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EL CHIVO EXPIATORIO

por Genaro Senegaglia

Cada vez que Argentina entra en crisis reaparece el mismo culpable de siempre: el extranjero pobre. Mientras el enojo social apunta hacia abajo, los verdaderos responsables suelen quedar fuera de escena.


Por Genaro Senegaglia – Ensayo
23 de junio, 2026
5 minutos de lectura

En la antigüedad los griegos llamaban “bárbaros” a quienes hablaban otra lengua. Roma adoptó esa idea y la utilizó para señalar a los pueblos que consideraban inferior a ellos. Desde entonces, muchas sociedades repiten el mismo mecanismo: cuando aparecen problemas difíciles de resolver, buscan un enemigo visible al que culpar.  

Argentina conoce bien esa lógica, cada ciclo de crisis reactiva discursos ya conocidos: sube la inflación, cae el salario o aumenta la incertidumbre, y rápidamente aparecen frases como que los inmigrantes quitan trabajo, saturan hospitales, ocupan escuelas o traen inseguridad. Son explicaciones simples para problemas complejos, y por esa razón funcionan tan bien. Cuando la economía se rompe, el prejuicio aparece como respuesta rápida. La población migrante en Argentina representa una porción minoritaria y relativamente estable desde hace años. No existe ninguna “invasión” demográfica ni un reemplazo masivo de trabajadores locales. Sin embargo, la figura del extranjero pobre conserva una enorme eficacia simbólica porque sirve para canalizar frustraciones sociales. No se culpa al que especula con precios, al que fuga capitales o al que concentra mercados. Se culpa al vendedor ambulante, al albañil, a la trabajadora doméstica, al puestero de feria; es decir, a quien menos poder tiene. 

La construcción de este prejuicio se alimenta desde ciertos discursos políticos y coberturas mediáticas. Cuando un delito es cometido por una persona extranjera, muchas veces la nacionalidad ocupa el centro de la noticia; cuando el responsable es argentino, ese dato no importa. Tomemos como ejemplo el femicidio de Brenda, Morena y Lara. Los medios de comunicación —intuyo, amigo lector, que sabes a qué canales me refiero— estaban más preocupados por saber a qué nacionalidad pertenecían los asesinos que por preguntarse o poner sobre la mesa de debate como la pobreza marginó a las chicas, privandoles de una mejor calidad de vida. La repetición de noticias de esta índole no informan pero consolida una imagen distorsionada donde el inmigrante aparece asociado al delito, al abuso estatal o a la competencia desleal, aunque la evidencia no acompañe esas afirmaciones. Esto sucede porque no hace falta que una noticia sea cierta para que tenga efectos políticos. Por ejemplo, uno de los prejuicios más repetidos sostiene que los inmigrantes “quitan trabajo”. Pero en muchos casos ocupan empleos precarizados, mal pagos o informales que el propio mercado laboral local no logra cubrir con facilidad —construcción, horticultura, costura, tareas de cuidado y changas urbanas—, empleos con baja remuneración e informales. Otro mito afirma que “colapsan” hospitales y escuelas. La realidad muestra algo más simple: utilizan servicios públicos como cualquier habitante que vive, trabaja y aporta en el país. Lo que se presenta como abuso suele ser, en verdad, simple y llanamente una convivencia social. Además, se omite el hecho que están utilizando servicios públicos como cualquier otro ser humano; siendo esto una garantía constitucional de cualquier país que se haga llamar democratico.  

La xenofobia no nació ayer, cambian los nombres pero no el mecanismo. Siempre hay un “otro” disponible para explicar aquello que no se quiere discutir en serio. A fines del siglo XIX, mientras el Estado promovía la inmigracion, los europeos del norte, de ética protestante, eran recibidos con los brazos abiertos, mientras que los mediterráneos, católicos en su mayoría, eran tratados con desdén; el recordado “papolitano” del Martin Fierro nos deja un buen ejemplo. Este rechazo se repitió durante el siglo XX: en los años 90, en plena aplicación de políticas neoliberales, resurgió el discurso según el cual los inmigrantes limítrofes “presionaban salarios a la baja”, pese a que ningún estudio lo corroboraba.

¿Por qué funciona tan bien? Esta incógnita puede ser abordada desde diferentes ángulos. Desde el plano de la psicología, para un individuo culpar a otro resulta más confortable que hacer una crítica sobre los errores propios o intentar entender la complejidad de las problemáticas que lo interpelan a su país. De tal modo, resulta más fácil y saludable para la mente del ciudadano común, echar la culpa de todos los males al inmigrante; en vez de pensar que los problemas económicos —tanto a nivel macro como micro— son complejos e involucran a las clases más poderosas y pudientes del país. Mientras “Miguel” el almacenero del barrio dice “estos bolitas nos dejan sin laburo”, los sucesivos gobiernos dejan que un empresario inglés compre todas las hectáreas que desee de la Patagonia. Mientras “Norma” la jubilada dice “los paraguayos vienen a vender droga”, la herida de muerte a la economía nacional ocurre con los millonarios que realizan evasión fiscal. 

En Argentina, la narrativa antiinmigrante cumple una función: es una cortina que permite a las élites económicas no ser interpeladas.


Genaro Senegaglia es estudiante del Profesorado Superior de Ciencias Sociales en Concordia, Entre Ríos. Interesado en la historia política, los discursos públicos. En su tiempo libre lee y escribe cuentos, ensayos históricos/políticos y poemas

 

(D)
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