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¿A quién le hablamos cuando hablamos en las redes sociales? 

por Jeremías Jeannot

Las redes sociales nos reinventan. Las identidades que formamos en la virtualidad son versiones producidas por algoritmos y públicos que no conocemos. Desde el intento de réplica identitaria de uno mismo en la virtualidad, no sirve pensar unívocamente qué decimos, sino quiénes somos cuando lo decimos. 


Opinión - Por Jeremías Jeannot
 14 de diciembre de 2025

Las redes sociales aparecieron y transformaron nuestra forma de mostrarnos y comunicarnos ante un Otro. Nunca estuvimos tan expuestos, nuestras vidas atraviesan otras -conocidas y desconocidas- por pantallas virtuales bajo un entramado algorítmico, reflejando la intimidad y a la vez impersonalidad. En un principio, las llamadas “plataformas online” comenzaron como un sistema para estar comunicados, compartir experiencias cotidianas, casuales, simples. Su evolución desencadenó en aquello que conocemos hoy: contenidos específicos y diferenciados para cada usuario. No estamos comunicados sino conectados, entramos a una app por costumbre, envueltos en ansiedad y en búsqueda de saciar la intriga de qué está pasando, qué subieron, qué dijeron, qué, qué y qué. Hoy producimos y consumimos mediante las redes sociales. Lo que he descrito no es un descubrimiento, es la realidad palpable, con la que espero a continuación vislumbrar y poner en palabras aquello que suele quedar velado.

La verdadera pregunta que nos debemos realizar no refiere a cómo funcionan las redes sociales sino cómo funcionamos como personas atravesadas por éstas. Es decir, cómo impactan en nosotros las redes sociales. ¿Cómo redirigimos nuestra voz, nuestra identidad? ¿Cómo habitamos y le hablamos al mundo hoy?  

Lali Espósito, cantante argentina, en una entrevista realizada por el canal de streaming “Gelatina”, define dos conceptos, que son rescatados aquí para llegar a una posible respuesta. Ella habla de su “yo-real” y su “yo-virtual”, ambas propias del humano y dicotómicas desde la primera red social instalada. La primera referida a lo que uno hace en su día a día; y la segunda no refiere necesariamente a la fama, como es su caso, sino que es “un espejo de uno mismo con un filtro de Instagram”. La identidad como algo que creíamos entero, indivisible, empieza a duplicarse frente a cada pantalla. 

¿Es posible hablar de una identidad unitaria en un contexto donde somos permanentemente replicados? Y en ese terreno movedizo, ¿de qué manera nos volvemos legibles ante un Otro? ¿Cómo reconozco yo la identidad sustancial del Otro cuando lo que veo es apenas una versión virtual? 

La identidad, en principio, es entereza, un todo propio y continuo que cada uno de nosotros construye; pero las redes parecen operar de manera exactamente opuesta al empujarnos a la fragmentación en categorías, aunque nos permiten en paralelo sostener múltiples versiones de nosotros mismos, incluso simultáneas, incluso contradictorias. El yo-real, el que vive, estudia, trabaja, se frustra, se aburre, se equivoca y goza, convive con el yo-virtual, que posa en una foto, opina en un tweet, se expone y discute ante gente que ni conoce, con nombres inventados y fotos de perfil que no son ellos, los que se ocultan en el anonimato.

Sin embargo, en nuestros tiempos, uno comienza a influir al otro, ya que así lo demanda la época y el ecosistema digital. Es más, se necesita que el yo-virtual domine al yo-real, que sea una identidad presentable, comunicable, que penetre en pos de una lógica mercantil para que su identidad sea vendible como un producto en las góndolas de Tik Tok o X. Entonces, ¿le hablamos a los yoes-reales o al algoritmo y sus yoes-virtuales?

En el modelo clásico de la comunicación, la relación entre emisor y receptor es relativamente estable. Uno habla y uno recibe el mensaje. Sencillo. En el caso de las redes sociales esta distinción se vuelve difusa. Cada usuario es, al mismo tiempo, emisor y receptor, y de esa dualidad permanente se transforma y reajusta la manera en que circula el discurso virtual. Publicamos para una audiencia múltiple, cambiante y en gran parte desconocida, colocándonos en una posición de alerta al anticipar cómo será recibido el mensaje y su posible intercambio. Además, el receptor ya no es sólo otra persona, también es el sistema, que decide a quién le llega la publicación y bajo qué condiciones se vuelve visible. El acto de comunicar deja de ser un intercambio directo entre iguales para convertirse en una negociación constante entre el yo virtual, la audiencia imaginada y las lógicas de la plataforma.

Bajo esta lupa, expresarse no es simplemente decir algo, sino performar un mensaje o un discurso que pueda sobrevivir en una atmósfera sistemática saturada y controlada por mediaciones técnicas. 

El problema es cuando estos alters egos digitales se comunican entre ellos. Las burbujas algorítmicas actúan de esta manera al seleccionar, jerarquizar y filtrar lo que nos dedicamos a ver en una red social. Y así define nuestro ámbito de discusión. Pero, en sintonía con el planteamiento, no discutimos con alguien “verdadero”, “entero”, sino “moldeado”, dialogamos con versiones que cada uno armó bajo una lógica consciente–inconsciente que el sistema toma y construye ese “yo-virtual” de cada uno, formando burbujas con sujetos cibernéticos equiparables entre sí por sus atributos delimitados y calculados.

Y ahí caemos en creer que debatimos con Otros, pero muchas veces debatimos dentro de un espejo curvo donde el algoritmo nos devuelve versiones amplificadas de nosotros mismos. Las burbujas algorítmicas no sólo aíslan, sino que homogenizan, haciendo que el intercambio se produzca entre subjetividades que ya fueron clasificadas y pre-interpretadas, instaurando “la” realidad.  

Al final, cuando hablamos en las redes no le hablamos del todo a alguien en particular y, sin embargo, le hablamos a miles. Le hablamos a un Otro que no sabemos si existe tal como lo desciframos. Le hablamos a un algoritmo que ordena nuestras voces y a identidades que apenas son reflejos configurados. La pregunta planteada en el título revela su propio límite ya que tal vez estemos hablando menos con personas y más con los diseños invisibles que organizan cómo debe ser una persona online. O tal vez la verdadera pregunta no sea a quién le hablamos, sino cuánto de nosotros queda todavía por fuera de esa conversación.

Jeremías Jeannot es estudiante de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires. Su interés se basa en comprender la realidad, desentrañando sus aristas sociales y políticas, con ironía y crítica. Intenta explicar aquello que empieza a hacer ruido, tratando de encajar en el sistema de las palabras.  

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