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Una guía de la no lectura

por Martina Smirnoff*

Me encuentro perdida desde hace ya mucho tiempo, esperando que alguien me dé la respuesta que ni yo misma puedo darme. Las calles en el verano las transito de forma distinta: todo se siente más intenso. Las pisadas, las baldosas rotas, el aire denso que apenas me deja respirar, los encuentros, todo es más lento, y aun así, sigo creyendo que es el mejor lugar para estar vivo. Durante varios años, esta sensación de saber que cada pisada valía algo pero todavía no podía determinar qué, me acompañó un libro: un compañero que supo brindarme calidez y contención.


Opinión - Por Martina Smirnoff
22 de diciembre, 2025

Tenía 18 años y me encontré con “Agua Viva” en el bolso de mi vieja tirado en ese fondo infinito, se lo había regalado una amiga pero mucha atención no le prestó. Es una de las primeras obras de Clarice Lispector. Un libro escrito en forma de monólogo, es ella con ella misma: ¿qué significa el tiempo vivo? ¿Lo que percibo es realmente lo que percibo o es otra cosa? Las preguntas abiertas, las sensaciones como respuestas, la posibilidad de abrazarse en la duda, te permiten por un momento adentrarse en su mundo. Propone otra forma de habitar la lectura y sentirte por un ratito que, quizás, hay otras formas de percibir. Cuando estoy triste agarro cualquier página y creo por un ratito:

“Escucha: yo te dejo ser, entonces: dejame ser”

A veces pienso en mi confusión como una elección, como si una decisión delimitara las posibilidades de ver otras cosas: ¿Qué escuchamos cuando no sabemos qué escuchar? Encontrar ese registro tan único de Lispector es casi imposible: no encaja en ningún estilo establecido, y justamente es eso su diferencial. Por lo que mis siguientes búsquedas, se orientaron a las sensaciones que me dejó su lectura: sus colores, los paisajes que evocó y los fragmentos a los que volvía cada vez que necesitaba un poco de ella.  

Así fue como llegué a un ensayo de Rebecca Solnit, una autora que retrata búsquedas internas y nuevas formas de reconocerse. Uno de los capítulos que más me impactó fue “Azul de la distancia”, donde Solnit piensa el deseo como la búsqueda de lo infinito, de la inmensidad: aquello que separa y a la vez une, ese tramo misterioso entre un cuerpo y otro. 

El azul encarna esa inmensidad: lo inalcanzable, lo que permanece en movimiento, la posibilidad de un deseo que no se agota. Su reflexión sobre el color me llevó directamente al mar, al olor del verano que retrataba antes, a un recuerdo nítido de las calles de Zadar: un azul que lo envuelve todo. En esas costas una se vuelve el color, y la ciudad parece acomodarse al ritmo del mar, como si sus calles replicaran la sonoridad de sus olas. Es una experiencia extraña y hermosa sentir que estás a un paso de ser parte del mar. 

 Leí el libro durante enero. Ese verano lo viví de un modo muy particular: recuerdo la brisa, el calor casi transparente, las gotas de agua brillando bajo el sol, mi reflejo frente al agua. Para febrero ya lo había terminado.

“Sin darte cuenta has recorrido una enorme distancia; lo extraño se ha vuelto familiar y lo familiar, si no extraño, al menos sí incómodo o inadecuado”. 

Ahora el espejo me reflejaba una imagen nueva: más auténtica, menos nociva, más contemplativa. Ya no necesitaba un acompañamiento; era evidente que estaba en otra sensación, y ahí me quería quedar.

De manera súbita se me presentó una nueva propuesta, tierna e incómoda. Habitaba los espacios de forma esporádica, como si el aburrimiento fuera aquello de lo que debía escaparse. Un mundo nuevo, un lugar nuevo, sus colores… Todo era más selecto. Había hecho una curaduría: conmigo, con sus espacios, con sus palabras. Los sonidos eran distintos, más brillantes.

Era de noche; las luces rompían la calidez que había construido. Ahora predominaban el amarillo y el rojo de los semáforos, el tiempo pasaba más rápido y yo me sentía muy conmovida. Su selección era exquisita. Ya había pasado por la confusión, lo podía notar. Su propuesta era otra: moverse en la incertidumbre como una forma de diversión.  

A veces creo que las personas aparecen para dejarnos alguna enseñanza, no necesariamente de manera directa; a través de la contemplación uno puede aprender grandes cosas. Cuando se fue, me encontré repitiendo su paleta de colores, ahora mía, y junto con ello llegó un nuevo libro: “Diario de una aprendiz de señas”, escrito por Tania Dick, retrata el transcurso de su aprendizaje de un nuevo lenguaje. Su tutor le demuestra, a través de su forma de habitar, otra manera de entenderse, de verse, de presentarse y comunicarse con el mundo:

“Quisiera decirle que en el silencio todo brilla más que nunca”.  

Si tuviera que proponerle un camino a aquella que fui en enero, sería volver a transitar los mismos lugares. Releer las voces que me acompañaron:

— Clarice Lispector, Agua viva;

— Rebecca Solnit, El arte de perderse;

— Tania Dick, Diario de una aprendiz de señas;

— y los poemas de Wisława Szymborska.

Martina es estudiante de Derecho (UBA), le interesa la filosofía del derecho y orientarse en derecho penal. Le gustaria desarrollar su carrera en investigación sobre la justicia penal.

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