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EEUU juega al TEG, China al Monopoly

La disputa global y el lugar de América Latina

por Francisco Kanovich*

En la lucha de potencias del Siglo XXI se disputan terrenos distintos para dominar el orden global. Los orientales avanzan en el mercado mundial dentro de las reglas del liberalismo, mientras los gringos refuerzan su supremacía militar y el control estratégico. En ese escenario, Latinoamérica no es un jugador: es una zona de control decisiva en ambos juegos.


Opinión - Por Francisco Kanovich
5 de enero, 2026

La República Popular China gana en el Monopoly: compitió en el capitalismo global sin discutir sus reglas y lo hizo con una paciencia histórica que Occidente ya no puede practicar. China absorbió técnicas, saberes y prácticas de una civilización con la que convivió durante siglos en trayectorias paralelas, mucho más largas que el breve momento desde el que se conocieron los pueblos.

Hoy los chinos producen, compran y venden mejor que quienes inventaron el liberalismo en el comercio internacional, en aquellos tiempos en los que la industria inglesa era la más avanzada y lograban inundar el mundo de sus productos baratos. China ocupa ahora ese lugar, y quienes escribieron el reglamento del Monopoly van segundos. Nada logran hacer para frenarla.

EEUU se concentra en el otro tablero, el del TEG. Desde Washington se profundiza una política orientada al control militar y a los recursos naturales de toda América. Mantiene su supremacía tecnológico-financiera y diversos alineamientos políticos en nuestra región.

1. Política interior: la diferencia moral y espiritual

Riqueza y progreso: ¿para qué? 

Estados Unidos y China son países muy ricos, que compiten descarnadamente por alcanzar el mayor desarrollo material posible, pero con concepciones diferentes sobre para qué sirve esa riqueza.

En el mundo occidental, mientras la tecnología avanza de manera exponencial y ofrece soluciones inimaginables a cualquier tipo de problema, millones de personas están siendo expulsadas de la esfera productiva. Al mismo tiempo, crece la industria de la angustia: las adicciones, la trampa de las redes sociales y el negocio farmacológico como “solución” —o anulación— de las emociones quebradas. Quienes quedan fuera del tejido productivo no logran una inserción saludable en el cuerpo social.

Como señala Bauman (2003), hasta bien entrado el Siglo XX las sociedades tenían claros sus fines históricos y el problema era conseguir los medios materiales. En nuestro tiempo ocurre lo inverso: los medios están garantizados; el drama es hacia qué objetivos orientamos nuestro progreso material y tecnológico.

El caos estadounidense

Los yankis viven la aceleración de un cambio social ingobernable, un capítulo de Black Mirror en tiempo real, en el que se ve reflejada la Argentina. Desde el norte se desparrama por Occidente un modelo de sociedad moldeado por la tecnología y las redes, diseñado para fragmentar los lazos comunitarios, erosionar las tradiciones culturales y políticas y vaciar de sentido a las instituciones.

La violencia interna —con el hate en redes como expresión mínima y los tiroteos civiles como máxima— se generaliza como vía de resolución de disputas. En ese proceso, los mecanismos democráticos que supimos conseguir se convierten en letra muerta y las instituciones políticas en un show payasesco.  

La sensación que genera observar a los norteamericanos es la de una sociedad rota, sin coherencia, dominada por un consumismo y un individualismo inhumanos. Una población disociada por sus algoritmos, fragmentada por su grieta interna y cada vez más lejos de reconstruir un sentido compartido de lo nacional, algo tan potente en otras épocas.

La alternativa china  

Del otro lado del mundo, China cierra números con la gente adentro. Tiene empresas megamillonarias operadas por trabajadores humildes, a veces precarizados, pero año a año más personas son invitadas a participar de los beneficios del desarrollo. Millones acceden a un mejor trabajo, educación de calidad, vivienda, y un sistema integral de cuidados en expansión.

Para el proyecto chino, el progreso material tiene un objetivo concreto: que las personas vivan con menos problemas. El sentido común construido en Occidente sobre una “temible dictadura oriental” se rompe en segundos al reproducir videos cotidianos, pero muy potentes, de ciertos jóvenes influencers chinos.

China también aceleró un consumismo dañino, especialmente en términos ambientales. Pero, a diferencia de Occidente, al menos intenta pensar cómo contener esa crisis. El Partido Comunista Chino sostiene un plan concreto de transición ecológica hacia la neutralidad de emisiones en las próximas décadas, mientras líderes occidentales directamente niegan el cambio climático.

¿Asia, a dónde vamos?  

Las frágiles democracias occidentales ya no aseguran la libertad y el progreso que en algún momento fueron creíbles. En ese contexto, resulta cada vez más difícil sostener el relato de China como una autocracia basada en la explotación laboral salvaje, cuando es precisamente ese camino el que imponen a países como el nuestro.

En China, las decisiones están concentradas en un partido único, aceptado por la mayoría de su población, que confía en un devenir histórico construido a lo largo de milenios. China significa Reino del Medio.  

Ese elemento espiritual que guía a los pueblos desde que la especie vive en sociedad —los valores simbólicos compartidos— parece orientar al pueblo chino hacia un futuro en el que todos tienen un lugar. Una comunidad que se realiza colectivamente y que les garantiza a sus miembros las condiciones para realizarse dentro de ella.

