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Las feministas que incomodan: cuando la derecha también tiene agenda de género

por Sarai Avila

En los debates públicos suele asumirse que el feminismo pertenece “naturalmente” a la izquierda. Sin embargo, existen feministas conservadoras que también enfrentan desigualdades estructurales. Invisibles para unos y funcionales para otros, ponen en tensión los relatos sobre quiénes pueden —y no pueden— ser sujetas del feminismo. 


Opinión - Por Sarai Ávila
 11 de diciembre de 2025

En el imaginario colectivo, “feminismo” e “izquierda” aparecen unidos como si fuesen categorías inseparables. Pero la realidad es más compleja. En los últimos años comenzaron a hacerse visibles mujeres que reivindican ciertas demandas vinculadas a la igualdad o la autonomía desde espacios políticos conservadores. No son nuevas, pero sí incómodas: para los partidos que integran, porque desafían jerarquías internas; y para el campo de los estudios feministas, porque tensionan definiciones construidas durante décadas. 

En el libro Sin padre, sin marido y sin Estado, Vázquez y Spataro proponen un punto clave: “estas mujeres no son una anomalía: son parte de una historia política que nunca las nombró”. Su emergencia no responde a la novedad, sino a que recién ahora se las comienza a analizar como un fenómeno propio, con sus argumentos, contradicciones y tensiones. Su existencia obliga a ampliar las preguntas habituales: no quién “puede” ser feminista según criterios estrictos, sino qué experiencias muestran las grietas de las estructuras de género. 

Las autoras destacan que estas mujeres ponen en evidencia una paradoja central: defienden valores tradicionales, pero enfrentan desigualdades que esos mismos valores no resuelven. Esa contradicción atraviesa sus testimonios. Muchas describen trayectorias de militancia intensa, vocación política y compromiso público, pero también la sensación de ocupar lugares “prestados”, siempre bajo la mirada de dirigentes varones que deciden los límites de su participación. 

Esta tensión queda sintetizada en una frase del libro: “Incluso cuando aceptan el orden tradicional, ese orden no las reconoce plenamente a ellas”. Y esa es quizás la clave: la ideología puede organizar el discurso, pero no borra la experiencia material. La desigualdad persiste incluso donde no se la nombra. 

Aquí se vuelve útil mirar casos concretos. La escena política reciente ofrece ejemplos claros de estas tensiones. En Argentina, figuras como Lilia Lemoine o Victoria Villarruel encarnan una narrativa donde conviven reclamos de autonomía personal con la defensa de valores tradicionales. Lemoine reivindica sin pudor la explotación de su propia imagen mientras sostiene discursos que deslegitiman las agendas feministas históricas. Villarruel, en cambio, se sitúa en un registro institucional y moral. Su trayectoria dentro de espacios fuertemente masculinizados revela otra forma de desajuste: aun defendiendo un orden político conservador, debe abrirse paso en estructuras partidarias que no fueron pensadas para que mujeres ocupen posiciones centrales. Cuando apela a la autoridad, la familia o el mérito, lo hace desde un lugar donde esas categorías no siempre la incluyen de manera plena. Su figura permite ver cómo las contradicciones materiales de género persisten incluso dentro de proyectos que buscan restaurar las jerarquías tradicionales.

Hay otros casos que permiten matizar aún más el análisis. Leila Gianni, Virginia Gallardo o María Celeste Ponce participan de espacios donde la visibilidad femenina (muchas veces feminizada o sexualizada) se vuelve un recurso político ambivalente: habilita la entrada a ciertos lugares, pero no elimina el techo de cristal dentro de esas mismas estructuras. Algunas reivindican la libertad sexual como un valor individual y, al mismo tiempo, desestiman las discusiones colectivas sobre la desigualdad. Otras celebran la idea de “mujer fuerte e independiente”, pero se posicionan dentro de discursos que responsabilizan a la maternidad o a la familia tradicional por el orden social, incluso cuando ellas mismas no encarnan ese modelo.

