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 ENTRE DR. JEKYLL & MR. HYDE: LUZ, OSCURIDAD Y EL APAGÓN DEL CINE NACIONAL

por Mila Mondello

Toda la vida se redujo a esa sala de cine. Todavía siento que no hay nada más para mí: no lo vi todo ni por asomo, pero no quiero ver (en el sentido más comprometido del verbo) nada que pueda sacarme este gusto a genialidad de la boca. Toda mi alma quedó esparcida y machucada por la Avenida Figueroa Alcorta después de ver la que es, por ahora, una de las mejores películas que vi en mi corta vida.  


Por Mila Mondello
28 de junio, 2026
5 minutos de lectura

El día que encontré mi película favorita

El MALBA, en colaboración con Revista Encuadra, realizó durante el verano un ciclo de cine gótico. El cine gótico no es un género cinematográfico estricto: no abarca una temática ni pertenece a una época particular, y tampoco tiene una técnica determinada. Podríamos entenderlo como un concepto mucho más elástico, que abraza y reúne a aquellas películas que comparten una sensibilidad y una decisión: mostrar, y así sacar a la luz lo oscuro, lo que solemos esconder debajo de la alfombra, aquello que molesta, que hace ruido, que duele. Es el cine que logra mostrar con belleza la oscuridad, que la asume como parte inevitable de nuestra realidad y decide jugar con ella antes que juzgarla.

En el marco de este ciclo fui a ver Dr. Jekyll y Mr. Hyde dirigida por John S. Robertson en 1920. Aprovechando que la película es muda, la proyección estuvo acompañada por música en vivo. Fernando Peña, responsable del área de cine del Malba, se encargó de traducir en el momento los intertítulos.   

Durante toda la película sentí al corazón coqueteando con la última capa de mi piel, intentando salir disparado del pecho, no hay nada mejor que el dolor exquisito de la conmoción. Cuando una película excede el plano de las ideas y pasa al cuerpo, cuando un peso superior te impide levantarte de tu asiento y convivís por unos minutos con la sensación de que nunca más vas a poder salir de ahí, es en esos momentos en los que el cine cobra todo el sentido del mundo y logra su máxima función: sensibilizar de maneras que ninguna otra cosa lo logra. El cine nacional me brindó la oportunidad de descubrir una de mis películas favoritas; sin el MALBA y sin las curadoras del ciclo yo no hubiera accedido a conocerla, menos aún a verla con una intervención en vivo.  

Ir al cine en Argentina

Hoy en día, el cine argentino está atravesando un momento complicado. La venta de entradas (tanto de películas nacionales como internacionales) cayó un 22,93% con respecto al año pasado y la producción nacional 26%. La situación podría explicarse, en primer lugar, por la crisis socioeconómica, ya que cada vez hay menos espacio para el ocio en la vida de una persona promedio: la gente no tiene la plata ni el tiempo para ir al cine. Vivimos en una sociedad agotada, que invierte todo su tiempo en sobrevivir. Trabajar, comer y pagar el alquiler: en eso estamos los argentinos. Bajo este contexto, es complicado imaginarse un cine nacional avasallante, a pesar del auge creativo y el enorme potencial.

Otro factor que explica esta situación es el desplazamiento del cine como fuente principal de entretenimiento. Las nuevas tecnologías y la economía de plataformas instalaron otras maneras de acceder al ocio: las redes sociales, las plataformas de streaming pagas y los videos de YouTube. 

Hoy en día podemos entretenernos sin necesidad de salir de nuestras casas y, en una sociedad agotada, es lógico que se opte por esos formatos, que además aportan a la consolidación de una manera de pensar propia de nuestros tiempos. Estas nuevas maneras de consumir productos culturales nos acostumbran a la inmediatez, a los períodos de atención cortos, al multitasking y a la necesidad de estímulo constante.

Además de las causas socioeconómicas, hay una causa política fundamental: la decisión del Gobierno Nacional de realizar un ajuste económico brutal que no permite el crecimiento ni la difusión de este sector. Se implementaron recortes presupuestarios, reducción de personal del INCAA y eliminación de fondos de apoyo para producciones locales. Si hay una sociedad que cada vez apuesta menos a los cines como forma de acceso a la cultura, el Estado Nacional acompaña y acelera este proceso.

Sobre la película  

Dr. Jekyll & Mr. Hyde, es un clásico ambientado en la Londres de 1880 que tiene como protagonista a un sofisticado científico que siente cómo aflora en él un costado oscuro. Jekyll es un hombre que no puede lidiar con esa contradicción y ni él ni su imágen social le permiten moverse con naturalidad y aceptar ese costado. Sin embargo la inquietud crece y siente la necesidad de materializarlo en otro cuerpo, uno propio de la maldad. La doble corporalidad le proporciona un marco de liberación y, a partir de eso, empieza a descubrir su malicia y a vincularse con ella.

