El negocio del ocio: cuando el descanso también es productivo
Talleres exprés de cerámica, campamentos de yoga, aplicaciones que miden la lectura: el ocio ya no es un espacio de descanso, sino un producto más. En tiempos de hiperproductividad, el tiempo libre se compra, se vende y se mide. ¿Dónde quedó el derecho a la pereza?
Opinión - *Por Sarai Ávila
18 de noviembre, 2025
En una sociedad obsesionada con la productividad, el ocio ya no es simplemente un derecho, sino un producto que se vende. En los últimos años, se ha visto la proliferación de experiencias diseñadas para que haya una “desconexion”, pero que paradójicamente terminan siendo una forma más de consumo. El descanso dejó de ser un derecho y se convirtió en un privilegio que se compra.
Paul Lafargue, en El derecho a la pereza (1880), defendía la importancia del tiempo libre frente a la explotación laboral, argumentando que el trabajo excesivo era una imposición artificial y que la verdadera libertad se encontraba en el ocio. Su crítica al capitalismo industrial sigue vigente: el sistema nos ha inculcado que el valor del individuo depende de su productividad. Hoy, el trabajo no es solo una obligación, sino un imperativo moral, y el ocio, en lugar de ser un derecho, se ha transformado en una mercancía o en una culpa.
Ejemplos sobran: la lectura, que antes era un placer individual, ahora se mide en aplicaciones como Goodreads, donde los usuarios compiten por quién lee más libros en un año. El descanso físico también se evalúa y monetiza: desde las aplicaciones que cuantifican la calidad del sueño hasta la popularidad de los "campos de retiro" que prometen desintoxicar del estrés urbano en un fin de semana. No se trata solo de que el ocio sea mercantilizado, sino de convertirlo en un parámetro de rendimiento. Si alguien pasa la tarde viendo videos sin generar algo "útil", corre el riesgo de ser visto como improductivo, irresponsable o, peor, un vago. El descanso ya no es una pausa, el capitalismo convirtió hasta el ocio en una tarea más en la lista de pendientes.
Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio (2010), describe cómo la autoexplotación ha reemplazado a la explotación tradicional. En su análisis, el sujeto contemporáneo se siente libre, pero en realidad es esclavo de su propia exigencia de rendimiento. En este contexto, la pereza no es solo mal vista, sino que se vuelve intolerable: debemos estar siempre en movimiento, incluso en nuestro tiempo libre. De ahí que las redes sociales estén llenas de frases motivacionales sobre "aprovechar el tiempo" y "no perder el día": Si el descanso no genera un beneficio visible, se considera un desperdicio de tiempo
Los datos respaldan esta tendencia. Un informe de la Organización Mundial de la Salud (2022) reveló que los casos de burnout han aumentado un 25% en la última década, mientras que un estudio de Deloitte (2023) encontró que el 77% de los trabajadores han experimentado agotamiento en sus empleos. Burnout es un estado de agotamiento físico, emocional y mental causado por el estrés crónico en el trabajo o en situaciones de alta presión. Se caracteriza por la sensación de estar abrumado, desmotivado y desconectado de las tareas diarias, lo que afecta la capacidad de la persona para funcionar de manera efectiva en su entorno laboral o personal. Es comúnmente asociado con una falta de control, sobrecarga de responsabilidades, y una desconexión de los logros y el sentido del trabajo realizado. Si bien se asocia principalmente al ámbito laboral, también se extiende a la vida personal: el tiempo de ocio ha dejado de ser un refugio y se ha convertido en otra fuente de exigencia.
El problema es que, en este modelo, el descanso deja de ser una necesidad humana y se convierte en una herramienta de optimización. Dormir bien es "importante para rendir mejor", meditar ayuda a "potenciar la creatividad" y hacer yoga "mejora la productividad". Así, incluso lo que debería ser un respiro termina sirviendo al mismo sistema que agota.
La mercantilización del ocio no solo ha cambiado la relación con el descanso, sino que ha reforzado la idea de que el valor de las personas se mide en función de su capacidad de producir. Tal vez el desafío no sea simplemente reclamar más tiempo libre, sino reaprender a usarlo sin sentir culpa, sin la necesidad de justificar cada actividad como "productiva". Posiblemente, como proponía Lafargue, la verdadera revolución pase por reivindicar el derecho a la pereza en su sentido más puro: disfrutar del ocio sin agenda, sin métricas y, sobre todo, sin la presión de convertirlo en un producto más del mercado. Es posible que la cuestión sea dejar de ver el ocio como un instrumento para “recargar energías” y empezar a entenderlo como lo que es: un derecho, no una mercancía. "Si el ocio se mide, si el descanso se planifica, ¿realmente es descanso?"
*Sarai Avila es estudiante de último año de la licenciatura en Ciencia Política (UBA), especializada en opinión pública, con experiencia en investigación y redacción en temas políticos, sociales y culturales.
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