Incluso más allá de Argentina aparecen figuras como la presidenta italiana Giorgia Meloni, por ejemplo, que defiende la idea de fortalecer la natalidad mientras señala las dificultades concretas de conciliar liderazgo político, tareas domésticas y cuidado. Su discurso mezcla nacionalismo, maternidad y autonomía femenina, pero sus decisiones políticas siguen estando condicionadas por una estructura de poder construida históricamente para otros sujetos.

La presencia de estas mujeres no sólo incomoda a la derecha que integran; también desestabiliza las formas más institucionalizadas del feminismo. No porque se niegue su existencia, sino porque desacomodan categorías políticas sedimentadas. Al no encajar en las narrativas habituales del feminismo de izquierda —que históricamente fue el lugar desde donde se construyeron las teorías y los horizontes emancipatorios— aparecen como anomalías difíciles de clasificar. Pero como advierten Vázquez y Spataro: “No se trata de preguntarse si son o no feministas, sino de entender qué revela su existencia sobre las tensiones del vínculo entre género y poder”.

En ese punto, lo interesante no es definirlas, sino leerlas: ¿qué muestran sus experiencias sobre los límites de las estructuras conservadoras? ¿Qué contradicciones revelan dentro de sus espacios políticos? ¿Qué tensiones producen en un feminismo que también es diverso, plural y conflictivo? Su doble desubicación —dentro de la derecha pero fuera de los marcos feministas dominantes— dice algo importante sobre la desigualdad: aun cuando no es tematizada desde sus parámetros, sigue operando en su vida cotidiana.

Por eso, lejos de invisibilizarlas o de caricaturizarlas, vale la pena analizar lo que exponen. Sus testimonios muestran con claridad que la desigualdad de género no distingue ideologías. Muchas narran experiencias de infantilización, subestimación o desplazamiento dentro de los partidos, incluso cuando sostienen discursos conservadores. La ideología no las protege del sexismo. Esto no valida sus agendas, pero sí vuelve evidente que el problema estructural no desaparece porque se adopten posiciones tradicionales.

Su intervención en lo público abre además una discusión sobre el lugar de las mujeres dentro de espacios políticos que aún hoy se sostienen sobre lógicas masculinas. Si bien no buscan impugnar el orden vigente, su sola presencia lo tensiona. No problematizan la familia, pero evidencian la carga desigual que sostienen en su interior. No interrogan al Estado, pero muestran sus fallas concretas. No cuestionan las jerarquías partidarias, pero se chocan contra ellas.

La existencia de estas mujeres obliga a pensar el feminismo como un campo en disputa, no como una identidad política cerrada. Incluso sin proponérselo, muestran que las estructuras de género atraviesan todos los espacios, incluidas las derechas que sostienen discursos sobre el orden, la autoridad o la familia tradicional. ¿Qué hacemos con esas contradicciones? ¿Cómo las leemos sin neutralizarlas ni sobrepolitizarlas? ¿Cómo analizarlas sin caer en el rechazo automático ni en la legitimación acrítica?  

Visibilizarlas no implica celebrarlas ni adoptar sus marcos normativos. Implica comprender que efectivamente existen, que expresan tensiones reales y que su presencia modifica las discusiones sobre género y política. No todos los feminismos son emancipatorios, pero todas las mujeres se enfrentan a estructuras que limitan su autonomía, incluso aquellas que no se proponen transformarlas. Reconocer esto no diluye el horizonte emancipatorio; lo fortalece, porque lo complejiza. 

Nombrarlas permite entender que la desigualdad no responde al credo político, sino a las formas concretas en las que el poder se organiza. Y que, como sintetizan las autoras, la pregunta no es quién “merece” ser considerada feminista, sino qué revela cada experiencia sobre las tensiones entre género, autoridad y legitimidad. 

Sarai Avila es estudiante de último año de la Licenciatura en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y redactora de periodismo de investigación. Le interesan las narrativas y los discursos que circulan en lo cotidiano, y la forma en que modelan hábitos, percepciones y comportamientos. 


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