La ambientación y los interiores característicos de la época (a pesar de estar filmada 40 años después del lanzamiento del libro) resultan claves a la hora de mostrar esta dualidad entre Jekyll y Hyde. Jekyll vive en una casa elegante, con techos altos, amueblada impecablemente y cuidada por un mayordomo. Por el contrario, Hyde nace en el laboratorio de Jekyll, que con el correr de la película se vuelve un espacio oscuro y secreto que siempre estaba bajo cerradura. Luego, Hyde se muda a un departamento descuidado de un ambiente, ubicado en un barrio de clase baja donde decide pasar sus noches.   

Podemos pensar que hay un ambiente transitorio que funciona como punto medio entre ambos costados: el hospital de pobres que dirigía Jekyll, dónde pasaba sus días relacionándose con los sectores más rotos y porfiados de la sociedad londinense. La película se esfuerza tremendamente por mostrarnos la oscuridad y la suciedad como elementos indisolubles de la realidad. El hospital de pobres resulta un elemento simbólico fundamental para la trama y el espíritu de la película: Jekyll codeándose y obsesionándose con “lo maltratado”para luego reconocer ese gen en sí mismo.

La película está filmada con tranquilidad y neutralidad: no tiene tintes forzados de tragedia ni de terror, la cámara deja que la historia y su encarnación se luzcan por su propia potencia, hay una confianza total. No hay una estimación o romantización de la oscuridad, tampoco una crítica o una visión condenatoria, se narra desde un punto de vista neutro y piadoso.

La extensión de algunas escenas poco relevantes para la trama, pero sí para el desarrollo de ambos personajes, es otro de los elementos que me fascinaron. Hay escenas larga destinadas a mostrar los bares a los que acude Hyde (que Jekyll odiaba) y sus conversaciones con los personajes de la noche con los que empieza a vincularse. Otra gran escena, que va en esta sintonía, es cuando Hyde ataca impulsivamente a unos niños de clase baja que jugaban con una escoba.  

Son momentos que no suman detalles cruciales a la trama, pero que aportan a la diferenciación letal de ambas caras de la moneda, y son filmados con una agudeza irreverente, aferrándose a aquellas cosas que no deberían ser mostradas: la suciedad, la pobreza, la rotura. La película decide darle entidad a estos detalles, una decisión osada y deliciosa.

La transformación paulatina de Jekyll a Hyde es alucinante, no sólo el cambio físico, sino la manera de mostrar los dos costados que conviven en un mismo cuerpo y, mejor aún, la vinculación textual que existe entre ambos. Hay que reconocer la responsabilidad primaria del actor, el fabuloso John Barrymore.

La sensibilidad y la conexión indisoluble entre la estética y la historia son cosas que ninguna modernización puede suplir, es algo que se nota a leguas. Todos los elementos cinematográficos en esta película están pensados alrededor de la trama y dejan entrever el respeto por la historia y por el personaje.

Si la película es magistral por su propio peso, la música que la acompañaba en vivo la enalteció, el arte se retroalimentó y giró en una misma órbita al menos por una hora y media. Me sentí en un videoclip de Echo & The Bunnymen eterno. Estoy segura de que si Robertson hubiera tenido la posibilidad de pensar el sonido de su obra, hubiera querido que sonara así.   

El cine permite vivir  

Toda la vida se redujo a esa sala de cine. Todavía siento que no hay nada más para mí: no lo vi todo ni por asomo, pero no quiero ver (en el sentido más comprometido del verbo) nada que pueda sacarme este gusto a genialidad de la boca. Toda mi alma quedó esparcida y machucada por la Avenida Figueroa Alcorta después de ver la que es, por ahora, una de las mejores películas que vi en mi corta vida.

El cine nos permite vivir experiencias que en nuestras casas no podemos igualar, descubrir eso que de otra manera no se puede descubrir. Ante la caída de este sector, es momento de reivindicar la necesidad de tener cines a precios accesibles o gratuitos, de tener curadores que seleccionen con criterio, alentar producciones nacionales que sigan forjando nuestra identidad. Todo esto ya existe, es nuestro, pero es momento de cuidarlo más que nunca, porque una sociedad sin cines es una sociedad que es privada de mucho mundo.  


Mila Mondello es profesora de educación primaria. Cree que la transmisión y, en consecuencia, la transformación de la cultura es el deber máximo y el motor de la historia. Es por eso que decide ser parte de esa tarea todos los días: entregarse a la cultura y devolver un poco de ella.
Entusiasta de muchas cosas.

 

(D)
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