2. Política exterior  

La política internacional de China 

China creó, durante los últimos diez años, instrumentos diplomáticos de integración económica y política a nivel global para desafiar la hegemonía norteamericana. Hoy existen, en el mercado mundial, importantes circuitos logísticos y financieros que consiguen escapar a la supremacía del dólar.

¿Es diferente lo que le propone el Gigante Asiático a los países del tercer mundo, comparado con el tradicional sometimiento al imperialismo norteamericano? En principio, discursivamente, sí: Xi Jinping desarrolló la doctrina del “ganar-ganar” como una propuesta de desarrollo conjunto, basada en el beneficio compartido y en la complementariedad de necesidades estratégicas.

Las inversiones en infraestructura en África no tienen precedentes. El Gigante Asiático se relaciona con la periferia sin invasiones militares ni desestabilización de ningún gobierno soberano. Lo hace a través de importantes asociaciones diplomáticas, pactos comerciales, grandes inversiones en áreas estratégicas y préstamos a tasas excepcionales. El eje de la economía mundial se desplaza al Indo-Pacífico.  

China les propone lo mismo a África y a América Latina: un futuro compartido. En su Libro Blanco para la región, publicado recientemente, no ofrece tutela ni épica imperial, sino inversiones nodales. El puerto automatizado de Chancay, en Perú, y el ferrocarril que cruzaría el continente, uniendo el Atlántico con el Pacífico, no son solo obras de infraestructura. Se trata de una invitación geopolítica: acortar distancias, bajar costos, unir tiempos —de 35 a 23 días la navegación entre América y China— y volver a coser el mapa del mundo desde el Sur.  

No es altruismo: es proyecto. Por primera vez en mucho tiempo, el desarrollo aparece como una invitación a caminar juntos, no como una orden ni como un saqueo. Y sin intromisión en la política interior. China invita explícitamente al Sur Global a que se sume a la épica de construir una gobernanza mundial sin conflictos bélicos y con sociedades modestamente acomodadas. 

Contradicciones

La entrada indiscriminada de plataformas como Shein y Temu tiene como consecuencia la destrucción inmediata de la industria textil argentina. China es, además, el inagotable comprador de nuestra soja. Parecería no haber diferencias con la tradicional primarización de nuestra economía. En ese sentido, también surgen interrogantes sobre la presencia de bases de investigación o instalaciones militares chinas en nuestro territorio y sobre sus posibles objetivos.

China no suele hacer demasiadas preguntas a los gobiernos locales: invierte, compra y hace negocios. Durante los gobiernos kirchneristas, en el marco del surgimiento de los BRICS y del avance del multilateralismo, esas inversiones se orientaron al desarrollo del transporte y la infraestructura. Con el actual gobierno libertario, en cambio, el mercado local se ve inundado de productos baratos. China siempre gana: el “ganar-ganar” depende, en última instancia, de que nosotros también sepamos qué queremos ganar. ¿Cómo queremos desarrollarnos como país? ¿Alcanza con comprar pilcha barata?

La disputa del Siglo XXI es nítida, su destino incierto  

Mientras China avanza en el tablero del Monopoly a escala global, con la sensación de una billetera casi infinita, Estados Unidos conserva su dominio en el TEG. En una reedición del lema “América para los americanos”, una nueva doctrina Monroe se proyecta sobre Venezuela. Agotadas las instancias de conspiración política y desestabilización económica de las últimas décadas, los norteamericanos se disponen a invadir, sin más, para reapropiarse del petróleo venezolano.  

Secuestraron al presidente Nicolás Maduro, pero no controlan aún el país, por lo que este capítulo recién empieza. Las invasiones norteamericanas de los últimos años demostraron ser muy eficaces en términos militares, pero vienen teniendo mucho menos éxito en la estabilización política posterior de los países invadidos.

En nuestro país, avanzan sin mayores impedimentos sobre los puntos estratégicos, como la navegación interior de la Cuenca del Plata, o el Atlántico Sur con proyección a la Antártida. Tal vez pensando en un futuro de guerra generalizada por los recursos -quién lo sabe-, parecen dispuestos a sostenerse a través de la única supremacía que les queda, la militar, usándonos como parte de su teatro de operaciones.

China y EEUU juegan muy bien en el tablero del otro. Pero van segundos en cada juego, a cada vez mayor distancia. El mundo atraviesa un período de inestabilidad, en un equilibrio cada vez más frágil. El horizonte se nubla. El porvenir de la humanidad es una incógnita.   

Por ahora, el dólar, los centros financieros y el dominio tecnológico de Estados Unidos mantienen disciplinada a buena parte del mundo. Resisten en el tablero del Monopoly, aunque ya no van primeros. Ante esa decadencia, y más allá de su triste mascota argentina, la respuesta que ofrecen es la misma de siempre: los fierros. Su propuesta cultural y espiritual, como narrativa de futuro o promesa de sentido, es cada vez menos capaz de ofrecer esperanza.

No es una utopía para los países latinoamericanos, en este mundo multipolar, dejar de ser parte del botín para sentarse a jugar: depende únicamente de su voluntad y de su ambición de soberanía y grandeza.

El continente debe demostrar en estos días su pretensión de independencia y condenar categóricamente la intervención militar de una potencia extranjera sobre nuestro suelo soberano.  

Francisco Kanovich es Profesor de Historia, docente de nivel medio. Militante político, atento observador de la realidad internacional, interesado en la divulgación de ideas y sentires.

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