por alto un problema central de nuestra época, y, por ende, una posible respuesta a otros grandes problemas. Debemos discutir qué pasa con nuestro tiempo, por qué se nos escapa de las manos y por qué no entendemos los fantasmas del pasado ni podemos soñar el futuro. “The time is out of joint”, dijo Hamlet, hace más de 400 años. Habría que leer más a Shakespeare en la Facultad de Ciencias Sociales. Y a Einstein.

* Mateo es artista y estudiante de Ciencia Política en la Universidad Nacional de Córdoba. Aunque interesado en muchas y diversas cosas, la filosofía política y las discusiones en torno a la era digital son sus principales atracciones en el ámbito académico. Gustoso de comprar libros (aunque no los lea) y de escuchar música. Tiene a su novia a la distancia y eso es un garrón. El resto... en la lucha.

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