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PASAJERA EN TRANCE: EL FANTASMA DEL REGRESO 

por Emilia Durañona y Vedia

En “La dificultad del fantasma”, Leila Guerriero busca los rastros de Truman Capote por Palamós, un pueblo dónde residió mientras escribía “A Sangre Fría”. Cuando uno emigra, se desdobla, y cuando vuelve a su país, busca sus propios rastros. 


Crónica- Por Emilia Durañona y Vedia
6 de abril de 2025

Empecé a ver fantasmas cuando volví a Buenos Aires después de seis meses en España.  

Una vez escuché a alguien decir (quizás fue en una película) que sentía que su vida estaba ocurriendo en algún lugar muy lejano. Eso me hizo pensar en la posibilidad de vivir fragmentada, con algo propio, más allá del cuerpo, que tiene la capacidad de sentir en otro lado. Hace un mes volví a mi ciudad después de vivir unos meses en el otro lado del mundo y sentí que una parte de mí se había quedado acá durante todo este tiempo. Apenas entré a mi cuarto lo sentí; esa presencia ajena, aunque propia, que había permanecido en mis espacios, a la espera de mi regreso, la venida de un redentor. Recorrí el pasillo de mi casa unas diez veces y di tres vueltas a la redonda por mi barrio. Me percaté de esa parte de mi que no había subido al avión conmigo. 

Pensé en un fantasma; el espíritu de alguien que permanece en el mundo de los vivos. Meses atrás había leído a Leila Guerriero: cuando uno está fuera de su país por mucho tiempo busca cualquier tipo de excusa para sentirse en casa y, a su vez, pedirle a su país que no lo olvide. En mi caso, fue ella quien me hizo un fantasma en Argentina. 

Precisamente, fue su crónica "La dificultad del fantasma" la que me hizo conectar con la fantasía de borrar los rastros. La autora indaga en la incapacidad de recolectar los pasos de Capote por la Costa Brava. En fin, la cuestión de subsistir tan solo en el recuerdo. Así como explora el paso de Capote por Palamós, también se explora a sí misma viviendo lejos de su hogar. “Todos los días, cuando corro, se despiertan mis fantasías de no volver a Buenos Aires, de vivir sin nada de lo que quedó allá. Me siento a salvo. Habitada por el peligro pero a salvo de mí.” Leer este fragmento me hizo pensar en ella como el verdadero fantasma de la historia; recorriendo un pueblo en un plano inobservable para el resto, conviviendo con la oscuridad, pero etérea. Al fin de cuentas, ser espectral y estar cubierto por una armadura de hierro es lo mismo. 

Me pongo a pensar en formas de desaparecer: la muerte, el olvido. ¿Se puede acaso desaparecer tan solo abandonando un lugar? Toda partida da pie a un fantasma. Todo cambio conlleva la posibilidad de convivir para siempre con lo que uno fué y no volverá a ser. 

No tardé mucho en darme cuenta que, en verdad, no podemos irnos de los lugares que alguna vez llamamos nuestros. Mi casa, mi colegio, mi ropa, mis amigos. Nos apropiamos de los espacios que habitamos, pero nuestro paso por un lugar no es efímero. En el momento en que llamamos algo mío deja de ser impersonal. Cuando volví a Buenos Aires después de seis meses de vivir en España (muy poco tiempo para llamarlo “vivir”, en realidad) me di cuenta de que ahora me había adueñado de dos lugares, me había partido al medio. 

“¿Qué es un final? un destierro”, dice Leila ante la amenaza de empacar su trabajo y volver a casa. “Soy un sujeto arrojado a una órbita sin gravedad en torno a un planeta al que ya no pertenezco.” ¿Cuál es el final, entonces? ¿Cuál es el punto de no retorno que nos permite ser desterrados de nuestro lugar?

Antes de irme supe que lo más difícil de todo sería volver a Argentina. No por el pretexto usual de la irrealidad que uno vive en Europa, sino porque sabía que me esperaría un desequilibrio. Sabía que los meses en el otro lado del mundo me iban a moldear, generando bultos en mi personalidad que ya no encajaría con el molde que me esperaba en mi casa. Supe que iba a crecer por fuera de mi misma, tanto que no cabría al volver. Sin embargo, esta fragmentación generó una pelea interna de a quién de mis dos partes pertenezco. Mi fantasma es caprichoso: me pide a gritos que reclame todo lo que dejé atrás ahora que volví. ¿Podré hacerlo desaparecer? ¿Seré por siempre pasajera en tránsito perpetuo entre dos países? ¿O será el viaje una excusa, una justificación para no enfrentarme al cambio, que se materializa inevitablemente? 

Migrar, aunque sea por poco tiempo, genera en nosotros una dualidad que puede hacernos sentir pasajeros en tránsito perpetuo. A su vez, me pregunto: ¿Usaremos los viajes como excusa para no enfrentarnos a los cambios?. “¿Qué podría decir sobre nosotros un improbable sujeto que, dentro de años, intentara, como intento con Capote, reconstruir nuestras vidas en Saniá? [...] Las cosas que importan suceden donde nadie las ve", dice Guerriero, refiriéndose a esas huellas casi imperceptibles que uno deja al paso. Vivimos simplemente en el recuerdo de los otros; nuestra batalla de identidad se encarna en esas memorias. 

Emilia Durañona y Vedia es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad del Salvador. Le apasiona la literatura y la escritura, y comparte sus reseñas en @letterstoayoungreader. Busca enfocar su carrera en el periodismo cultural.

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