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El regreso de la ballena sei: ciencia, memoria y bienes compartidos

por Sarai Avila*

Después de más de 120 años, la ballena sei, una presencia casi ausente durante décadas, volvió a las costas de Comodoro Rivadavia y Punta Marqués, en la provincia de Chubut. Su regreso nos interpela: ¿qué hacemos con el mar que habitamos?, ¿qué lugar le damos al conocimiento científico?, ¿desde qué mirada pensamos nuestra relación con otras especies?


Crónica - Por Sarai Avila
11 de enero, 2026

El pasado 9 de diciembre fui a ver el documental “Sei, la ballena desconocida”. Al evento no fui solo como espectadora. Fui también como alguien que ama profundamente a los cetáceos. Desde hace años los estudio, los sigo, los apadrino. Que hayan vuelto a la ciudad que habito me emociona. Me resulta increíble, casi mágico, compartir el mismo tiempo y el mismo espacio con seres tan enormes y magníficos. Habitar el mismo territorio que ellas transforma la mirada del mundo.

El film es una producción de Jumara Films en colaboración con National Geographic Pristine Seas. Documenta la sorprendente reaparición de la ballena sei (Balaenoptera borealis) en el Golfo San Jorge, donde se infirieron más de 2.500 ejemplares, un evento inédito que generó sorpresa y nuevas preguntas en la comunidad científica. Tal como señalan desde el equipo de investigación, el proyecto fue posible gracias a la articulación entre organismos públicos, el sistema científico, el sector privado y distintas instituciones que se fueron sumando con recursos y apoyo logístico.

El proyecto combina registros históricos, trabajo de campo, uso de drones y estudios genéticos, y da cuenta de una especie que fue diezmada por la caza ballenera industrial durante el siglo XX, cuando miles de ejemplares fueron capturados en el hemisferio sur bajo una lógica extractiva que consideraba a las ballenas como meros recursos. Esa práctica llevó a la ballena sei al borde de la extinción y borró su presencia de los registros patagónicos durante más de un siglo. Que hoy vuelva a ser observada en gran número en la Patagonia no es solo un dato científico: cuando una especie llevada al borde de la extinción reaparece, el mar habla. Habla de décadas de explotación, de ecosistemas alterados y también de los cambios —ambientales, productivos o regulatorios— que hacen posible ese regreso. Por eso, la ballena sei nos obliga a revisar cómo extraemos, cómo cuidamos y cómo convivimos con un mar que no nos pertenece solo a nosotros. 

Salí de la sala con una mezcla de asombro, alegría y sentido de responsabilidad. Asombro porque las ballenas nunca dejan de sorprender. Alegría porque el conocimiento científico se expanda y llegue a más personas. Y responsabilidad, porque la ballena sei no “volvió” sola: volvió a un ecosistema tensionado y a una sociedad que todavía discute qué entiende por desarrollo.

La ballena sei es el tercer rorcual más grande del mundo. Puede medir hasta 20 metros, tiene un cuerpo estilizado, una aleta dorsal prominente en forma de hoz, además de ser una de las ballenas más rápidas. Habita aguas templadas y subpolares, migrando hacia zonas frías para alimentarse y a aguas más cálidas para reproducirse. Sin embargo, a pesar de su tamaño, es una de las especies menos conocidas. Pasa gran parte de su vida en aguas profundas, lo que dificulta el estudio de su comportamiento, sus rutas migratorias exactas y su interacción con la actividad humana.

Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), la ballena sei está catalogada como especie en peligro de extinción, con una población mundial estimada en alrededor de 50.000 ejemplares. Las colisiones con embarcaciones, la contaminación y la pesca siguen siendo las amenazas más concretas.

En el Golfo San Jorge, investigadores vinculados al sistema científico nacional y a la universidad pública local realizan desde hace años tareas de monitoreo, investigación y divulgación. Su trabajo no se limita al registro de datos: también construye conocimiento desde el territorio y para la comunidad, incluso en contextos de ajuste y desfinanciamiento de la ciencia.

En este contexto, el regreso de las ballenas también comenzó a ser observado y acompañado por la ciencia. A partir de este fenómeno, el Proyecto Cetáceos GSJ —integrado por un grupo de científicos y científicas del CONICET en el Centro Nacional Patagónico (CENPAT) y de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco— lleva adelante estudios exhaustivos para comprender qué está ocurriendo. El equipo investiga a pulmón, como suele hacerlo la ciencia pública, y al mismo tiempo desarrolla tareas de divulgación para la ciudadanía. Trabajan en articulación con fundaciones, municipios y empresas, y sostienen espacios de diálogo que incluyen charlas en escuelas y actividades abiertas, entendiendo que conocer es también una forma de cuidar. 

La divulgación científica resulta clave en este proceso. No alcanza con que el conocimiento quede encerrado en papers o congresos: necesita circular, traducirse, llegar a escuelas, barrios y medios comunitarios. Necesitamos historias que conecten ciencia y emoción, datos y experiencia, investigación y política pública.

Hablar de ballenas es hablar del mar como un sistema vivo, complejo y compartido. No se trata solo de una especie “carismática”, sino de un engranaje clave en el equilibrio de los océanos. Las ballenas cumplen un rol central en la regulación del clima, la circulación de nutrientes y la salud de los ecosistemas marinos. El regreso de la ballena sei nos invita a corrernos del centro y reconocer que no somos los únicos habitantes legítimos de este territorio.

Pero esta emoción no es ingenua ni ahistórica. Que hoy las ballenas vuelvan a aparecer frente a nuestras costas no borra las décadas en las que dejaron de hacerlo, ni las razones que las expulsaron. Durante años, el mar fue pensado bajo un modelo de desarrollo que priorizó la explotación, el tránsito, el ruido y la contaminación por sobre la vida que lo habita. La ausencia de estos grandes cuerpos fue también una forma de decirnos algo: que había prácticas incompatibles con su presencia. Por eso, su regreso no puede leerse solo como un milagro natural, sino también como una pregunta política aún abierta sobre cómo habitamos este territorio y qué límites estamos dispuestos —o no— a respetar. Porque sin políticas públicas sostenidas, el cuidado del mar queda librado a la buena voluntad. La protección de los ecosistemas marinos, el financiamiento de la ciencia, la regulación de las actividades extractivas y la educación ambiental no pueden ser optativas. 

La ballena sei volvió después de más de un siglo. No sabemos si se quedará, si volverá a irse o si otras seguirán su camino. Lo que sí sabemos es que su presencia nos deja una pregunta abierta: ¿estamos a la altura de este regreso? Tal vez la respuesta empiece por escuchar más, extraer menos y comprender que los bienes naturales no nos pertenecen: los compartimos. Con las ballenas, con el mar y con quienes vendrán después.

Sarai Avila es estudiante de último año de la Licenciatura en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y redactora de periodismo de investigación. Le interesan las narrativas y los discursos que circulan en lo cotidiano, y la forma en que modelan hábitos, percepciones y comportamientos.  

Mención especial a Francisco Yakimovicz por las fotos y a Keila Asenie, que siempre me explica todo con tanta ternura y pasión, ambos estudiantes avanzados de la Licenciatura en Ciencias Biológicas por la UNPSJB. 

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