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EL ODIO Y EL MIEDO SE NOMBRAN: crímenes de odio contra la comunidad LGBT

por Tomás Ordoñez*

Caminar por la calle no significa lo mismo para todos los cuerpos. Dos ataques separados por kilómetros, unidos por la misma violencia. Los casos de Mar Verdún y Samuel Tobares exponen cómo el espacio público es cada día más hostil para la comunidad LGBT en la Argentina. 


Ensayo - Por Tomás Ordoñez
22 de enero, 2026

En el Tigre, la noche de año nuevo alcanzó temperaturas de 38 grados. El calor no cedía y los abanicos desfilaban de mano en mano por la larga mesa que habíamos dispuesto bajo la araucaria del jardín de mi padre. A las doce brindamos. Terminada la mesa dulce, la humedad seguía aturdiendo, aunque, de todos modos, una ráfaga de viento trajo cierta sensación de alivio. Igualmente, nosotrxs, entre copas, anécdotas y juegos de mesa resistimos al aire libre. Decidimos no salir: volcaríamos colchones sobre el piso y sobre ellos dormiríamos. 

Mar Verdún, una joven trans vecina de Tigre, sí salió. En la madrugada del primero de enero, tras haber cenado con su familia, recorría las calles de Don Torcuato. Me imagino que caminaba con aquella soltura e ilusión que consigo trae el Año Nuevo - una fe ciega, casi obstinada, depositada en un nuevo periodo que se abre como cuaderno en blanco, listo para contonearse a gusto de cada unx. Pero el paseo no fue grato, más se transformó en una feroz pesadilla. 

El informe policial redujo el hecho a un robo, pero Mar fue interceptada por una patota y violentada con crueldad. Le pegaron patadas en la cabeza, la atropellaron con una moto y hasta le gatillaron un arma de fuego. Le gritaron “te crees mujer” y “te vamos a matar por puto de mierda”. Un grupo de vecinos y vecinas oyó los chillidos y la socorrió. Solo entonces la golpiza se detuvo.  

Semanas antes, en Parque Síquiman —una pequeña localidad ubicada entre Cosquín y Villa Carlos Paz— Samuel Tobares, un joven de 34 años, moría asfixiado: su rostro hundido en el piso y su cuerpo inmovilizado bajo el peso de dos policías. Aunque era oriundo del lugar, Samuel se encontraba de pasada por el pueblo. Esperaba el colectivo en la ruta, la única calle de cemento de la localidad serrana; el resto son de tierra.

Entonces le pegan una piña y él empieza a perder el equilibrio, y escucho que le gritan “puto de mierda” y, cuando se cae al piso, lo patean.” explica Guillermo, un vecino que, escondido bajo los árboles de la entrada de su casa, observó el suceso.

Hoy en día caminar por el parque, tomar el transporte y demás tareas cotidianas no están exentas de peligro para nadie. La inseguridad es un fenómeno por momentos difícil de escapar. Pero habitar el espacio público cuando el cuerpo habla y dejar ver que sos marica, puto, trava es otra historia.Con el gesto marica se dispara el macho vengativo”, recuerda Cristian Alarcón.

Desde un cuerpo que aún se recompone, que todavía duele, que quiere sanar, Mar escribe, "Hace poco, el odio se manifestó en forma de patota; fueron varios contra una, buscando no solo golpearme, sino borrar mi existencia.”  

El ataque a Mar no debe ser leído como mero hecho aislado, sino que ha de entenderse como un ataque al colectivo de disidencias. Su objetivo: asustar, corregir y disciplinar a aquellas existencias que incómodan a la norma cisheterosexual, que, como todo aquello sin asidero, busca imprimirse a la fuerza en todos los cuerpos, desde los primeros minutos de vida hasta el último gesto.   

Samuel y Mar son algunos de los nombres propios que emergen de las crecientes cifras que contabilizan los crímenes de odio. En el primer semestre de 2025 se registraron 102 atentados contra personas, en los que la orientación sexual, la identidad y/o la expresión de género de las víctimas fueron el factor que impulsó la violencia. Esta cifra representa un aumento del 70 % respecto del mismo período del año anterior. El dato se difundió en algunos medios - pequeños en su mayoría, quizá especializados - y en algunas páginas web de ONG. Los dos diarios de mayor tirada nacional no hicieron mención alguna. 

Argentina logró ser faro durante algún tiempo en materia de derechos para las disidencias. Hoy lo que parece avanzar, además de la precariedad, el desempleo y el descalabro de los servicios públicos, es el discurso supremacista homo/transfóbico del oficialismo. 

En una recopilación de escritos a cargo de Mariana Enriquez, la activista y escritora trans Claudia Rodriguez escribe: “Ahora marcho por el centro de Santiago y protestó, porque el odio y el miedo se nombran”. En esa estela, el 7 de febrero tendrá lugar la segunda marcha del orgullo anifascista en Buenos Aires y distintos lugares del país. La organización se viene gestando desde hace varios meses y pretende ser masiva. Su consigna impugna todo intento de ensanchar los márgenes, de confinarnos a los bordes de lo vivible, de condenarnos a la desaparición simbólica y material: “Acá no sobra nadie. Ninguna vida es descartable”.

Tomás es Politólogo (UBA). Le interesa la teoría política, los estudios sobre la opinión pública y la literatura. Trabaja de docente y cuando puede, lee. 

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